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Alejandro Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
¿Qué significa que algo sea "gratis"? Bueno,
depende…, pues en verdad son pocas las oportunidades en que tomamos
conciencia de las diferentes acepciones que tiene el mencionado término,
cuando es verdaderamente considerado desde la perspectiva del análisis
económico.
Por ejemplo, usted habrá escuchado decir que el aire es gratis…,
así como también que ciertos servicios públicos son
(o deberían ser…) gratuitos, resultando claro que el sentido
de lo que entendemos por "gratuito" difiere entre los dos ejemplos
citados. No es lo mismo el aire que la vacuna contra la poliomielitis,
¿no?
Asimismo, vale la pena preguntarse si existe una tercera acepción…, acerca de lo cual desde ya le anticipo que sí (y que está relacionada con el título del artículo, y sobre todo con su signo de interrogación…).
En primer término consideremos ciertos ¿bienes?, tales como el citado aire, caracterizados por no tener costo de producción ni de distribución para ningún agente económico, hecho que me hace sospechar que si a algún despistado se le ocurriese querer cobrarle por respirar, muy probablemente usted lo mandaría a pasear…
Es que si bien el aire es uno de los “bienes” más valiosos que podamos imaginar, ya que su ausencia nos quitaría la vida en pocos minutos…, no es en realidad un “bien económico”. ¿¡What!?
Ocurre que no se trata de un recurso “escaso”, de cuya comercialización alguien pueda en consecuencia obtener beneficio económico alguno, por lo cual no es en principio objeto de análisis por parte de esta ciencia: a nadie le falta el aire (y si es asmático no lo arreglará pagando).
La segunda acepción de la palabra “gratis” puede ilustrarse con un ejemplo clásico, tal como es el de los servicios públicos, existentes en prácticamente todos los países del mundo, y por cuya provisión no se cobra ninguna (o prácticamente ninguna…) contraprestación.
Sin embargo, se trata de cosas cuyo costo de producción, sin dudas, distan de ser cero, como es el caso de los servicios médicos en los hospitales públicos, los servicios educativos en las escuelas estatales, o los servicios de seguridad de agentes de policía. De todas formas, decimos que se proporcionan en forma “gratuita”, ¿no?
En un estudio de finanzas públicas de 1959, el economista Musgrave sistematizó un concepto fácil de entender en forma intuitiva, según el cual en una comunidad civilizada existen determinadas necesidades que deben ser satisfechas, aun cuando el consumidor no disponga de recursos para comprarlos.
¿Ejemplos?: vacunación universal contra ciertas enfermedades, educación en niveles básicos, seguridad pública, así como otras cosas que variarán según lo que se decida en cada sociedad.
Musgrave denominó a tales necesidades como “merit wants”, algo así como “necesidades que ameritan la acción” por parte del Estado. Por su parte, a los bienes y servicios utilizados para satisfacer tales necesidades los catalogó como “merit goods” (no confundir con Tiger Woods).
¿Cuál es el límite?, ¿cuándo un bien deja de “ameritar” la acción del Estado? La respuesta a ello no pertenece al ámbito de la economía, sino al de la política, siendo obligación de los economistas “hacer las cuentas” e informarle a la sociedad quién y cuánto pagará por la existencia de algún nuevo “merit want” a ser implementado, pues indudablemente “alguien siempre pagará”.
En consecuencia, cuando usted escuche que algunos economistas recomiendan nuevos “merit wants” (incluyendo subsidios para beneficio de algunos pícaros…), si no le mencionan claramente cómo se pagarán, sospeche que le están hablando de política…, y no de lo que se espera de ellos (¡oops!), ya que la economía es la ciencia de la escasez. ¿Capite?
Finalmente, y tal como le anticipé, hay una tercera acepción, que se presenta cuando ciertos comercios agregan (por efecto de la competencia…, y no porque sean buenitos, ¿eh?) servicios útiles para sus clientes, “sin cargo”.
Este artículo es prueba de ello, pues como tenía que llegar a San Salvador antes que yo…, lo envié desde mi notebook, en un café de mi bella Mar del Plata, Argentina, mientras escucho de fondo a los “Ratones Paranoicos” (lo agarré en curva, ¿no?), cantando “Vicio”. Así es, vicio, como el de mezclar economía con política.
¡Ah!, el envío fue gratis…, y sólo me cobraron el capuchino.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster
en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de
Hoy. alejandro_alle@yahoo.com
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