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Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Desde hace unas semanas venimos contemplando en algunas ciudades europeas, el triste espectáculo de desórdenes callejeros, amenazas, reacciones, provocadas por la publicación de unas caricaturas que pretendían dejar en ridículo al profeta Mahoma.
El periódico danés que las publicó se ha apresurado a pedir disculpas por el desacierto. Pero a los fundamentalistas de uno u otro signo, no les ha bastado esas disculpas.
Ha quedado patente una cierta incapacidad para manejar el problema. Tanto por parte de los llamados fundamentalistas islámicos, como de los liberales europeos. Los primeros porque tienen poco claro el concepto de libertad, y los segundos… por lo mismo: para unos la libertad es peligrosa para la religión, mientras para otros --para los europeos--, la libertad justificaría cualquier actuación.
En ambos casos: tanto desde el lado fundamentalista musulmán, como del lado fundamentalista liberal (vamos a llamarlo así), hay una concepción equivocada del pluralismo.
El sano pluralismo se entiende como el sistema que reconoce como valiosa la pluralidad de opiniones, y la favorece, siempre que esas opiniones estén fundamentadas en la responsabilidad de quien las emite y basadas en una verdad comprobable. El pluralismo morboso es el que no da importancia a la verdad ni a los sentimientos de los demás, pues interpreta que la opinión es valiosa por el simple hecho de ser opinión, independientemente de la veracidad, e incluso de la verosimilitud de la misma.
Como se ve, pluralismo y tolerancia van de la mano. Es imposible que haya pluralismo donde no hay tolerancia, y viceversa. Pero pluralismo y tolerancia tienen su núcleo en la seguridad de que los hombres podemos conocer la verdad, podemos conocer diversos aspectos de la verdad (sin agotar su riquísimo contenido), y que no todos somos capaces de llegar al mismo grado de conocimiento de una misma realidad.
La pluralidad de opiniones es una consecuencia natural de nuestra libertad personal, y de que ninguna experiencia, por rica que sea, es capaz de agotar la realidad.
Las teorías con las que cada uno da sentido a su vida, y se explica a sí mismo la realidad, son producto de la inteligencia. No hay una razón universal, una inteligencia única. Como no hay una experiencia única, sino tantas como personas son.
Los asuntos que encaramos tienen facetas, bemoles, distintas lecturas. Incluso un mismo problema puede ser resuelto satisfactoriamente de maneras muy diferentes. Ese es el origen de la política, de la ética, de la economía.
Como escribe un conocido mío: “No todas las opiniones son igualmente verdaderas, pero si han sido formuladas con seriedad, en todas hay algo de lo que podemos aprender. No sólo la razón de cada uno es camino de la verdad, sino que también las razones de los demás sugieren y apuntan otros caminos que enriquecen y amplían la propia comprensión”.
La existencia de las cosas verdaderas es lo que da sentido a la inteligencia: la verdad que se conoce no es verdad porque se conoce, sino que se conoce porque es verdad. Lo contrario, es poner la carreta delante de los bueyes.
De lo dicho, se deduce la necesidad e incluso el deber de escuchar a quienes tienen opiniones diferentes de la nuestra, y por lo mismo, el respeto a las creencias de los demás. No sólo de los credos de religiones u opiniones políticas que contrastan con las de cada uno, sino también con las de los que no tienen opinión.
“Todo lo sabemos entre todos”, escribe Pedro Salinas. La verdad no es sujeta de monopolio, pues quien así pensara, habría contravenido la misma esencia de la verdad: su residencia en la realidad de lo que las cosas son.
Por eso es posible avanzar en el conocimiento de la verdad, por eso la gente acierta y se equivoca, por eso la verdad fundamenta el conocimiento y no al revés. Por eso, burlarse de una verdad que no se comprende, más que ofender a quien hacemos mofa, denigra nuestra propia inteligencia, al dejarla al descubierto tan limitada como es.
“La ignorancia afirma o niega. La ciencia duda. La sabiduría reflexiona”. Afirmar o negar de manera tajante es siempre muestra de necedad, de inseguridad o de un afán de dominio que no encuentra otro cauce para imponerse, que la violencia.
*Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.
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