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Amor prehispánico
Sexo sin romance

La sociedad de los pipiles concebía el amor y sus manifestaciones desde un punto de vista más carnal
y menos afectivo

Publicada 17 de febrero 2006, El Diario de Hoy

Rafael Mendoza L ópez
El Diario de Hoy
vida
@elsalvador.com

Para nuestros ancestros de Cuscatlán, el amor estaba lejos de ser una condición espiritual tan diáfana como hoy en día se vende en la pantalla de televisión y en los anuncios publicitarios. Cupido, el travieso dios romano que simboliza el flechazo en las parejas, no tenía equivalente en la cultura nahua-pipil.

Sin bien Xochipilli era el dios del amor, también lo era de la fertilidad y de las relaciones sexuales ilícitas, al igual que su esposa, la diosa Xochiquétzal, quien, además, era protectora de la prostitución. Así de natural.

No obstante, el cortejo del hombre a la mujer, que actualmente se concibe como el primer paso del amor entre una pareja, era mediado por los padres del candidato, según concluye el antropólogo Ramón Rivas, de la Facultad de Arte y Cultura de la Universidad Tecnológica.

“Todo parece indicar que en la época prehispánica eran los padres los que buscaban al futuro marido. Ellos llevaban un tercio de leña, flores o una matata de maíz, los ponían en el patio de la familia de la pretendida, y si los padres de la novia estaban de acuerdo utilizaban los regalos y eso ya era símbolo de que podían llegar a un acuerdo”, señala Rivas, según información que ha podido recabar de la tradición oral.

A decir del profesional, aunque no existía la concepción de matrimonio como tal, había una unión que perduraba en el tiempo, con marcados matices en cada uno de los niveles de la escala social.

Las manifestaciones como caricias y otros elementos del amor que hoy perduran eran representados en la pintura de artículos cerámicos de utilidad cotidiana.

El destino

Fabricio Valdivieso, jefe del departamento de Arqueología de Concultura, advierte que en las sociedades precolombinas “la educación sexual ha conducido a las culturas por múltiples destinos, ya sea en modalidades en torno a la convivencia de género, así como la aceptación de monogamia, poligamia y poliandria (a la inversa de poligamia)”. Detrás de esta visión está la diosa Tlazoltéotl, que regía el placer, la voluptuosidad, la fecundidad y la fertilidad.

El arqueólogo advierte que los datos en cuanto al cortejo en la sociedad nahuat son escasos, sin embargo, el sexo está marcado como un elemento que va a definir los “destinos” de la cultura.

“Al final termina todo en sexo, la reproducción de la especie, su destino. Por ello el sexo tendrá una cognición muy particular”, subraya.

Diversos cronistas españoles coinciden en que existían dos formas de relaciones sexuales permitidas: las que tenían lugar dentro del matrimonio, y las de guerreros solteros con sacerdotisas dedicadas a la prostitución ritual, quienes se valían de pócimas y alucinógenos para estimular el apetito carnal del hombre.

Sin embargo, Valdivieso declara que el sexo tiene una importancia extra: “En el fondo de estas culturas, el tema sexual tiene una importancia muy particular: su percepción conduce a modalidades propias, integrando caracteres que determinan la identidad de la etnia”.

Expresión artística

Como en varias culturas ancestrales, el amor tenía su manera de ser representada en el ámbito cultural. Una de estas maneras es el “cococuicatl” o canto de amor.

Éste era un canto de placer que se ejecutaba para regocijarse y enaltecer los sentimientos que afloraban entre mancebos y mozas.

Como toda expresión artística, el “cococuicatl” tenía su local, el “cuicacalli” (casa de los cantos). Éste representaba para los jóvenes una ocasión de encuentros amorosos, donde una joven pareja elegía bailar tomada de la mano, esperando prudentemente la edad de casarse.

A esta formalidad, según el investigador francés Dominique Raby, pocas veces escapaba el hecho de que el joven, más impaciente, buscara a la joven en su casa, de noche y a espaldas de todos. Sin embargo, el “cuicacalli” no era solamente el lugar de la juventud, según Raby.

Durante el día, y hasta la llegada de los jóvenes, tenía ocasión otro tipo de encuentros. Los “tequihua”, o guerreros que obtenían cierta gloria, podían bailar con las “ahuiani”, mujeres jóvenes que se dedicaban exclusivamente al baile.

“Los hombres valerosos se presentaban vestidos con sus mejores atuendos, y cuando uno de ellos sentía que una mujer lo observaba con interés, la llamaba y bailaba con ella cogiéndola de la mano, ofreciéndole plumas preciosas, joyas y maquillajes”, concluye el investigador.

“(Entre los nahuas) no es el hombre quien corteja a la mujer, como ahora”
Ramón Rivas
Antropólogo

“En cuanto al romance, no hay mucho dato del cortejo en época”
Fabricio
Valdivieso
Arqueólogo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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