| Roberto
A. Torruella*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Recientemente, en este periódico, apareció la noticia de
un agrónomo jubilado, ex seminarista, que demandó al padre
Enrico Reghiante ante un tribunal de Viterbo (Italia), para que el sacerdote
probara ante el juez de la localidad la existencia histórica de
Jesucristo.
La experiencia del señor Luigi Cascioli (así se llama el
ex seminarista ateo que hace la acusación) me parece una excelente
oprtunidad para intentar hacer algunas reflexiones que podrán ayudar
a quienes no han madurado en su fe, o a simples curiosos, para que se
den cuenta así de que la religión que profesamos, quienes
nos llamamos CRISTIANOS, no nos compromete a vivir una fe ciega, infantil,
sostenida únicamente en la buena voluntad de los creyentes, sin
más apoyo que una fe sumisa, apoyada en dogmas sin fundamento.
Si así fuera, el cristianismo no habría superado jamás
tantos peligros doctrinales atractivos, errores que atentaban contra la
sana doctrina heredada de los apóstoles, que comenzaron en los
primeros siglos y continúan hasta el presente.
A más de esto, las sangrientas persecuciones, que no sólo
no diezmaron a la Iglesia o la han debilitado sino que la han fortalecido,
pues, como dijo Tertuliano: “La sangre de los mártires es
semilla de cristianos”. Conste. Esa fe se ha enriquecido con el
trabajo de sabios teólogos y de eminentes estudiosos de las Sagradas
Escrituras y de notables investigadores de la liturgia, pues como dice
un conocido principio: “lex orandi, lex credendi”, es decir
que la historia de la oración es la historia de la fe.
Por consiguiente, quienes buscan con interés y sinceridad la VERDAD
de Cristo, tendrán que buscarla en la historia, la historia del
cristianismo, que es historia de Cristo, porque no puede haber cristianismo
sin Cristo, el hombre de Nazareth llamado Jesús, de quien tantos
y tanto se ha escrito de El, durante veinte siglos.
Y qué mejores historiadores que aquellos discípulos, que
estuvieron durante tres años tan cerca de El; que fueron testigos
de lo que hizo y de lo que dijo.
Ellos, con delicados y oportunos detalles de tiempo, de lugar, de costumbre
y de personajes que pertenecieron a la historia profana (emperadores,
sacerdotes y gobernadores), van presentando a ese Jesús histórico
en su relación con toda clase de enfermos, en las enseñanzas
que sabe sacar de la vida que les rodea, para terminar con una relación
admirable en los detalles de la noche antes de su muerte, de los incidentes
del juicio en el que lo condenaron y de su crucifixión, como el
letrero colocado en la cruz, la súplica del ladrón crucificado
junto al Señor, las palabras que pronuncia antes de morir, el uso
que hacen de sus vestiduras, quienes lo bajan de las cruz y el nombre
del dueño del sepulcro donde lo entierran.
Fácilmente se ve que los Evangelistas tienen un claro propósito:
Decirnos todo lo que ellos han visto y todo lo que han oído decir
a Jesús. Su propósito no sería hacer la historia
de Jesucristo, en el sentido moderno de lo que es una historia, cuanto
hacernos vivir las experiencias que sus obras y sus palabras deben causar
en el hombre de todos los tiempos. Tan es así que la “biografía
de Jesús” no termina con su muerte.
Los hechos de los apóstoles y las Cartas de algunos de ellos se
van a encargar de trasladarnos las experiencias que van teniendo las comunidades
que fueron brotando a lo largo del camino desde Jerusalén hasta
Roma, para dar el salto maravilloso de la fe, diciendo, como dijo Felipe,
al encontrar a Natanael: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió
Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús
de Nazareth, el hijo de José” (Juan 1,4351).
Así nació el CRISTIANISMO. Ya en tiempo de los apóstoles,
en Antioquía, comienzan a llamarse cristianos los discípulos
de Jesu-cristo, indicando así que el cristianismo es diferente
del judaísmo, aunque allí se encuentran sus raíces,
y algo opuesto a las mitologías paganas.
Debemos concluir así que todo lo que dicen los Evangelios, los
Hechos de los Apóstoles y las Cartas de los Apóstoles son
libros históricos, sometidos a las exigencias de la crítica
histórica. Para abundancia de argumentos podemos añadir
que de nadie se ha conocido tanto como de Jesucristo.
Para dar el salto maravilloso del Jesús de la historia al Jesús
de la fe: El Mesías Salvador, el Hijo de Dios hecho hombre...,
es cuestión de la gracia de Dios y de la sinceridad e inteligencia
con que le busquemos.
*Párroco de la iglesia La Merced.
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