| Francisco
Sorto Rivas*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Hace un par de décadas atrás, la mayoría de instituciones
públicas no estaban obligadas formalmente a rendir cuentas, de
su desempeño, a la ciudadanía, a pesar que ésta les
financiaba sus operaciones, ya sea mediante el pago de impuestos, tasas,
contribuciones o multas; de hecho, su labor era evaluada por parte de
algún organismo contralor de derecho público, casi exclusivamente,
desde una perspectiva presupuestaria y tomando en consideración
el grado de probidad en la administración de los recursos asignados
para su funcionamiento.
Sin embargo, en los últimos 30 años, el desencanto hacia
la labor del Estado, asociado con la inconformidad ciudadana por los servicios
prestados por algunas de sus instituciones y por la poca efectividad mostrada
por éstas, para gestionar --adecuadamente-- las políticas
públicas que justificaron su creación, ha dado pie a un
interesante debate sobre la legitimidad institucional.
La importancia que tenían muchas instituciones para el público
en general, se vio cuestionada con el paso del tiempo, debido al escaso
valor público devuelto a la sociedad a cambio de los recursos consumidos
durante cada ejercicio fiscal y cada vez enfrentaban más dificultades
para justificar su existencia, a pesar de la relevancia que tenía,
para la sociedad, la misión encomendada a éstas en sus respectivos
marcos constitutivos.
La disonancia observada entre las expectativas de los destinatarios de
las políticas públicas, promulgadas a su favor por el Gobierno
y la calidad con que eran gestionadas por algunas instituciones públicas,
obligaron al Estado a evaluar críticamente el valor de la planeación,
la rendición de cuentas y la evaluación del desempeño
de la burocracia, en función del impacto logrado en resolver o
atenuar los problemas que motivaron la promulgación de ciertas
políticas.
De ahí que, la transparencia en la gestión de las instituciones
públicas se volvió un imperativo y su evaluación,
desde la perspectiva de la creación de valor público, una
práctica bastante difundida.
Este valor público proviene de la percepción ciudadana sobre
la calidad, cantidad, oportunidad, eficiencia y congruencia entre los
servicios recibidos, y a las expectativas que se tienen acerca de éstos.
Claro está que debe hacerse un esfuerzo para filtrar, en muchos
casos, las percepciones equivocadas que se manejan sobre los productos,
servicios, regulaciones o símbolos prestados por cada institución,
que pueden terminar cargando con señalamientos inmerecidos, porque
algunos usuarios consideran que éstas deberían realizar
otras actividades, aunque la ley no las faculta para ello.
Mark H. Moore ha escrito mucho sobre la creación de valor público
de las instituciones, que al igual que las empresas privadas deberían
ser evaluadas por sus “propietarios”, para decidir qué
hacer con ellas. En la esfera privada estas decisiones redundan en el
cierre de plantas no competitivas, en la introducción de nuevas
líneas de producción o en el cambio de la dirección
ejecutiva de las unidades productivas, por ejemplo.
Esta misma evaluación tendría que hacerse a las instituciones
públicas, para hacer más eficiente el uso de los recursos
presupuestarios, lograr mayor impacto sobre las condiciones de vida de
la ciudadanía y alinear la organización del Estado, a las
necesidades del colectivo imaginario.
En algunas ocasiones, cambian tanto las condiciones históricas
que justificaron la creación de ciertas instituciones o que delimitaron,
en su momento, sus competencias, que debe realizarse un diagnóstico
estratégico sobre el entorno contemporáneo, sobre las debilidades
y fortalezas que tienen, y en función de ello, definir claramente
qué hacer para realinear su trabajo a las necesidades sociales
y que permitan además, gestionar mejor las políticas públicas
de su esfera de competencia.
Esta realidad ha dado lugar al desarrollo de nuevos conceptos sobre gestión
de políticas públicas, valorando no sólo los procesos
de decisión en el diseño de las políticas en sí,
sino que la forma en que se organiza el Estado para ejecutarlas, surgiendo
así toda una corriente de pensamiento sobre la Nueva Ges-tión
Pública, que ha influenciado al Gobierno de los Estados Unidos
y de varios países europeos.
*Economista.
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