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Palabras
“Noventa años de batalla y diez de dulzura”

Durante la condecoración de doña Mercedes Altamirano --pionera del periodismo de la mujer salvadoreña-- con la Orden José Matías Delgado, cruz de plata, su hijo Enrique Altamirano expresó en pocas palabras la vida de esta emblemática mujer.

Publicada 1 de febreo 2006 , El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Los diez años de la dulzura: Durante la condecoración de doña Mercedes Altamirano --pionera del periodismo de la mujer salvadoreña-- con la Orden José Matías Delgado, cruz de plata, su hijo Enrique Altamirano expresó en pocas palabras la vida de esta emblemática mujer. Refiriéndose a los cien años de vida de su madre expresó: “Son noventa años de dar batalla y diez años de dar dulzura”. La vida de esta periodista ejemplar, resume el triunfo de la vida, del coraje sobre los imposibles.

Varios meses de lucha y ardua labor tienen que pasar en las eras para que llegue el último dulce mes de la cosecha. Cuando al final de temporada, recogemos el dorado grano de nuestros sueños y afanes. Cuando al medio del camino cortamos el fruto perfumado de la bienaventuranza. El día que la tierra nos da el premio de nuestra gloriosa batalla, la rama dorada de nuestros conquistados imposibles. Cuando la eterna llanura resume en diez años la dulzura de todas las primaveras.

Será el mismo afán, la misma tregua, el mismo amanecer, la misma gloria de vencer al imposible. “La vida es hermosa cuando hay ideales y principios”, dice la escritora. Justamente lo que ella hizo a lo largo de su vida: hermosear la existencia con ideales.

(palabrasbalaguer@gmail.com)


Día a día
Clima de impunidad

A estas alturas, los buseros deben estar claros sobre quiénes son los jueces que sacan libres a mareros, creando el clima de impunidad que ha venido agravando la criminalidad en El Salvador.

El país entero mira cómo de la Procuraduría de “Derechos Humanos” corren con lupa a asegurarse de que las garantías a los delincuentes se cumplan milimétricamente, pero ninguno de ellos acude a ver los cadáveres de motoristas y cobradores asesinados, o se afligen cuando los autores de las atrocidades entran por una puerta y salen por la otra en ciertos tribunales.

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