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Arnoldo Villafuerte*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
Mucho se habla de que el mundo moderno está entrando en una tercer revolución industrial, creando muchos cambios en nuestra forma tradicional de vida, así como ocurrió durante las primeras dos revoluciones del hombre: La agrícola y la industrial. Los grandes pensantes actuales como es el economista Lester Thurow, de MIT; el recién fallecido Peter Drucker, de Claremont College, y Thomas Friedman, columnista del New York Times, coinciden en que esta nueva revolución está basada totalmente en el conocimiento. No cuán rápido se procesan datos, si no como seres humanos usan los mismos para aprovechar oportunidades de hacer plata.
La primera revolución industrial empezó hace 8.000 años, cuando las tribus dejaron la vida nómada para dedicarse a la siembra y cosecha de alimentos. Hasta 1900, 98% de la población de Estados Unidos laboraba en fincas y granjas; en la actualidad, sólo el 2% de la población trabaja en fincas y produce grandes cantidades de alimentos de excelente calidad jamás visto por el hombre.
Durante ese período de transición, hubo ganadores y perdedores, y eso mismo ocurre en nuestro mundo actual. Con el invento de la máquina de vapor por el inglés Thomas Savery y mejorada por James Watt en 1765, el mundo cambió para siempre. 100 años después --con el descubrimiento de la electricidad-- las sociedades feudales de Europa sufrieron tremendos cambios en todo sentido, y comienza el mundo moderno basado en nuevos inventos, nuevas empresas e importantes movimientos poblacionales del campo a las grandes urbes.
Pero en ese entonces la riqueza se medía en la posesión de activos físicos como tierras, fabricas, petróleo, minerías etc. Pero en esta nueva etapa de la historia moderna, mucho de esos paradigmas ya no tienen relevancia. Thurow, por ejemplo, menciona en su libro “Building wealth” (Creando riqueza), que en la actualidad el hombre más rico del mundo no posee tierras, no posee fincas, no posee petróleo ni barcos, sólo posee conocimiento: programas de computadoras inventados o perfeccionados por Microsoft.
Él menciona que al igual que en la segunda revolución industrial, esta tercera revolución está generando tremendas oportunidades para crear vastas riquezas, para personas, empresas y países que están en la jugada. La empresa norteamericana Star-bucks convenció a un mercado sofisticado de cambiar la taza de café de 50 centavos por un Latté (café con leche tomado en un “bar de café”), a pagar $4.75 por el mismo café. Crearon un producto totalmente diferenciado con valores, apreciado por un nuevo mercado, de un producto tradicionalmente sin mayor diferenciación, en el cual muy poca utilidad existía.
En esta nueva revolución industrial empresas, países y personas que no se “reinventan”, serán los perdedores, como le ocurrió a IBM en los 80 cuando dominaba el mercado de computadoras grandes y complejas (”Mainframes”). Por su tremendo ego y para no dejar un negocio muy lucrativo, IBM no observó que el mundo estaba cambiando, demandando nuevas pero pequeñas computadoras que todos usamos hoy en día. IBM pasó de tener utilidades de $8 mil millones en 1990, a tener pérdidas de $13 mil millones en los siguientes años, que casi le causan su muerte súbita, precisamente por no poder cambiar rápido hacia la globalización. Freidman habla de que en el mundo antes de la actual revolución basada en conocimiento, el pez grande se comía al pequeño. Hoy --dice él-- el lento será el almuerzo del rápido como casi le ocurrió a IBM.
Nosotros como país debemos de poner nuestra barba en remojo con estos cambios mundiales. Tenemos que cambiar constantemente, buscar eficiencia en nuestras instituciones públicas y privadas e invertir fuertemente en nuestro capital humano. Nuestros niños tienen que aprender dos idiomas nuevos: el inglés y el idioma de la computación. Sólo aprendiendo estos dos idiomas, El Salvador podrá cosechar los manjares que trae la tercera revolución industrial: El conocimiento.
*Colaborador de El Diario de Hoy. Correo Electrónico: at_villafuerte@yahoo.com
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