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Claves de nuestro tiempo
El horror al silencio

Si salen al campo o a la playa, el sonido del oleaje o del viento entre los árboles, el canto de los pájaros, el murmullo de un arroyo, el olor de la tierra, les dicen poco o nada.

Publicada 30 de enero 2006 , El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Varias cosas se me quedaron por decir en mi artículo anterior, cuando quise escribir sobre el descanso. Una de ellas es cierta sorpresa y disgusto al ver, cuando uno va a disfrutar de ese placer benéfico y barato de contemplar en silencio la naturaleza, como éste pronto se ve alterado por la estridente música enlatada de algún vecino o el insistente anuncio comercial vociferante que traspasa lejanías.

Da lo mismo si se está en un prado, un bosque, una montaña o a la orilla del mar. O uno consigue aislarse en la soledad más absoluta o algún tipo de ruido “civilizado” nos invadirá. No es extraño. Es propio de nuestro tiempo, en especial de las generaciones más jóvenes, no poder soportar el silencio.

Los artistas, los filósofos y los santos, siempre fueron amigos del silencio. También de su hermana gemela: la soledad. Y ello porque en soledad silenciosa, no están solos: el silencio les dice cosas; con frecuencia las más importantes de su vida. Unos encuentran allí la inspiración para nuevas obras de arte; otros se encuentran a sí mismos con las preguntas y respuestas más profundas de la vida; los santos encuentran allí al “Dios escondido”. Abundan los ejemplos. Citaré sólo algunos:

Fray Luis de León, canta en su oda “Vida retirada”: “¡Qué descansada vida// la del que huye del mundanal ruido// y sigue la escondida// senda por donde han ido// los pocos sabios que en el mundo han sido;//” y en los versos siguientes nos va mostrando cómo la naturaleza le habla con sus bellezas, cómo allí se encuentra consigo mismo y cómo “gozar quiero del bien que debo al cielo”.

Al genio universal de la música, el alemán Ludwig van Beethoven, un paseo por el campo le da la inspiración para una de sus mejores sinfonías: la Sexta, “La Pastoral”. Alphonse Daudet, huyendo del ruidoso y agobiante París, se retira a un viejo molino abandonado en la Provenza campesina, y es de allí, de su luminoso y gozoso silencio contemplativo, de donde saldrán las “Cartas desde mi molino”, que le colocaron entre los primeros literatos de Francia.

El filósofo Martin Heidegger, paseando en soledad por los intrincados senderos de la Selva Negra, es donde fue tejiendo sus cavilaciones sobre el ser, el tiempo y la existencia humana. San Juan de la Cruz, a la vez poeta y santo, en su “Cántico espiritual” nos habla de “la música callada, la soledad sonora” de la naturaleza y donde Dios, al pasar y mirar esos campos, “con sola su figura// vestidos los dejó de su hermosura”.

No es necesario llegar hasta esos altos ejemplos. Lo importante es que la actitud que tengamos ante el silencio, externo e interno, dice mucho, positivo o negativo, de lo que somos. San Josemaría, ese santo de hoy, “el santo de la vida ordinaria”, nos dice que “El silencio es como el portero de la vida interior” (“Camino”, nº281). Él escribe principalmente para gente corriente. Y es cierto que mucha buena gente no tiene problemas con sus ratos de silencio. Cuando se está en paz consigo mismo, cuando la conciencia no corroe ni grita, entonces el silencio es amigo e incluso se hace portero que abre hacia dentro, hacia la intimidad, incluyendo la intimidad divina.

Ya San Agustín había descubierto que aquel al que buscaba afuera, Dios, está más dentro de nosotros, que nosotros mismos. Pero eso que San Josemaría señala en positivo, ahora abunda en negativo: hay mucha gente vacía en su interior. Allí no hay nada valioso, no hay vida. Y entonces el silencio no es un portero amigo sino algo que horroriza, sobre todo en los momentos de soledad. Por eso se le mata rápidamente con algún tipo de ruido que distraiga: la radio, la televión o la música enlatada. No soportan, ni por un momento, quedarse solos en silencio.

Si salen al campo o a la playa, el sonido del oleaje o del viento entre los árboles, el canto de los pájaros, el murmullo de un arroyo, el olor de la tierra, les dicen poco o nada. En cambio los avances tecnológicos les fascinan. Tienen el interior del alma vacía, pero su lap-top atiborrada de datos que nunca utilizarán.

Alvin Toffler, en 1970 había profetizado certeramente sobre este fenómeno cuando decía que las innovaciones tecnológicas y la velocidad vertiginosa con la que se iban a ir sucediendo, producirían desorientación masiva y verdadera esclavitud psicológica.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

 

 

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