| Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Varias cosas se me quedaron por decir en mi artículo anterior,
cuando quise escribir sobre el descanso. Una de ellas es cierta sorpresa
y disgusto al ver, cuando uno va a disfrutar de ese placer benéfico
y barato de contemplar en silencio la naturaleza, como éste pronto
se ve alterado por la estridente música enlatada de algún
vecino o el insistente anuncio comercial vociferante que traspasa lejanías.
Da lo mismo si se está en un prado, un bosque, una montaña
o a la orilla del mar. O uno consigue aislarse en la soledad más
absoluta o algún tipo de ruido “civilizado” nos invadirá.
No es extraño. Es propio de nuestro tiempo, en especial de las
generaciones más jóvenes, no poder soportar el silencio.
Los artistas, los filósofos y los santos, siempre fueron amigos
del silencio. También de su hermana gemela: la soledad. Y ello
porque en soledad silenciosa, no están solos: el silencio les dice
cosas; con frecuencia las más importantes de su vida. Unos encuentran
allí la inspiración para nuevas obras de arte; otros se
encuentran a sí mismos con las preguntas y respuestas más
profundas de la vida; los santos encuentran allí al “Dios
escondido”. Abundan los ejemplos. Citaré sólo algunos:
Fray Luis de León, canta en su oda “Vida retirada”:
“¡Qué descansada vida// la del que huye del mundanal
ruido// y sigue la escondida// senda por donde han ido// los pocos sabios
que en el mundo han sido;//” y en los versos siguientes nos va mostrando
cómo la naturaleza le habla con sus bellezas, cómo allí
se encuentra consigo mismo y cómo “gozar quiero del bien
que debo al cielo”.
Al genio universal de la música, el alemán Ludwig van Beethoven,
un paseo por el campo le da la inspiración para una de sus mejores
sinfonías: la Sexta, “La Pastoral”. Alphonse Daudet,
huyendo del ruidoso y agobiante París, se retira a un viejo molino
abandonado en la Provenza campesina, y es de allí, de su luminoso
y gozoso silencio contemplativo, de donde saldrán las “Cartas
desde mi molino”, que le colocaron entre los primeros literatos
de Francia.
El filósofo Martin Heidegger, paseando en soledad por los intrincados
senderos de la Selva Negra, es donde fue tejiendo sus cavilaciones sobre
el ser, el tiempo y la existencia humana. San Juan de la Cruz, a la vez
poeta y santo, en su “Cántico espiritual” nos habla
de “la música callada, la soledad sonora” de la naturaleza
y donde Dios, al pasar y mirar esos campos, “con sola su figura//
vestidos los dejó de su hermosura”.
No es necesario llegar hasta esos altos ejemplos. Lo importante es que
la actitud que tengamos ante el silencio, externo e interno, dice mucho,
positivo o negativo, de lo que somos. San Josemaría, ese santo
de hoy, “el santo de la vida ordinaria”, nos dice que “El
silencio es como el portero de la vida interior” (“Camino”,
nº281). Él escribe principalmente para gente corriente. Y es cierto
que mucha buena gente no tiene problemas con sus ratos de silencio. Cuando
se está en paz consigo mismo, cuando la conciencia no corroe ni
grita, entonces el silencio es amigo e incluso se hace portero que abre
hacia dentro, hacia la intimidad, incluyendo la intimidad divina.
Ya San Agustín había descubierto que aquel al que buscaba
afuera, Dios, está más dentro de nosotros, que nosotros
mismos. Pero eso que San Josemaría señala en positivo, ahora
abunda en negativo: hay mucha gente vacía en su interior. Allí
no hay nada valioso, no hay vida. Y entonces el silencio no es un portero
amigo sino algo que horroriza, sobre todo en los momentos de soledad.
Por eso se le mata rápidamente con algún tipo de ruido que
distraiga: la radio, la televión o la música enlatada. No
soportan, ni por un momento, quedarse solos en silencio.
Si salen al campo o a la playa, el sonido del oleaje o del viento entre
los árboles, el canto de los pájaros, el murmullo de un
arroyo, el olor de la tierra, les dicen poco o nada. En cambio los avances
tecnológicos les fascinan. Tienen el interior del alma vacía,
pero su lap-top atiborrada de datos que nunca utilizarán.
Alvin Toffler, en 1970 había profetizado certeramente sobre este
fenómeno cuando decía que las innovaciones tecnológicas
y la velocidad vertiginosa con la que se iban a ir sucediendo, producirían
desorientación masiva y verdadera esclavitud psicológica.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net
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