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Opinando
Graves anomalías

Debemos aspirar a vivir en un mundo menos hostil, erradicar esa sociedad en que la mayoría de los ciudadanos viven atemorizados, desconcertados y frustrados por la inseguridad cotidiana y su futuro incierto.

Publicada 25 de enero 2006 , El Diario de Hoy

Rafael Rodríguez Loucel*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Con el título de Graves anomalías apareció en la página editorial de este periódico un artículo que originalmente se denominaba Exacerbación de anomalías. Por falta de espacio no apareció la parte final del texto original; en vista de ello y considerando que los fenómenos sociales son una temática siempre oportuna en este pequeño país, es importante consignar la omisión e insistir en esas anomalías en un contexto diferente.

La distorsión más importante es el incremento de la violencia y de la inseguridad ciudadana. Las noticias cotidianas de los medios de comunicación relacionadas con homicidios, asaltos, extorsión y violencia en general son las que destacan. La descripción al sumo detalle de los asesinatos: causas, circunstancias y efectos roban espacio y hacen bulto. La policía es impotente y las maras han desbordado el control de las autoridades, llegándose a los linderos de la anarquía.

El papel del Estado ha sido vulnerado y las extorsiones se han puesto de moda, trascienden el sector transporte y en muchos barrios, como lo afirma Vértice --publicación dominical de El Diario de Hoy-- “ni siquiera el vendedor ambulante de sorbetes o minutas, cuyas ganancias no llegan a diez dólares por día, escapa de “entregar” la cuota a los mareros, quienes controlan esos territorios”. De esa manera cabe la afirmación de que hay dos gobiernos, dos tributaciones para diferentes fondos y hasta otro sector informal más deformado aún por la posibilidad de una rentabilidad fácil de nula laboriosidad (a lo Al Capone).

El clima de inseguridad se incrementa, los esfuerzos de los dirigentes policiales se vuelven frustrantes para antecesores y sucesores; como consecuencia la falta de credibilidad que proyectan las autoridades se agiganta.

La anomalía antes descrita es una que pertenece a la familia de las que se derivan del conformismo, la apatía, la adaptación a las circunstancias, el temor, el resentimiento, la dependencia familiar y a la evolución de un entorno de subdesarrollo. También los defectos ancestrales y/ o culturales en gran parte han impedido el crecimiento individual y el de la sociedad en su conjunto.

Sin duda la sociedad salvadoreña ha fallado en la evolución de su crecimiento y por el contrario se ha estancado. No ha podido conformar una estrategia, partiendo de reconocer su identidad y aceptar su propio diagnóstico, para avanzar en lugar de retroceder. La apariencia parcial de una ciudad moderna de apartamentos y comercios, refleja, en un tour programado, un avance cosmético que oculta la verdadera realidad de un país con índices de educación, salud y calidad de vida extremadamente bajos.

La incapacidad de los gobiernos para actuar en un contexto visionario, de responsabilidad, sin compromisos y ataduras, ha imposibilitado gestiones que propicien un mejor país a pesar de que este valga la pena. Aprovechando racionalmente el espacio y sólo para mencionar otras anomalías que nos incomodan a quienes nos preocupa la viabilidad del país, se encuentra de nuevo la propaganda política, al principio subliminal, inmediatamente después de apreciar los daños de las tempestades del año pasado y más recientemente abierta en una politiquería que nos tiene secuestrados desde hace mucho tiempo; fondos que benefician productivamente a una minoría sólo y a la postre a otra clase que gobierna pero que no es activa en la generación de valor.

Tales erogaciones si fuesen menos frecuentes pudiesen en un destino alternativo ayudar parcialmente al alivio urgente de calamidades y eventualmente de soporte importante de una infraestructura de desarrollo.

Debemos aspirar a vivir en un mundo menos hostil, erradicar esa sociedad en que la mayoría de los ciudadanos viven atemorizados, desconcertados y frustrados por la inseguridad cotidiana y su futuro incierto. Debemos vislumbrar la verdad, la justicia y el amor al prójimo como ingredientes básicos de una sociedad que anhela una mejor calidad de vida.

*Colaborador de El Diario de Hoy y vicerrector de la Universidad Tecnológica de El Salvador.

 

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