| Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Vuelvo a San Salvador y a mi mundo habitual después de unas vacaciones
de veintiún días. Vacaciones sin teléfono, sin la
Internet, sin televisión, gozando de la compañía
y el diálogo sincero y profundo con los seres queridos y de los
encantos de la naturaleza, sus “silencios sonoros”, sus soledades
llenas de armonía y de sentido. Todo tiene un precio y a mi vuelta
una larga serie de e-mails por contestar.
Antes de salir del país dejé listas para su publicación
mis cuatro cartas a los jóvenes. Gracias a Dios no cayeron en el
vacío. Muchos de esos e-mails son de agradecimiento de gente joven
que está de acuerdo con mi elogio de la castidad. Alguno me agradece
“el coraje de hablar de lo que nadie habla”. Eso duele. Tienen
razón. ¿por qué no se habla del valor fecundo de
la castidad, a pesar de que es una de las cosas más necesarias
de nuestra sociedad? ¿Por qué se callan los que están
de acuerdo con su inmenso valor? Hay mucho pecado de omisión. Sobre
esta virtud y sobre otros valores de nuestra cultura.
Mucho silencio, perezoso o cobarde, un silencio que no es el de la naturaleza
--¡que dice tantas cosas!--, sino de gente prisionera por los respetos
humanos, intoxicada por el servilismo ante el “pensamiento políticamente
correcto”, ese escepticismo y relativismo, verdadero totalitarismo
tóxico de las mentes, que sutilmente siguen tratando de imponernos.
No he terminado de revisar todos los emails. No era mi intención
seguir con el tema de la castidad pero tal vez tenga que volver sobre
él para aclarar algunos aspectos que mis corresponsales me demandan.
Hoy, acuciado porque me acerco a la hora de cierre de esta columna, sólo
quiero apuntar otros temas. Revisando publicaciones extranjeras veo que
el ex presidente de la Academia Sueca que concede los premios Nobel de
Literatura me daba la razón en lo que sobre eso escribí
tiempo atrás. Knut Ahnlund, uno de los 18 académicos vitalicios
y prestigioso crítico literario, anunció que abandonaba
la Academia, porque consideraba que la concesión del premio Nobel
de Literatura del 2004 a la austriaca Elfriede Jelinek desprestigiaba
a la Academia y estaba en contra del pensamiento de Alfred Nobel.
Efectivamente, Alfred Nobel pedía que las obras literarias que
aspiraran al premio Nobel deberían dar prioridad “al equilibrio,
la armonía y las ideas puras y nobles en el arte narrativo”.
En cambio la obra de Jelinek, según el extenso artículo
que Ahnlund publicó en el “Svenska Dagbladet”, en donde
revisa todas las obras de Jelinek, las califica de “desoladora falta
de ideas y de visiones” que se traduce en una “verborrea donde
ocurrencias casuales se extienden a lo largo de diez o cien páginas
sin que se diga nada”.
Remacha la crítica añadiendo que “la pornografía
se ha infiltrado en ofertas culturales respetables y aceptadas, un porno
avanzado puede actuar disfrazado como indignación y se convierte
en una salida fácil desde el punto de vista comercial. A esta sección
pertenece a grandes rasgos todo lo que ella ha escrito”. Además
dice que la mayoría de los miembros del jurado votaron ese año
por Jelinek sin ni siquiera haberse leído su obra (¡!). Ahnlund
es el tercero que se retira de la Academia sueca. En 1989 Kerstin Ekman
y Lars Gyllensten se retiraron por la dictada por los musulmanes. Gyllensten
declara ahora que también él está de acuerdo con
Ahnlund.
La otra crítica contra la decadencia actual de la novela viene
del famoso escritor checo --famoso en Europa, aquí no creo que
se le conozca-- Milan Kundera. Con pequeñas diferencias, dos críticos
literarios famosos y muy influyentes, George Steiner y Harold Bloom, están
de acuerdo con Kundera y vuelven en sus libros una y otra vez a los clásicos
para reencontrarse con lo sublime, despreciando la actualidad literaria
de moda.
Kundera, en la onda de la celebración de Cervantes y del Quijote,
diagnostica en su ensayo “El telón” (Edit. Tusquets,
Barcelona, 2005) el ocaso de la herencia cervantina. Para Kundera, la
novela es un modo de conocimiento propio --independiente de la filosofía,
la ciencia y la historia-- para conocer el alma humana pero, dice, esa
alta manera, tan genuina, de conocer ese mundo que dentro de las personas
humanas se encierra, está perdiéndose en el relativismo
postmoderno.
En eso estamos. Nuestra cultura cristiano-occidental está enferma.
Hay gente poderosa empeñada en asesinarla.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net
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