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La Nota del Día
Los precios se equilibran sin que nadie lo ordene
Los precios envían otras señales, importantísimas
en una economía libre: el bajo precio de un comerciante motiva
a otros a mejorar su eficiencia, a recortar costos y a ser más
competitivos.
Publicada 20 de enero 2006 , El Diario de Hoy
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El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Que de un lado a otro del país los precios de cada artículo
que se vende sean básicamente iguales, es una de las maravillas
del sistema de economía libre. Va alguien al mercado en Usulután
o el de Soyapango, y encuentra que, con pequeñas diferencias, hasta
de centavos, los tomates cuestan lo mismo en cada lugar, o un corte de
pelo, o un par de sandalias. Sin que nadie ponga de acuerdo a los vendedores,
los precios se armonizan entre sí, aun cuando por lo difícil
de acceder a un lugar, o al no llegar suministros, bajen o suban.
Los confundidos pretenden que los precios sean siempre iguales y se mantengan
iguales, como parece que ocurre cuando un país impone controles.
Pero nadie en su sano juicio desconoce que una cosa son los precios en
un pequeño mercado o tienda de barrio y otros los de un gran centro
de mayoreo como es La Tiendona.
Hay costos de transporte, se ajustan precios de acuerdo con las cantidades
de productos que se adquieren, hay precios más altos para compensar
el factor riesgo (digamos en los sitios bajo asedio del crimen organizado,
como las maras), hay productores que cobran más por la calidad
que entregan, etcétera. Un cuaderno de buena calidad en Galerías
o Metrocentro puede costar más que otro de mediana calidad en las
tiendas del centro de San Salvador. O como lo dice un refrán sajón,
uno consigue lo que uno paga; un pantalón vaquero de marca cuesta
más que uno genérico.
Vamos, para el caso, a los cuadernos y útiles escolares. En el
“centro” se pueden conseguir más baratos que en la
periferia, pero el comprador mide otros factores, uno de los cuales es
el riesgo que corre volviendo al barrio cargado de útiles. En ese
caso prefiere pagar más y comprarlos poco a poco en los comercios
vecinos; nada le valen listados de precios ideales, más cuando
la misma competencia los hace variar de un día a otro.
Dice a la gente lo que quiere la gente
Los precios envían otras señales, importantísimas
en una economía libre: el bajo precio de un comerciante motiva
a otros a mejorar su eficiencia, a recortar costos y a ser más
competitivos. Cuando, por otra parte, hay una sobreabundancia de un producto
(como por una excelente cosecha de tomates) los precios bajan, diciendo
a los agricultores que no siembren tantos tomates en la siguiente temporada.
Así van equilibrándose las inversiones y el trabajo.
Los precios rigurosamente iguales y permanentes se dan en las economías
estancadas donde todo es igual: igual fertilidad en todo un territorio,
igual diligencia de todos los trabajadores, igual inventiva, igual motivación.
Es decir, cuando dejemos de ser seres humanos y nos transformemos en máquinas.
Esa igualdad sólo existe en la cabeza de confundidos que nunca
han hecho más que recibir emolumentos burocráticos.
Así como nos maravillamos de la uniformidad de precios en un territorio,
hay que asombrarse de otra realidad: como cada mañana, sin que
nadie los ponga de acuerdo o lo planifique, centenares de miles de personas
van a ofrecer sus servicios y productos a los mercados sin que sobre mucho
o falte mucho. Eso es posible precisamente gracias a los precios, que
son la única señal o mandato infalible en una economía,
lo que dice a toda la gente lo que quiere la gente.

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