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Álvaro Vargas
Llosa*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Washington. (AIPE).-¿La emprendería usted contra los dos
motores a vapor de triple expansión del Titanic, porque el barco
chocó trágicamente contra un iceberg y el capitán
Edward Smith tardó en bajar los botes para que la gente pudiese
escapar? Cualquiera puede entender que los motores fueron ajenos al problema.
Sin embargo, se ha desatado una campaña en contra del sistema privado
de pensiones de Chile, que culpa a los potentes motores del barco por
la existencia de icebergs en el agua y la lentitud de la reacción
del capitán.
Esta campaña ha sido reforzada por los candidatos presidenciales
chilenos e incluso ha cogido desprevenidas a algunas publicaciones internacionales.
Si el error de percepción continúa, uno de los pocos logros
de la economía política de América Latina --imitado
en varios países-- podría ser alterado y la marcha del país
hacia el desarrollo podría verse severamente obstaculizada.
Hace casi 25 años, a los chilenos asalariados se les permitió
optar por salirse del sistema previsional de reparto y colocar parte de
su dinero en cuentas de ahorro personales, administradas por AFP de su
elección. La mayor parte de los trabajadores optaron por convertirse
en dueños de sus propios activos. Gracias a la reforma de José
Piñera, las jubilaciones de los trabajadores chilenos han podido
obtener un retorno anual del 10 por ciento.
El capital acumulativo generado por el sistema privado de pensiones alcanza
en la actualidad los 85 mil millones de dólares si contamos las
reservas de 15 mil millones de dólares de las compañías
de seguros a las que algunos pensionistas han entregado sus activos a
cambio de recibir una renta vitalicia. Es decir, ¡casi el 90 por
ciento del PIB de la nación!
El sistema es más libre que en otros países. No existen
barreras de ingreso, a lo que se debe que, a diferencia de otros mercados
chilenos con menos oferta, seis compañías estén compitiendo
en ese mercado. Las comisiones han venido disminuyendo. Si más
chilenos deciden participar, bajarán aún más.
La objeción principista que uno puede plantear es que en una sociedad
libre no deberían existir ahorros obligatorios para los asalariados.
Es cierto. También es cierto, claro, que el aspecto obligatorio,
aplicado a una suma fija de pesos, se está diluyendo porque los
salarios reales se han triplicado desde que se hizo la reforma. En todo
caso, el sistema de capitalización es un gran paso adelante respecto
de lo que era cuando no existía relación alguna entre los
aportes de los trabajadores y sus beneficios, y cuando no podían
siquiera soñar con poseer cuentas de ahorro con una tasa de interés
promedio del 10 por ciento.
Como muchos chilenos se han acostumbrado a asumir la responsabilidad de
su propia jubilación, resulta políticamente concebible que
un futuro estadista se atreva un día a permitir a los asalariados,
tal como lo hacen ahora los trabajadores independientes, decidir si prefieren
invertir en una cuenta de retiro o hacer algo distinto con su dinero.
Resulta significativo que a pesar de los feroces ataques contra las jubilaciones
privadas, los candidatos no hayan propuesto confiscar los activos de los
trabajadores y redistribuirlos. Entienden que se echarían a la
mitad de la fuerza laboral en contra suya en un santiamén. En realidad,
los críticos del sistema de capitalización son propagandistas
del sistema privado de pensiones sin ser conscientes de ello.
Al afirmar que la mitad de la fuerza laboral no tendrá una jubilación
decente, están diciendo: nos gustaría extender esta exitosa
reforma a toda la sociedad. No deja de ser irónico que el propio
gobierno socialista se queje en la actualidad de que el sistema de jubilaciones
de las fuerzas armadas --un sistema de reparto que nunca fue privatizado--
esté generando un déficit.
Si Chile quiere que todos los ciudadanos obtengan jubilaciones decentes,
dos cosas son necesarias: pleno empleo y una Gestapo que le diga al 40
por ciento de la fuerza laboral, compuesta de trabajadores independientes,
cómo invertir su dinero. ¿Quién tiene la culpa de
que exista en la actualidad una tasa desempleo del 10 por ciento en general
y de 26 por ciento entre los más pobres? ¿Quién tiene
la culpa de que la mayoría de los contratos laborales sean de corto
plazo? Se debe culpar a la rigidez de los mercados laborales --una de
las áreas en las que ha habido algunos retrocesos en Chile-- y
por cierto a los altos impuestos.
Los españoles tuvieron en los años 80 el mismo desfase entre
una economía que crecía y un mercado que ofrecía
suficiente trabajo. En los años 90, al reducir trabas y costos,
crearon 8 millones de nuevos empleos. Si el 18 por ciento de los chilenos
son pobres porque no hay empleos que los saquen de la pobreza, ¿a
quién se debe culpar: a tres millones de ciudadanos que han sido
capaces de ahorrar para obtener una buena jubilación o a un entorno
político y reglamentario que impide a los chilenos generar el pleno
empleo?
Este debate es una buena oportunidad para recordarles a los chilenos que
no pueden dormirse sobre sus laureles. Son necesarias nuevas reformas
para alcanzar el pleno desarrollo. ¡Pero dejemos de culpar a los
motores por la presencia de icebergs en el agua y por la lenta reacción
de quienes manejan el barco!
*Director del Centro para la Prosperidad Global
del Independent Institute y autor de “Rumbo a la libertad”.
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