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Luis Fernández Cuervo*
(Tercera parte)
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Queridos jóvenes: ¿Les parece disparatada o demasiado idealista esta afirmación de que sin castidad no hay amor? Espero que no. Trataré de probarles que eso es una gran verdad.
Si les digo que la meta a la que aspira toda vida humana es la felicidad, todos ustedes estarán de acuerdo conmigo. También si les digo que no hay felicidad sin amor y que, a su vez, tampoco es posible el amor sin libertad, porque ¿se puede amar algo a la fuerza? A la fuerza, lo más que puede hacerse es soportar o acostumbrarse a algo que no se ama.
Quedamos de acuerdo, por tanto, que es propio de todo ser humano querer ser libre y necesitar amar y ser amado y que estas dos cosas son necesarias para alcanzar la felicidad. Pero muchos de ustedes pueden plantearme que sin embargo encuentran serios obstáculos para la libertad, que el mundo no es como ustedes querrían que fuera. Así que lo primero que tendremos que aclarar es de qué libertad estamos hablando.
Ustedes, sobre todo si están aún en la primera adolescencia, suelen entender por “libertad” la “emancipación” de la autoridad paterna y a veces de toda autoridad o atadura. Desde ya, les anticipo que liberarse de toda atadura no da libertad, sino esclavitud. El que quiere hacer lo que le da la gana, se hace esclavo de la gana, de lo que le apetece o se le ocurre, en definitiva, del animalito que todos llevamos dentro.
Es propio de los animales seguir sus instintos porque están programados para eso. Así, son perfectos. Pero en cambio nosotros, los seres humanos, estamos “programados para la libertad”, para poder elegir, para tener que decir sí o no a lo que nos proponen las ganas... y sus manipuladores.
Otro error frecuente entre ustedes -pero no exclusivo de los jóvenes- es ver a la libertad como algo externo, dependiente de las circunstancias. Algunos llegan incluso a negar la existencia de la libertad al comprobar que nuestro modo de ser y nuestras elecciones siempre están condicionados por un montón de cosas: los genes, la familia, la educación, etc. Los que se quejan de esas limitaciones son los eternos haraganes, pesimistas, resentidos...,. en una palabra: los fracasados.
Estos siempre echan la culpa de su fracaso vital a la sociedad, el capitalismo, el gobierno, la iglesia, el imperialismo, o cualquier otra cosa. No quieren reconocer que el fracaso está en que nunca quisieron sobreponerse a las ganas, a las apetencias y a las dificultades que en toda vida se presentan. En cambio otros aprovecharon esos condicionamientos y límites de su libertad para vencerlos o aprovecharlos.
Son los que entendieron que la libertad es interior y espiritual, algo creciente y perfeccionable con el trabajo sobre uno mismo. Son libres porque se hicieron señores de sí mismos. Han actuado como jinetes del animalito que todos llevamos dentro y lo han domesticado, le han educado, le han exigido y le han sacado el máximo rendimiento, sin quejarse de si les tocó en suerte un caballo de carreras, un mulo o un modesto borrico.
En esa dura y tesonera labor, alguna vez el animal les derribó por los suelos, pero supieron levantarse rápido, sacar experiencia y volver a comenzar, aún con más fuerza y sabiduría. Esa labor constante de forjar una personalidad y de aspirar a la excelencia supone, pues, adquirir, entre otras cosas, una gran fuerza de voluntad y un sabio control de los sentimientos y de los impulsos: la virtud de la Templanza. Y aquí viene la importancia de la virtud de la Castidad que podríamos definir como la rama de la Templanza que regula la sexualidad (las otras ramas son las que regulan, entre otras cosas, el hambre, la sed y la cólera).
La Castidad es, pues, la virtud que pone el instinto sexual al servicio del amor humano y sus leyes, del amor humano inteligente. Subrayo “sus leyes” e “inteligente”, ya les diré después por qué. Tendría que subrayar también la palabra “amor” porque esta palabra es el vocablo más maltratado y prostituido. Pero veo que ya topé con los límites de espacio que condicionan esta columna.
Tendré que dejar esas explicaciones para el próximo lunes. Hasta entonces, queridos jóvenes, manténganse cautos y con la castidad pertinente a su estado civil, si solteros con castidad abstinente; si ya casados, con una fidelidad y respeto mutuo que es castidad matrimonial. Que el nuevo año les esté siendo venturoso ¡y que Dios me los bendiga!
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
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