| Marvin
Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
(Primera parte)
La verdad es que es muy atractiva. Cuando no se tiene, uno se imagina
todas las cosas que se pueden hacer con ella. Total, soñar no cuesta
nada. Pero cuando uno la posee, sobre todo cuando ya hay una relación
formal, hay que andarse con mucho, pero mucho cuidado, porque así
como te puede dar grandes placeres te puede proporcionar los peores momentos
de tu vida. No exagero. He visto casos.
Mi primera experiencia con ella fue recién finalizada la guerra.
Por esos días yo no tenía nada que ofrecer, ni siquiera
una silla donde sentarme. No tenía referencias comerciales de ningún
tipo y tampoco aparecía en los archivos de ningún banco.
Era como no existir. En esas condiciones, ella se me aparecía como
un imposible. Pero entonces, gracias a un amigo por allá, un contacto
por el otro lado y algunas conversaciones pude obtener mi primera tarjeta
de crédito.
Para mí tenerla era de suma importancia. No tanto por lo que podía
comprar con ella, sino porque se trataba de una plena inserción
en la vida real. Ese pedacito de plástico, cuyo monto de crédito
inicial (hace 14 años) fue de apenas dos mil colones, iba a poner
a prueba mi capacidad no sólo de administración, sino también
de hacer uso correcto de mi libertad de elegir si gastar o no. Es decir
fui yo quien eligió obtener una tarjeta de crédito y sería
yo quien decidiría cómo utilizarla.
Ha pasado más de una década desde entonces. Varias cosas
han cambiado. Ahora utilizamos el dólar, las remesas desde los
Estados Unidos han aumentado y también ha aumentado el consumo.
Las tarjetas de crédito, que antes eran un “status symbol”,
hoy se han prácticamente masificado. Por razones de trabajo, tengo
hoy otras tarjetas de crédito, pero aquella que fue como mi primer
amor aún la guardo. De hecho es la que uso para la compra de comida
y combustible. El límite de crédito ha venido subiendo y
al final de cada año me mandan de la casa emisora, préstamos
pre aprobados los cuales religiosamente rompo en cuatro pedazos y tiro
al cesto de la basura.
Nos hemos llevado bien mi tarjeta de crédito y yo. Pero todo tiene
su final. He tomado la decisión de ir a cancelarla. La razón
es muy simple: otra casa emisora me ha prometido mejores condiciones,
intereses más bajos, no cobro por membresía, atención
personalizada (no sé a ciencia cierta qué entienden algunas
empresas por esa frase), más puntos o millas y otras cosas. Además,
tengo que decirlo, últimamente no me han tratado muy bien que se
diga los emisores de mi primera tarjeta. Así que no voy a llorar
cuando la cancele. Es una decisión libre en un país de libre
mercado.
Pero tengo un par de conocidos a los que una mala relación con
ella (con la tarjeta), los tiene sumidos en una situación realmente
desesperada. Creyeron que el plastiquito era una especie de extra sueldo.
No sacaron bien las cuentas de lo que sale costando un sencillo par de
zapatos si se compra con tarjeta y se cancela en varios pagos. Para salir
de la situación sacaron otras tarjetas. Con el dinero que retiran
de una, pagan la otra y con el retiro de esta aquella. Y así tratando
de cumplir con los gastos de la casa, sin refrenar los impulsos de compras
y manteniendo un falso estándar de vida, las cosas se les han complicado
hasta salirse de control.
Ahora ellos culpan al sistema y expresan sus deseos que aparezca un Hugo
Chávez o un Evo Morales en el horizonte, para que haga justicia
y les condone la deuda. Pero yo conozco sus estilos de vida. Son ellos
los únicos responsables de la desesperada situación por
la que pasan. No es que sean malas personas. No son borrachos, ni drogadictos.
Su defecto es gastar más de lo que ganan, para aparentar lo que
no son. Este defecto puede ser tan devastador como el alcoholismo y la
drogadicción.
Uno de ellos acaba de consolidar la deuda para pagar sus “topadas”
tarjetas. Es decir trasladó el pago de intereses a una sola empresa
y a un plazo más largo. Pero él, lo sé por la plática
que tuvimos en las vacaciones, no lo entendió así. Se alegró
más bien de que sus tarjetas estuvieran limpias y en diciembre
agarró una de ellas y la volvió a topar, porque para mi
amigo gastar con la tarjeta es una atracción fatal.
*Columnista de El Diario de Hoy marvingaleas@cinco.com.sv
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