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Hechos de la vida
Atracción fatal

Tengo un par de conocidos a los que una mala relación con ella (con la tarjeta), los tiene sumidos en una situación realmente desesperada. Creyeron que el plastiquito era una especie de extra sueldo

Publicada 5 de enero 2006 , El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Primera parte)
La verdad es que es muy atractiva. Cuando no se tiene, uno se imagina todas las cosas que se pueden hacer con ella. Total, soñar no cuesta nada. Pero cuando uno la posee, sobre todo cuando ya hay una relación formal, hay que andarse con mucho, pero mucho cuidado, porque así como te puede dar grandes placeres te puede proporcionar los peores momentos de tu vida. No exagero. He visto casos.

Mi primera experiencia con ella fue recién finalizada la guerra. Por esos días yo no tenía nada que ofrecer, ni siquiera una silla donde sentarme. No tenía referencias comerciales de ningún tipo y tampoco aparecía en los archivos de ningún banco. Era como no existir. En esas condiciones, ella se me aparecía como un imposible. Pero entonces, gracias a un amigo por allá, un contacto por el otro lado y algunas conversaciones pude obtener mi primera tarjeta de crédito.

Para mí tenerla era de suma importancia. No tanto por lo que podía comprar con ella, sino porque se trataba de una plena inserción en la vida real. Ese pedacito de plástico, cuyo monto de crédito inicial (hace 14 años) fue de apenas dos mil colones, iba a poner a prueba mi capacidad no sólo de administración, sino también de hacer uso correcto de mi libertad de elegir si gastar o no. Es decir fui yo quien eligió obtener una tarjeta de crédito y sería yo quien decidiría cómo utilizarla.

Ha pasado más de una década desde entonces. Varias cosas han cambiado. Ahora utilizamos el dólar, las remesas desde los Estados Unidos han aumentado y también ha aumentado el consumo. Las tarjetas de crédito, que antes eran un “status symbol”, hoy se han prácticamente masificado. Por razones de trabajo, tengo hoy otras tarjetas de crédito, pero aquella que fue como mi primer amor aún la guardo. De hecho es la que uso para la compra de comida y combustible. El límite de crédito ha venido subiendo y al final de cada año me mandan de la casa emisora, préstamos pre aprobados los cuales religiosamente rompo en cuatro pedazos y tiro al cesto de la basura.

Nos hemos llevado bien mi tarjeta de crédito y yo. Pero todo tiene su final. He tomado la decisión de ir a cancelarla. La razón es muy simple: otra casa emisora me ha prometido mejores condiciones, intereses más bajos, no cobro por membresía, atención personalizada (no sé a ciencia cierta qué entienden algunas empresas por esa frase), más puntos o millas y otras cosas. Además, tengo que decirlo, últimamente no me han tratado muy bien que se diga los emisores de mi primera tarjeta. Así que no voy a llorar cuando la cancele. Es una decisión libre en un país de libre mercado.

Pero tengo un par de conocidos a los que una mala relación con ella (con la tarjeta), los tiene sumidos en una situación realmente desesperada. Creyeron que el plastiquito era una especie de extra sueldo. No sacaron bien las cuentas de lo que sale costando un sencillo par de zapatos si se compra con tarjeta y se cancela en varios pagos. Para salir de la situación sacaron otras tarjetas. Con el dinero que retiran de una, pagan la otra y con el retiro de esta aquella. Y así tratando de cumplir con los gastos de la casa, sin refrenar los impulsos de compras y manteniendo un falso estándar de vida, las cosas se les han complicado hasta salirse de control.

Ahora ellos culpan al sistema y expresan sus deseos que aparezca un Hugo Chávez o un Evo Morales en el horizonte, para que haga justicia y les condone la deuda. Pero yo conozco sus estilos de vida. Son ellos los únicos responsables de la desesperada situación por la que pasan. No es que sean malas personas. No son borrachos, ni drogadictos. Su defecto es gastar más de lo que ganan, para aparentar lo que no son. Este defecto puede ser tan devastador como el alcoholismo y la drogadicción.

Uno de ellos acaba de consolidar la deuda para pagar sus “topadas” tarjetas. Es decir trasladó el pago de intereses a una sola empresa y a un plazo más largo. Pero él, lo sé por la plática que tuvimos en las vacaciones, no lo entendió así. Se alegró más bien de que sus tarjetas estuvieran limpias y en diciembre agarró una de ellas y la volvió a topar, porque para mi amigo gastar con la tarjeta es una atracción fatal.

*Columnista de El Diario de Hoy marvingaleas@cinco.com.sv

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