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Prácticas peligrosas

Quemados. Guardar silbadores en los bolsillos, sacar pólvora de los cohetes llevaron a varios niños al hospital en estas fiestas

Publicada 3 de enero 2006, El Diario de Hoy

Mirella Cáceres

Vendado. José S. Tovar llora después de haber sido curado. Foto: EDH

El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Guardar un puñado de cohetillos, morteros o silbadores en los bolsillos del pantalón significó para muchos niños quemados en las pasadas festividades un inesperado viaje a un centro asistencial.

Para algunos pequeños, esa práctica se tradujo en una breve o una larga estancia en la cama de un hospital. El Bloom ha sido uno de los principales centros médicos que ha atendido casos de este tipo, según el director Ulises Iraheta.

Aunque no especificó cifras, para el funcionario “hubo varios pacientes con quemaduras por haber puesto pólvora en sus bolsillos”.

Uno de esos casos es el de José Santos Tovar Argueta, de 9 años, quien permanece en la cama 21 del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Bloom, desde el 1 de enero de este año con quemaduras graves en sus genitales y piernas.

Según la versión de la madre, Matilde Argueta, el niño quemaba silbadores y cohetillos cerca de la casa cuando se le incendió el pantalón.

“Me imagino que alguna chispa le prendió la pólvora que andaba en la bolsa del pantalón”, relata Matilde, al intentar explicar cómo sucedió la tragedia que ahora tiene a su hijo hospitalizado y casi inmovilizado.

A juicio del doctor Iraheta, este niño representa el caso más grave entre los nueve que atendieron por quemaduras de pólvora el 1 de enero pasado.

Contiguo a la salita que alberga a José, se encuentra Javier Emilio Hernández, quien también resultó con quemaduras en los genitales el 24 de diciembre.

Los casos no terminan allí. Dos niños más también sufren, esta vez por la curiosidad.
Israel Mejía y Laura Cañas se quemaron el rostro después de incendiar la pólvora que sacaron de varios silbadores y cohetes.

Pasó toda la Navidad en una cama de hospital

El rostro de Víctor Manuel Orellana no indica tristeza pese a llevar ingresado en el Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Bloom desde antes de la Navidad.

El pequeño de 9 años, ingresó al hospital el 23 de diciembre pasado, como cosecuencia de las quemaduras sufridas en la ingle cuando su pantalón se incendió de forma a accidental en Nueva Concepción, departamento de Chalatenango.

Según el testimonio de sus padres, el pequeño habría comprado, sin el consentimiento de ellos, un volcancito. “Cuando lo encendió le agarró fuego short y le produjo quemaduras de segundo grado”, explicó Víctor, el padre del muchacho.

Como sintiéndo parte de culpa por lo sucesido, durante la estancia del pequeño, padre y madre se han relevado para no dejarlo ni un sólo momento.

Víctor Manuel es sólo una historia más de las que habitualmente se oyen en los pasillos del Bloom, un centro acostumbrado a escuchar el lamento de los quemados en estas fechas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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