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| Delincuencia. Las autoridades no descartan que el aumento de los asesinatos esté relacionado con la rivalidad que hay entre la Mara 18 y la MS. Foto
EDH |
The New York Times
GINGER THOMPSON
CIUDAD DE GUATEMALA.
Internacionales
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Había 52 cadáveres que acaban de llegar a la morgue en una reciente mañana de lunes; 52 oportunidades para que Guadalupe Díaz encontrara a su hijo, Mario Toscano.
El no era ningún ángel, comentó ella acerca de su hijo. Toscano, de 20 años, conocido como “Chespy”, era el cabecilla de la violenta Mara 18. Y su madre temía desde hace largo tiempo que él terminaría muerto, no desaparecido.
Toscano ha estado desaparecido desde el 27 de agosto, dijo Díaz, cuando fue secuestrado por tres sujetos armados.
Desde ese día, Díaz, quien trabaja como empleada doméstica, se detiene en la morgue en su camino al trabajo la mayoría de los lunes de cada semana.
“Al verlos”, dijo, refiriéndose a los cadáveres que ella examinaba, “siento escalofríos”.
Casi una década después del final de la agresión terrorista que dejó 200,000 personas muertas o desparecidas en este país de 14 millones habitantes, una nueva oleada de violencia ha golpeado a Guatemala y se parece mucho a la vieja, algunos dicen que incluso es peor.
Las autoridades guatemaltecas informaron que 4,325 personas habían sido asesinadas en los primeros 10 meses del año pasado. Esa es una de las tasas de asesinato más elevadas en América Latina, y es muy superior al promedio anual de asesinatos cometidos en el último decenio del conflicto armado de este país.
Incluso en tiempos de paz, gobiernos a lo largo de Centroamérica han dicho que la violencia es la principal amenaza a la estabilidad. Aquí, l igual que en los vecinos Honduras y El Salvador, la violencia llega con violaciones, secuestros con tortura y asesinatos.
Este ciclo de violencia, el más reciente, comenzó hace cinco años, cuando pandillas callejeras con raíces en la ciudad de Los Ángeles -en particular la Mara 18 y la MS-13- empezaron a diseminarse a lo largo de Centroamérica y el sur de México, creando el mismo tipo de destrucción en barrios pobres aquí que en alguna época crearon en lugares como Compton y Watts, en Estados Unidos.
Casi ninguno de los mareros reportados como desaparecidos aparece con vida. De hecho, algunos nunca aparecen. Cuando efectivamente lo hacen, a menudo no son hallados en una sola pieza.
El secretario del Interior, Carlos Vielmann, negó llanamente esas acusaciones en una entrevista efectuada el mes pasado. A diferencia de los gobiernos de Honduras y El Salvador, que adoptaron severas leyes que penalizan a la gente que pertenece a una pandilla, el gobierno guatemalteco lanzó una guerra más suave en contra de pandillas, la cual se enfocaba en la recreación y programas de rehabilitación.
El secretario del Interior atribuyó buena parte de la violencia en Guatemala a luchas entre integrantes de maras rivales. Con todo, él no rechazó la teoría relativa a que algunos de los ataques habían sido cometidos por inescrupulosos policías y vigilantes ciudadanos, muchos de ellos frustrados ante la incapacidad del gobierno para hacer justicia.
En el barrio de nombre El Mezquital, algunas personas dijeron que una parte de los asesinatos habían generado alivio.
Guadalupe Alvarado relató cómo, después que mareros mataron a un par de comerciantes y chóferes de autobuses que se habían negado a pagar “impuestos de guerra”, los otros comerciantes y conductores reunieron dinero para contratar a sicarios, con el fin de “eliminar mareros”.
“No nos gusta ver que ocurran cosas malas, pero para ser sincera, cuando ellos empezaron a matar a los mareros, yo le di gracias a Dios”, contó Alvarado. “Las maras son como vivir con un león, y sabemos que si nosotros no lo matamos, el león terminará por comernos”.

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