| Rodrigo
Chávez*
El Diario de Hoy
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elsalvador.com
La
legitimidad de las democracias la dan los perdedores de los procesos electorales
y no los ganadores. Los ganadores están siempre listos a reconocer
las bondades de un proceso democrático y califican a dicha competencia
como equitativa y justa.
Sin embargo, la respuesta de los perdedores no siempre es tan clara y
se puede prestar a distintas acciones, desde violentas hasta no violentas.
Por ello, la legitimidad del proceso descansa en las actitudes y acciones
que los perdedores y sus votantes toman con respecto al proceso democrático
en general. El éxito de las democracias modernas es que logran
mantener un alto nivel de apoyo por parte de aquellos sectores que no
logran ganar en el juego electoral.
El reconocimiento del triunfo del entonces gobernador de Texas, George
W. Bush, en el año 2000, por el vicepresidente Al Gore, es un ejemplo
de una actitud positiva por parte de los perdedores de un proceso democrático.
Gore reconoció el triunfo de Bush a pesar que el 98% de sus votantes
pensaban que él había ganado la elección. La actitud
de Gore es lo que se espera de un político en una democracia moderna.
Todo partido reconoce que “perder” es una condición
necesaria para “ganar” en el futuro. Es decir, en una democracia
los partidos están constantemente perdiendo y ganando elecciones.
El politólogo Michael McDo-nald, de la Universidad de Bing-hamton,
realizó un estudio de 21 democracias en el mundo occidental. En
su estudio concluyó que de los gobiernos electos entre 1950 a 1995,
de estas 21 democracias, sólo el 47% habían sido electos
con una mayoría de los votos emitidos. Adicionalmente, sólo
un 20% de estos gobiernos obtuvieron el apoyo de más del 50% de
la población en edad de votar.
Es decir, que, en la práctica, la democracia no es un sistema donde
la mayoría manda, sino, como ha planteado el profesor de Syracuse,
Christopher Ander-son “es un sistema donde distintas minorías
intercambian el Gobierno en distintos momentos”.
En este contexto, el apoyo de los perdedores o minorías fuera del
Gobierno, al proceso democrático, se vuelve particularmente importante.
Andre Blais, de la Universidad de Montreal, y Shuan Bowler, de la Universidad
de California, en Riverside, estudiaron las actitudes de ciertos procesos
electorales en Europa, con importantes conclusiones.
En Inglaterra, por ejemplo, una coalición conservadora ganó
las elecciones parlamentarias desde 1979 hasta 1997. Al inició
del Gobierno conservador, un 52% de los votantes del derrotado Partido
Laborista evaluaba positivamente a la democracia inglesa. Sin embargo,
en 1996, después de haber perdido cuatro elecciones consecutivas,
sólo un 40% de los votantes laboristas evaluaba positivamente a
la democracia.
España, donde los socialistas gobernaron desde 1982 hasta 1996,
nos muestra resultados similares. En 1985, un 58% de los votantes del
opositor Partido Popular evaluaba de manera positiva a la democracia española.
Sin embargo, en 1995, después de haber perdido cuatro elecciones
consecutivas, sólo un 35% de los votantes del Partido Popular evaluaba
positivamente a la democracia.
Claramente, el perder muchas elecciones de manera consecutiva reduce el
apoyo al sistema, por parte de los perdedores o minorías fuera
del poder. Típicamente, el apoyo a la democracia se mide de manera
general en la población de un país. Sin embargo, es muy
importante también medir el apoyo a la democracia por parte de
los sectores de la población que pierden elecciones. Gran parte
de la legitimidad del sistema descansa en ellos.
Un aspecto que incrementa el apoyo al sistema por parte de los perdedores
es el grado de equidad en las reglas del juego electoral. La democracia
está diseñada para producir resultados inequitativos; unos
partidos pierden y otros ganan. Sin embargo, una mayor equidad en las
reglas del juego puede hacer que los perdedores apoyen consistentemente
el proceso democrático y no realicen prácticas anti-sistema.
El peligro de una democracia es cuando los perdedores se proponen a realizar
prácticas anti-sistema, ya que esto da origen a grandes conflictos
que eventualmente debilitan a la democracia. La labor de mantener a los
perdedores lejos de prácticas anti-sistema le corresponde a las
instituciones electorales, ya que son ellas las que controlan las reglas
del juego electoral. Por ello, la modernización del sistema electoral
y sus instituciones son fundamentales.
La Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico
y Social (Fusades) planteó recientemente distintas reformas enfocadas
en modernizar a las instituciones electorales salvadoreñas. Estas
reformas tienen el objetivo de aumentar la legitimidad del sistema, tanto
para los perdedores como para los ganadores.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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