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La Nota del Día
Fiscalizar a otros pero nunca a ellos

Los ilustres diputados de la extrema izquierda no tienen idea de lo que son los activos, o las reservas de capital, o lo que se deja para contingencias

Publicada 3 de enero 2006 , El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Los alcaldes efemelenistas desean lo mejor de dos mundos: por una parte fiscalizar a las empresas dentro de sus jurisdicciones para exprimirles hasta el último centavo en tributos, mientras por el otro se oponen, por eso de la “autonomía”, a que nadie vea sus cuentas y malandrinadas. Quieren sacar todo el dinero a las empresas para gastarlo alegremente sin que los estén mirando.

Por muchas razones lo que pretenden las alcaldías, transformarse en mini-ministerios de Hacienda, es del todo inconveniente, en extremo peligroso y se prestaría además para toda clase de abusos y chantajes. Consideremos lo siguiente:

--Lo primero, que las municipalidades carecen de personal capacitado en cuestiones hacendarias, para meterse en los libros confidenciales de las empresas o de cualquier vecino del lugar. Si dentro de los concejos edilicios es muy, muy, muy difícil encontrar gente con alguna experiencia administrativa, ya no digamos como contables o auditores, dentro del personal eso es imposible. Lo comprueba el desorden de sus cuentas, el hecho de que la mayoría está en bancarrota y las sinvergüenzadas que se perpetran con los fondos del público; --segundo, la baja moral que caracteriza a los ediles de izquierda, cuyos pasados conoce con gran detalle el sector productivo. Una de las nefastas consecuencias de tales fiscalizaciones, será que informes confidenciales se convertirían en conocimiento general, con los riesgos que ello entraña. Lo más probable es que la información que se recabe en la empresa “A” se ofrezca en venta a la “B”; --lo tercero es la clase de interpretaciones que gente sin experiencia hace de movimientos financieros normales. Cuando miembros del sector productivo han comparecido en la Asamblea para defenderse o exponer posturas, se encuentran con que los ilustres diputados de la extrema izquierda no tienen idea de lo que son los activos, o las reservas de capital, o lo que se deja para contingencias, o el papel de los beneficios, o lo que son las amortizaciones. Los grandes revolucionarios tienden a creer que los activos empresariales son dineros en contante que las empresas tienen en cajas fuertes o en cuentas bancarias.

Una y otra vez, como sucede con los representantes de los sindicatos en la autónomas, hay que explicarles a los padres de la patria la función de hechos elementales. Y encima de todo está el mayúsculo problema de que los interlocutores, como sucedería con los alcaldes, creen que el capital y las ganancias son un descarado y vil robo, lo que se expolia del honesto trabajo de los empleados. Las empresas estarían metiendo enemigos del sistema y de lo que hacen los productores, en lo más confidencial que tienen.

Meter a confundidos dentro de casa

En una ocasión el alcalde de Mejicanos se lamentaba de las empresas existentes en San Salvador, sin pensar en los muchos vecinos de Mejicanos que trabajan en ellas. Otros ediles ven como enemigos a los inversionistas que se establecen en sus pueblos y ciudades, considerándolos sanguijuelas que llegan a chupar la sangre de los hambrientos y desamparados pobladores. Cuando las empresas se acercan a tramitar asuntos, se les recibe con innumerables reparos, desgano, con hostilidad muy mal disimulada. De tal actitud la oposición al TLC: cada fábrica que se inaugura, cada empresa de éxito, “explota de manera inmisericorde a los salvadoreños”.

Los negocios que encantan a los munícipes de las “Repúblicas Populares” son los chupaderos, los burdeles, las salas de masaje, y, por encima de todo, las chiviaderas.


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