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El
Diario de Hoy
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Los alcaldes efemelenistas desean lo mejor de dos mundos: por una parte
fiscalizar a las empresas dentro de sus jurisdicciones para exprimirles
hasta el último centavo en tributos, mientras por el otro se oponen,
por eso de la “autonomía”, a que nadie vea sus cuentas
y malandrinadas. Quieren sacar todo el dinero a las empresas para gastarlo
alegremente sin que los estén mirando.
Por muchas razones lo que pretenden las alcaldías, transformarse
en mini-ministerios de Hacienda, es del todo inconveniente, en extremo
peligroso y se prestaría además para toda clase de abusos
y chantajes. Consideremos lo siguiente:
--Lo primero, que las municipalidades carecen de personal capacitado en
cuestiones hacendarias, para meterse en los libros confidenciales de las
empresas o de cualquier vecino del lugar. Si dentro de los concejos edilicios
es muy, muy, muy difícil encontrar gente con alguna experiencia
administrativa, ya no digamos como contables o auditores, dentro del personal
eso es imposible. Lo comprueba el desorden de sus cuentas, el hecho de
que la mayoría está en bancarrota y las sinvergüenzadas
que se perpetran con los fondos del público; --segundo, la baja
moral que caracteriza a los ediles de izquierda, cuyos pasados conoce
con gran detalle el sector productivo. Una de las nefastas consecuencias
de tales fiscalizaciones, será que informes confidenciales se convertirían
en conocimiento general, con los riesgos que ello entraña. Lo más
probable es que la información que se recabe en la empresa “A”
se ofrezca en venta a la “B”; --lo tercero es la clase de
interpretaciones que gente sin experiencia hace de movimientos financieros
normales. Cuando miembros del sector productivo han comparecido en la
Asamblea para defenderse o exponer posturas, se encuentran con que los
ilustres diputados de la extrema izquierda no tienen idea de lo que son
los activos, o las reservas de capital, o lo que se deja para contingencias,
o el papel de los beneficios, o lo que son las amortizaciones. Los grandes
revolucionarios tienden a creer que los activos empresariales son dineros
en contante que las empresas tienen en cajas fuertes o en cuentas bancarias.
Una y otra vez, como sucede con los representantes de los sindicatos en
la autónomas, hay que explicarles a los padres de la patria la
función de hechos elementales. Y encima de todo está el
mayúsculo problema de que los interlocutores, como sucedería
con los alcaldes, creen que el capital y las ganancias son un descarado
y vil robo, lo que se expolia del honesto trabajo de los empleados. Las
empresas estarían metiendo enemigos del sistema y de lo que hacen
los productores, en lo más confidencial que tienen.
Meter a confundidos dentro de casa
En una ocasión el alcalde de Mejicanos se lamentaba de las empresas
existentes en San Salvador, sin pensar en los muchos vecinos de Mejicanos
que trabajan en ellas. Otros ediles ven como enemigos a los inversionistas
que se establecen en sus pueblos y ciudades, considerándolos sanguijuelas
que llegan a chupar la sangre de los hambrientos y desamparados pobladores.
Cuando las empresas se acercan a tramitar asuntos, se les recibe con innumerables
reparos, desgano, con hostilidad muy mal disimulada. De tal actitud la
oposición al TLC: cada fábrica que se inaugura, cada empresa
de éxito, “explota de manera inmisericorde a los salvadoreños”.
Los negocios que encantan a los munícipes de las “Repúblicas
Populares” son los chupaderos, los burdeles, las salas de masaje,
y, por encima de todo, las chiviaderas.

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