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Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Decía
un antiguo profesor que la fórmula para el éxito era noventa
por ciento de transpiración y cinco por ciento de inspiración...
De acuerdo cuando se trata de meter goles, sacar buenas notas, obtener
mejores salarios o mejorar la rentabilidad en las empresas. La poesía,
sin embargo, es otro rollo. La inspiración y el talento del poeta
son los elementos clave del arte poético. Alguien aplicado puede
obtener un doctorado en Letras en la universidad Complutense de Madrid
y ser incapaz, al mismo tiempo, de redactar con un mínimo sentido
de belleza un telegrama, no digamos un verso.
De la rural y humilde aldea de Orihuela, alejado de las aulas, surgió
Miguel Hernández, el poeta pastor, quien nos estremece el alma
con versos como “Tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler,
me duele hasta el aliento”... Tampoco es cuestión de madurez
y temperancia: Arthur Rimbaud, todavía olía a pañales
cuando escribió “Temporada en el infierno”. Dividió
la poesía francesa en antes y después de Rimbaud. Después
se dedicó a embriagarse y fornicar hasta que el alma le quedó
apestando a sexo y coñac.
No es cuestión de moral y religiosidad tampoco. Edgar Allan Poe
escribió “The Raven”, ese extraordinario canto al pesimismo,
entre trago y trago poco antes de morir, totalmente alcoholizado, en las
afueras de una sucia taberna de Maryland, Vir-ginia. Y la casta Santa
Teresa de Jesús, escribió en la soledad de su claustro:
“No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte”.
El denominador común es el talento.
Pedro Palacios, cuyo seudónimo es Almafuerte, exhibe su carácter
profano y su temple de acero, diciendo: “Procede como Dios que nunca
llora o como Lucifer que nunca reza”. Mientras que el frágil
y enamoradizo Manuelito Acuña se voló la tapa de los sesos,
después de escribir su conocido nocturno a Rosario: “Pues
bien, yo necesito decirte que te quiero”. Que importa la temática.
Lo que importa es el talento.
Es esa capacidad de contar, como decía Julio Cortázar, que
a Juan le duele la cabeza, de una manera tan bella, con palabras tan certeras
que el alma queda temblando. Lo de menos es Juan y su jaqueca. Federico
García Lorca, por ejemplo, supo que Antonio Torres Heredia fue
muerto a puñaladas en una riña callejera. Tema para la crónica
roja.
Pero García Lorca refiriéndose al suceso escribió:
“En la lucha daba saltos jabonados de delfín. Tres golpes
de sangre tuvo y se murió de perfil”... ¡Caracoles!
qué imagen. Más adelante en el Romancero gitano y en lo
que pudo haber sido un sórdido pasaje de pornografía vulgar,
la prodigiosa pluma de Lorca, la convierte en un monumento al erotismo:
“Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos la mitad llenos
de lumbre, la mitad llenos de frío. Esa noche corrí el mejor
de los caminos, montado en potra de nácar, sin bridas y sin estribo”.
En América Latina, Pablo Neruda dice que tiene “un jardín
de rosas que no existen” y su compatriota Vicente Huidobro ironiza
con tanto azúcar nerudiana: “¿Por qué cantáis
a la rosa, oh poetas? hacedla florecer en el poema”. La cosa cantada
versus la cosa creada. ¿Cuál propuesta es mejor? Que lo
discutan los diletantes en el bar alternativo. Neruda y Huidobro, como
Lorca me erizan la piel. Y punto.
Vallejo hace que me duelan los huesos: “Amadas sean las orejas Sánchez,
el desconocido y su señora, el que perdió su sombra en un
incendio, el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas”.
Mayacowsky se adelantó decenas de años a Pink Floyd en su
denuncia del totalitarismo hitleriano y estalinista: “La barca de
la vida se estrelló contra los muros”. Después se
pegó un tiro.
Hay poemas de la patria que me erizan la piel: “Se cuentan casos
extraordinarios, de los que el frío flageló siniestro. Con
estos casos se hacen hoy los diarios, quizá mañana se refieran
al nuestro”, de Vicente Rosales y Rosales. De Roque: “El día
en que te mueras te enterraré desnuda, para que limpio sea tu reparto
en la tierra, para poder besarte la piel en los caminos y trenzarte en
cada río tu cabello disperso”. O “Yo no soy Pedro,
Juan, ni Segismundo. Y tú poesía, viento, ni lo haces más
atroz, ni lo remedias”, de David Esco-bar Galindo.
No sé cuál sea la regla, aparte del talento y la inspiración.
Sospecho que es como dice Huidobro: Que el verso sea como una llave que
abra mil puertas. “Una hoja cae, algo pasa volando. Cuanto miren
los ojos creado sea y el alma del oyente quede temblando”.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv
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