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El
Diario de Hoy
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elsalvador.com
En un país donde tener en la propia casa las pertenencias del
secuestrado o esconder un alijo de cocaína “no constituye
prueba”, es verdaderamente grotesco enjuiciar a un periodista por
indicios indirectos, presunciones y alegatos de acusadores. En el caso
del director de EL DIARIO DE HOY contra quien se dictó orden de
captura, un hecho infame en la historia del periodismo de El Salvador,
no hay un documento firmado o una mención del acusador, que se
pueda presentar como “prueba” del delito de calumnia o difamación.
No lo hay porque en las notas editoriales de este Diario no se calumnia,
insulta o difama a nadie.
Pero juicios se montan y se sostienen por años basados únicamente
en lo que alguien “piensa” o “asevera”; basta
que un pájaro de cuenta diga haber sido difamado, calumniado o
insultado, para imponer sobre periodistas y empresas, el costo, el cargo
moral y la amenaza que representan esa clase de perversos juicios.
¿Cuál es uno de los objetivos que persiguen los grupos que
están detrás de esta clase de procesos? El principal es
destruir voces independientes, aniquilar con patrañas de lo más
puercas, a quienes piensan por su cuenta y señalan o critican conductas
y actos perniciosos para una colectividad o la misma República.
Lo que se busca es esconder ante la opinión pública toda
clase de barbaridades. Es esa la razón por la cual no existen periódicos
ni emisoras independientes bajo las dictaduras.
Cada mañana espulgando
Pero hay más y muy grave. Al perseguir al director o al responsable
de un medio por lo que publican o firman otros, se le convierte en censor,
en el encargado de amordazar a sus periodistas y silenciar a los ciudadanos
que quieran expresar algo. De haberse consumado el vil atropello, en el
juicio que nunca tuvo razón de ser, todo director de noticiero
o empresa informativa se vería forzado de allí en adelante,
a examinar cada línea escrita, a revisar todos los noticieros,
a montar un aparato interno de censura para no terminar en la cárcel
y allí, muerto.
La autocensura es por tal causa la más perversa de las imposiciones
sobre el periodismo, pues obliga a los medios a descafeinar sus contenidos
al extremo, a leer letra por letra, a andar advirtiendo a cada redactor
y editor de que no escriban una línea que pueda ofender o suscitar
reacciones malignas. Se dice que hace muchos años un director de
diario iba de escritorio en escritorio en su Redacción, preguntando
si no había en las notas, “algo que fuera a molestar a otros
o que contrariara al gobierno”.
En ninguna de las noticias o editoriales presentados en el juicio como
“pruebas”, hay algo que no sea parte normal del cotidiano
ejercicio del periodismo: dar cuenta de hechos, reflejar críticas,
contar experiencias. Si se escribe sobre el estado ruinoso de buses en
una ruta, o de las fechorías que perpetran “menores infractores”
en una colonia, no se calumnia, sino que se informa. Y se informa de lo
que afecta la seguridad de la gente, de lo mal que anda un servicio, de
las porquerías que se venden como comida, de las sinvergüenzadas
de un grupo de alcaldes. Los temas no se tocan por dañar a nadie,
sino porque en eso consiste el periodismo que sirve a los ciudadanos.

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