| Rafael
Rodríguez Loucel*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La
sociedad salvadoreña está enferma, lo confirman las cotidianas
dimensiones de las tragedias, relatadas una y otra vez hasta el cansancio,
por los medios de comunicación que nos enteran de las noticias
del día. Son el mismo cúmulo de problemas, denunciados y
sometidos al enjuiciamiento popular, una y otra vez, ampulosamente analizados
por los políticos de turno, que aseguran sus prontas soluciones,
de una vez por todas.
Aparecen en las pantallas de los televisores y en las fotografías
de los rotativos importantes, preocupados por asegurarnos el bienestar,
la paz y la tranquilidad de los millones de esperanzados salvadoreños,
sedientos no sólo del agua del Anda sino también de la seguridad
ciudadana, que gozan unos pocos que pueden comprar lujosos carros 4x4,
y pagar los guardaespaldas que los protegen.
Un examen de la situación de hoy en día, apunta a la existencia
de problemas palpables y a la persistencia de dañinas actitudes,
que supuestamente se atribuyen a la gran existencia de “malos”,
empeñados en hacernos la vida a cuadritos, a pesar de la buena
voluntad de las autoridades responsables. Entre ellos, unos y otros se
acusan de ineficiencia, de proteger sus intereses y de estar inmersos
en los más recónditos antros de la corrupción y las
actividades mafiosas.
Hay problemas palpables y otros de actitudes. Entre los primeros figura
el incremento de la violencia y por ende la inseguridad ciudadana. Las
noticias cotidianas de los medios de comunicación que hacen bulto
son la descripción de asesinatos, la época es propicia para
su incremento estacional, la policía es impotente y las maras han
desbordado el control de las autoridades, llegándose a los linderos
de la anarquía como ha acontecido en otros países. El papel
del Estado ha sido vulnerado, hay dos gobiernos, dos tributaciones para
diferentes fondos, dos ciudades, dos gobernantes tal vez y hasta dos países.
A propósito de esto último y según la presentación
del Informe del Desarrollo Humano del PNUD, parece que hemos estado analizando
y planificando un país que no es. El verdadero es de 20.000 kilómetros
cuadrados, de 8 millones de habitantes, con 14+1 departamentos, con una
dependencia exagerada de las remesas familiares y una política
migratoria deliberada. El lector tiene todo el tiempo y libertad de interpretar
esta afirmación.
Volviendo al tema de la violencia, según Vargas Llosa, remembrando
a Ortega y Gasset, expresa que “la masa es también una realidad
nueva en las democracias donde el individuo tiende cada vez a ser absorbido
por conjuntos gregarios a quienes corresponde el protagonismo de la vida
pública, un fenómeno en el que se ve un retorno del primitivismo
y de ciertas formas de barbarie disimuladas bajo el atuendo de la modernidad”.
Todas las anomalías como las antes descritas tienen sus antecedentes.
El conformismo, la apatía, la adaptación a las circunstancias,
el temor al cambio, las dependencias; los defectos ancestrales y/o culturales,
que en gran parte ha impedido el crecimiento individual y de la sociedad
en su conjunto. La sociedad salvadoreña ha fallado en la evolución
de su crecimiento y por lo contrario se ha estancado. No ha podido conformar
o aceptar su propio diagnóstico, del cual partir para avanzar;
la apariencia de pretender ser una ciudad de hierro y cemento se ha convertido
en un avance cosmético focalizado que oculta su verdadera realidad
social del resto del país: de índices de educación,
salud y calidad de vida en general, extremadamente bajos.
La incapacidad de los gobiernos para actuar en un contexto visionario,
de responsabilidad, sin compromisos y ataduras, ha imposibilitado gestiones
que propicien un mejor país a pesar de que este valga la pena.
Aprovechando el espacio y sólo para mencionar otras cosas que quizás
sólo a algunos nos incomodan y nos hastían que se susciten
en un país pobre, está la politiquería, que nos tiene
secuestrados.
*Colaborador de El Diario de Hoy y vicerrector de la Universidad Tecnológica
de El Salvador.
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