|
El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Falta en El Salvador, como lo dice el vicepresidente del Comité
de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, Norberto Liwski,
una ley de protección integral de la niñez, pero más
que leyes lo que se necesita es recuperar la buena conciencia sobre la
protección que nos merecen los niños en general y los propios
en particular. En nuestro país el maltrato a los niños es
una nefasta herencia de viejos tiempos, quizá originada por las
actitudes que tuvieron los indígenas hacia ellos.
El mal tiene su punto de partida en los hogares y la actitud del varón
salvadoreño respecto a sus hijos. El “gran deporte nacional”
ha sido, para la mayoría de hombres, seducir a la mujer, embarazarla
y emprender la fuga. De allí tantos hogares con niños sin
padre, donde el compañero de la madre se considera un personaje
posiblemente transitorio pero además no merecedor de cariño
de parte de los hijastros. O todavía peor, el compañero
de la mujer es el que castiga, es la amenaza permanente, el violador potencial
de las niñas, el que da mal ejemplo. Al final de sus vidas estos
hombres viven sin afecto de nadie, olvidados.
Hasta hoy lo que domina es una especie de círculo vicioso: los
niños son maltratados y al crecer se convierten, en una significativa
parte, en maltratadores de sus hijos o hijastros. Aunque muchas familias
y parejas hayan emigrado en el último par de décadas del
campo a las ciudades, lo que prevalece son los hábitos y tradiciones
de la campiña, vale decir de la parte más primitiva de la
sociedad.
Obviamente, “con la educación, el ejemplo, la vida recatada”
las familias pueden cambiar, pero son cambios no generalizados y siempre
muy restringidos. ¿Es que la solución sería, como
afirma Liwski, que se decretaran leyes? Creemos que eso es al menos parte
de la solución y de acuerdo con las leyes que se contemplen, pues
“leyes” son muchas, inclusive las regulaciones que prohiben
o limitan en gran manera el aprendizaje de los niños y el trabajo
de los adolescentes. Leyes perversas tienen resultados perversos, como
en el caso que señalamos.
Que cada varón cuide a sus hijos
La ley (o conjunto de leyes) que hace falta, es la que obligue al varón
a sostener a sus hijos, imponiendo fuertes sanciones al que no lo haga.
En los tiempos presentes, con las pruebas de DNA un varón no puede
desconocer a sus hijos y, a la inversa, tampoco puede una mujer inescrupulosa
meterle un niño de otro. Eso tiene un efecto inmediato: que los
hombres van a pensarlo antes de embarazar a una mujer, pues la posibilidad
de fuga se termina. Esa clase de legislación tiene un efecto muy
estabilizador sobre la vida de la familia, pues obliga a todos a poner
algo de su parte para que lo inevitable no salga tan mal.
Pero también hay que educar bien a los niños para que aprendan
moral, para que tengan arraigadas nociones sobre el bien y el mal, que
sepan en qué consiste el trato constructivo y civilizado hacia
sus semejantes. Eso implica una mejora en la enseñanza y un reforzamiento
al estudio y las prácticas conducentes a hacer de cada alumno una
persona de bien.

|