| Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
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La
alegría por el nacimiento de Cristo inunda al mundo, y en la misa
de Nochebuena la profecía de Isaías resume el contenido
de la fiesta: “Hoy nos ha nacido el Redentor, el Mesías,
el Señor”.
Las alegres notas de los villancicos nos llenan el corazón de esperanza
y nos animan a asomarnos ante la cueva de Belén: José, asombrado
ante el prodigio que sus ojos contemplan y por la responsabilidad que
le ha sido encomendada de cuidar en la tierra al Hijo de Dios y a su Madre.
María, la siempre Virgen, que tras dar a luz en forma milagrosa
al Mesías, lo envuelve en pañales y le adora, al ponerle
en el pesebre. Y Jesús, que se ha hecho niño por amor a
los hombres y abre sus ojos ante este mundo desde el portal.
Los pastores que llegan con sus humildes dones son una representación
de todos los hombres de buena voluntad que esperamos la paz de Dios. Los
reyes, con sus ricos presentes, postrados de rodillas en adoración
confirman la majestad del recién nacido.
Nosotros, con la distancia de los siglos, pero con la actualidad de lo
trascendente, tambièn estamos expectantes ante ese gran misterio
y conscientes de que es la oportunidad de acercarnos, dejar algún
regalo y pedir algún favor.
No es oportuno pedir bienes temporales, porque ellos llegan por añadidura
y de todos modos, son perecibles y pronto desaparecen.
Es la ocasión de pedir dones espirituales, de los que estamos tan
necesitados, y que al ser compartidos con los demás aumentan de
manera considerable.
Es tiempo de pedir la tan ansiada paz para nuestra Patria, que llegará
cuando exista dentro de cada familia. Para que sea santuario de amor y
comprensión, donde un hombre y una mujer, unidos por el amor, traigan
al mundo unos hijos que crezcan bajo la protección y al abrigo
de sus padres.
Un refugio donde todos se sientan queridos, donde se les enseñe
a crecer en generosidad, en espíritu de servicio, en honradez y
caridad para con sus semejantes.
Pedir respeto por la ley de Dios, para poder así obedecer a las
leyes, que basadas en la justicia, en el derecho y en el bien común,
permitan la convivencia en paz y armonía.
El respeto a la vida desde el momento de la concepción, el respeto
a la inocencia de los niños, tan mancillada por espectáculos
que pretendiendo divertir, son únicamente fuentes de lucro que
están corrompiendo a la niñez.
El sentido de responsabilidad para los adolescentes y jóvenes,
para que estén conscientes de que son arquitectos de su propio
destino, y que el buen uso de su libertad, es lo que les permitirá
tomar, en estos momentos tan difíciles, las decisiones adecuadas.
Las mujeres pedimos las virtudes de la sabiduría, la docilidad
y la paciencia, para poder desempeñar el difícil rol que
nos está encomendado. Sacar adelante a nuestra familia, en hogares
luminosos y alegres, luchando por adquirir esa madurez, tan necesaria
para que las personas bajo nuestro cuidado, la adquieran mediante la práctica
de valores espirituales.
Que nuestras hijas sean esas mujeres fuertes que describe la Escritura
y nuestros hijos encuentren el camino recto, con la práctica de
la fortaleza, la rectitud y el temor de Dios.
Es el momento de recordar, ante el pesebre del Niño Dios, las bellas
estrofas de la Oración a la Bandera: agradecer por los cielos,
por los campos, los ríos, los volcanes y los mares. Por sus fábricas
y talleres, donde se forjan las industrias y surgen las bellezas del arte.
Para que logremos perdonar las injurias, comprender a nuestros hermanos
y recordar, que el que hoy vemos reclinado en el pesebre, es el mismo
Dios que ha querido dar a nuestra patria, el regalo inmenso de su nombre.
Que el Niño Dios derrame sus bendiciones sobre El Salvador.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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