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Recordando
Dulce Navidad cubana

El Papa Juan Pablo II llegó a Cuba una mañana clara del mes de enero del año 1998. Por motivo de su anunciada visita, el gobierno restableció, también por decreto, lo que nunca había desaparecido: La Navidad

Publicada 23 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

Julián A. Blanco Vega
E
l Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Guardo en el arca de mis bellos recuerdos las navidades de mi niñez, en aquella Cuba que fue y que no ha sido. Y cada año desgrano, uno a uno, los más felices. Y regresan aquellos seres queridos que partieron, oigo sus risas y canciones y veo sus rostros alumbrados por la lumbre. Y sus miradas me abrazan y acarician. Y están de nuevo conmigo, compartiendo mi alegría, mi tristeza, mi amor y mi nostalgia.

En mi infancia, la Navidad era la fantasía. Ahora, con tantas navidades sobre mis espaldas y la inocencia perdida, he aprendido que es tiempo de amor, de dar la mano, de olvidar la ofensa, de sonreír al prójimo, de ayudar al desvalido, de dar lo que necesitamos y no lo que nos sobra, de ser niño de nuevo, de admirar la naturaleza, de mirar una flor, de apagar el televisor y hablar con la familia, de darle nombre a una estrella, de escuchar el silencio, de imaginar el ruido de las olas, de decirle a la persona que amas cuánto la quieres, de levantar la mirada, lanzar un beso al infinito y cultivar el amor.

En el año 1969, el gobierno cubano suspendió, por decreto, la Navidad. Se tomó como pretexto la zafra azucarera de 1970, en la que se pretendía producir diez millones de toneladas de azúcar. ¡Una entelequia utópica!, una insensatez con nombre y efecto de enfermedad. El país entero se detuvo. Por orden gubernamental, industrias, fábricas y escuelas permanecieron desiertas. Y millones de cubanos fuimos mandados a los cañaverales.

Ese fin de año, mis compañeros del conservatorio y yo partimos hacia un campamento cañero de nombre bíblico: La Eva. El mismo estaba en medio de la nada. Y como el personaje, su desnudez era total. Nada había en él, sólo caña, caña y más caña.

No teníamos electricidad ni agua, dormíamos en camarotes de saco de yute y la alimentación era muy deficiente. Cuando llegamos, todos fuimos destinados al corte de caña, pero después de los primeros heridos y desmayos, a los más pequeños nos pusieron a hacer otras tareas agrícolas.

Ese 25 de diciembre, de triste memoria, lo pasé en un galpón escogiendo semillas de papa. ¡Qué locura! Hasta hoy no lo entiendo. A quién le hacía falta que un estudiante de música, de 14 años, estuviera realizando tan ingrata tarea.

Durante 28 años, estuvieron ausentes los cánticos y festejos navideños. Éramos el único país del mundo occidental donde la Navidad era otro día más, pero más triste.

Los 31 de diciembre nos reuníamos, como siempre, familiares y amigos. Y al final de la noche, cantábamos un viejo estribillo de una muy conocida canción:

Cuándo volverá
La Noche Buena,
Cuándo volverá
El lechoncito,
Cuándo volverá
La Navidad

Por eso, la música navideña es para mí muy significativa, porque después de un largo silencio la encontré de nuevo. Hoy, al escuchar canciones como Blanca Navidad, comprendo que uno sólo ve claramente a través del corazón. Muchas veces, lo esencial es invisible, por eso hay que mirar con los ojos del alma.

Y así, un buen día, comprendí lo que mi pequeño hijo se estaba perdiendo. Esa mañana entré con él a la catedral de Camagüey. Y frente al primer nacimiento que él veía, y hurgando en mi memoria, le expliqué con palabras sencillas toda la magia del divino misterio, de la estrella del oriente, de los tres reyes magos y sus camellos, de la Virgen María y del nacimiento del Niño Jesús. Cuando terminé, mi hijo me miró a los ojos y me dijo dos palabras: “¡Otra vez!”.

El Papa Juan Pablo II llegó a Cuba una mañana clara del mes de enero del año 1998. Por motivo de su anunciada visita, el gobierno restableció, también por decreto, lo que nunca había desaparecido: La Navidad.

 

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