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Marcela Sánchez*
El
Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
WASHINGTON.- Aunque gritos de que “el cielo se va a caer” no se escucharon a lo largo de la Avenida Pensilvania esta semana, no hay duda de que ese pensamiento cruzó por la mente de algunos en esta capital cuando los resultados de la elección en Bolivia empezaron a llegar. En una victoria sin precedentes y sorpresivamente contundente, la mayoría de los bolivianos votaron por Evo Morales, un candidato cuyas credenciales anti-estadounidenses no tienen igual en Suramérica.
Defensor de los cocaleros en Bolivia, cuyos cultivos han sido el blanco de un programa de erradicación financiado por Estados Unidos por más de una década, Morales se ha convertido casi en un héroe para el pueblo indígena boliviano. Líder del Movimiento al Socialismo, Morales cuenta entre sus más cercanos aliados al cubano Fidel Castro y al venezolano Hugo Chávez.
Durante la campaña presidencial boliviana hace tres años,
Washington desconfiaba tanto de Morales que lo denunció públicamente,
con lo cual logró, involuntariamente, que pasara de cuarto a segundo
lugar en las preferencias electorales. Al cierre de su última campaña
la semana pasada Morales estaba prometiendo que se convertiría
para Washington en “una pesadilla”.
Este indiscutible viraje de Suramérica hacia la izquierda asusta a algunos en Washington. Morales es el sexto líder en la región con una agenda de izquierda después de Hugo Chávez en Venezuela, Ricardo Lagos en Chile, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina y Tabaré Vázquez en Uruguay. Pero ver a Morales estrictamente bajo esa luz trivializa sus logros.
Bolivia está plagada de inequidades políticas y económicas, con una clara línea divisoria entre la minoría blanca descendiente de españoles, aquella con el poder y la riqueza, y una mayoría indígena marginada e indigente. Gobiernos en La Paz, a menudo a instancias de Washington, han adoptado reformas económicas que pretendían ayudar a los pobres pero que terminaron empeorando su situación. Poco a poco, frecuentemente en reacción a las reformas, la población indígena empezó a ganar influencia política.
Hasta ahora Washington ha estado decididamente indiferente ante Morales. La Secretaria de Estado Condoleezza Rice sugirió el lunes que la calidad de las relaciones bilaterales dependerá del buen comportamiento del nuevo líder en La Paz.
Como si estuviera escuchando, Morales buscó clarificar o tal vez calmar a Washington durante una rueda de prensa el martes. Prometió controlar la producción de coca describiendo su política como una política de “cero cocaína, cero narcotráfico, pero no coca cero o cero cocaleros”. Morales agregó que, en principio, está listo a trabajar con Washington en ese tema.
Antes de la elección Morales también buscó aclarar su promesa de campaña de nacionalizar las extensas reservas de gas natural de Bolivia, las segundas más grandes de Suramérica. Morales dijo que busca el control para negociar mejores términos en los contratos bolivianos de gas y petróleo y no para expropiar a las compañías de petróleo extranjeras. Según Joseph Stiglitz, ex economista del Banco Mundial y Premio Nobel, la propuesta de Morales es perfectamente factible.
La reacción de Brasil al triunfo de Morales ha sido, en contraste, mucho más calurosa a pesar de que Petrobras, la compañía estatal energética de Brasil con grandes inversiones en Bolivia, claramente podría perder con los contratos renegociados. Aún así, Brasil ha elogiado a Morales y su intención de mejorar la vida de su gente.
“Queremos preservar nuestros intereses, claro”, le dijo el consejero brasileño de asuntos internacionales Marco Aurelio García al diario O Globo esta semana, “pero lo más importante es velar por la convivencia política y el desarrollo (económico) de Bolivia”.
Tal vez la reacción de Rice es lo mejor que puede esperarse teniendo en cuenta lo que otros funcionarios estadounidenses han pronosticado acerca de Morales. En una reciente conversación un alto funcionario de Bush advirtió que Morales podría ser “Allende al cuadrado”, es decir, el doble de lo que fue la amenaza al hemisferio del líder socialista chileno a comienzos de los 70.
Ese modo de pensar es el mismo que interpreta la elección de Morales no en términos de las circunstancias únicas bolivianas --como una evolución democrática que ha pasado el poder a las mayorías--, sino como un desarrollo que debe ser contenido.
Esa mentalidad se rehúsa a reconocer que el fenómeno izquierdista en Suramérica tiene mucho que ver con una frustración hacia las políticas económicas impulsadas por Washington por dos décadas, y menos que ver con la conspiración Chávez-Castro.
Nadie espera que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina mejoren en forma significativa en el próximo año.
La esperanza sin embargo es que las relaciones no empeoren con una continua mala lectura por parte de Washington de la evolución en Bolivia.
*Columnista del Washington Post.
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