| Marvin
Galeas*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
No
me refiero a los que viven en la pobreza extrema. A aquellos cuyas casitas
de lámina, plástico y cartón se las lleva la correntada
en cada invierno. Los que comen salteado y mueren de enfermedades curables,
porque no tienen como. No es de ellos, que viven en la miseria, de los
que quiero hablar, sino de los miserables causantes entre otros, de esa
desgracia.
Y es que hay una costra de sujetos que viven, y muy bien por cierto, de
la abundancia de pobres. Son los que se presentan como amigos de “los
menos favorecidos”. Son especialistas en redactar proyectos llenos
de palabras como “vulnerabilidad” y “marginalidad”;
los cuales presentan a los cooperantes, casi siempre europeos, quienes
sueltan la plata para financiar tales proyectos.
El miserable (y su ONG), entonces, pasa a convertirse en la contraparte
que recibe el dinero. Monta oficina en alguna elegante zona de la capital,
contrata a sus amigos: sociólogos, pobrólogos y todológos
y comienza la fiesta: los salarios europeos, la camioneta full extras
para ir a supervisar el proyecto, el dinerito que hay que entregarle al
partido, y la tertulia en el bar alternativo en torno a la cerveza importada.
Y así hasta el próximo proyecto.
¿Y los pobres? Bien gracias. Bueno no tan bien porque resulta que
del proyecto en realidad no les quedó mayor cosa, excepto mayor
conciencia social, organización para la lucha, sensibilidad ante
los problemas, afiliación al partido. Sus condiciones de vida no
cambiaron en absoluto, pero tienen la promesa de que un día gracias
a la lucha vendrá el paraíso. El que sí se forró
de plata, sin esperar el paraíso, fue el miserable que ha montado
el negocio a costa de las penurias del pueblo.
En realidad estos sujetos no quieren que la gente pobre deje de ser pobre,
porque entonces se les acaba el negocio. Por ello alientan a la gente,
manipulándola de la manera más burda y descarada, a que
se opongan a todo lo que pueda significar oportunidades de desarrollo.
El tema de la protección al medio ambiente es el argumento ideal
para azuzar el boicot contra la construcción de carreteras, centros
comerciales, proyectos de desarrollo turístico, mineros, hoteleros,
cualquier cosa que pueda implicar empleo y oportunidades para los pobres.
Y claro, cómo no se va asustar la gente si les dicen que les van
a envenenar los ríos, se les van a morir las gallinas y sus hijos
van a nacer enfermos si permiten que llegue el desarrollo. Y que además
las transnacionales y los ricos locales se harán cada vez más
ricos y ellos cada vez más pobres. Ciertamente el desarrollo implica
contaminación ambiental en mayor o menor escala. Manejar un automóvil,
cocinar, usar aerosoles, producir cualquier cosa son actividades que contaminan.
Por eso en la mayoría de países desarrollados existen estrictas
normas ambientales, que han logrado establecer un equilibrio entre las
necesidades de desarrollo y el cuido de la naturaleza. Lo que no dicen
los miserables es que la pobreza es la mayor causa de contaminación.
Son los países pobres como Haití y Etiopía los más
depredados. No son ni Holanda ni Francia. Hay más contaminación
en el aire en San Salvador que en París o Nueva York.
El otro gran argumento, el de los “tiburones transnacionales”
y “los voraces ricos locales”, es todavía más
pernicioso. En los años setenta se instaló en el país
Texas Instru-ments, una compañía dedicada a fabricar calculadoras
y otros aparatos electrónicos. La campaña contra esta empresa
fue brutal. Como resultado la empresa cerró y más de 1,700
empleados quedaron sin trabajo. Además el país perdió
la oportunidad de convertirse en líder regional en esa categoría
y todo lo que ello hubiese implicado en materia de empleos y desarrollo.
“Qué fácil es ser rico en un país de pobres”,
se lamentaba hace poco un periodista, de esos que les hierve el hígado
cuando escriben. En la frase hay mucho sentimiento y pocas luces. En un
país de pobres, como Haití, sigo con el ejemplo, muy pocos
compran en tiendas como Nine West o van a comer a Pizza Hut o se compran
automóviles cada cinco años. El “voraz” rico
necesita que haya menos pobres en el país donde hizo la inversión
para poder vender sus productos y servicios.
Ojalá vinieran más ricos a invertir en proyectos de desarrollo,
sobre todo en las zonas más pobres del país, para generar
más empleo y oportunidades. La única forma de reducir la
pobreza es mayor inversión en plantas y equipos, mayor inversión
en educación de nuestra gente y atraer múltiples inversiones.
Así millares saldrán de la pobreza. Los que se quedarían
sin empleo son los miserables que viven, con lujos, de la abundancia de
pobres.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv
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