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Los miserables

Ojalá vinieran más ricos a invertir en proyectos de desarrollo, sobre todo en las zonas más pobres del país, para generar más empleo y oportunidades. La única forma de reducir la pobreza es con mayor inversión

Publicada 22 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
E
l Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

No me refiero a los que viven en la pobreza extrema. A aquellos cuyas casitas de lámina, plástico y cartón se las lleva la correntada en cada invierno. Los que comen salteado y mueren de enfermedades curables, porque no tienen como. No es de ellos, que viven en la miseria, de los que quiero hablar, sino de los miserables causantes entre otros, de esa desgracia.

Y es que hay una costra de sujetos que viven, y muy bien por cierto, de la abundancia de pobres. Son los que se presentan como amigos de “los menos favorecidos”. Son especialistas en redactar proyectos llenos de palabras como “vulnerabilidad” y “marginalidad”; los cuales presentan a los cooperantes, casi siempre europeos, quienes sueltan la plata para financiar tales proyectos.

El miserable (y su ONG), entonces, pasa a convertirse en la contraparte que recibe el dinero. Monta oficina en alguna elegante zona de la capital, contrata a sus amigos: sociólogos, pobrólogos y todológos y comienza la fiesta: los salarios europeos, la camioneta full extras para ir a supervisar el proyecto, el dinerito que hay que entregarle al partido, y la tertulia en el bar alternativo en torno a la cerveza importada. Y así hasta el próximo proyecto.

¿Y los pobres? Bien gracias. Bueno no tan bien porque resulta que del proyecto en realidad no les quedó mayor cosa, excepto mayor conciencia social, organización para la lucha, sensibilidad ante los problemas, afiliación al partido. Sus condiciones de vida no cambiaron en absoluto, pero tienen la promesa de que un día gracias a la lucha vendrá el paraíso. El que sí se forró de plata, sin esperar el paraíso, fue el miserable que ha montado el negocio a costa de las penurias del pueblo.

En realidad estos sujetos no quieren que la gente pobre deje de ser pobre, porque entonces se les acaba el negocio. Por ello alientan a la gente, manipulándola de la manera más burda y descarada, a que se opongan a todo lo que pueda significar oportunidades de desarrollo. El tema de la protección al medio ambiente es el argumento ideal para azuzar el boicot contra la construcción de carreteras, centros comerciales, proyectos de desarrollo turístico, mineros, hoteleros, cualquier cosa que pueda implicar empleo y oportunidades para los pobres.

Y claro, cómo no se va asustar la gente si les dicen que les van a envenenar los ríos, se les van a morir las gallinas y sus hijos van a nacer enfermos si permiten que llegue el desarrollo. Y que además las transnacionales y los ricos locales se harán cada vez más ricos y ellos cada vez más pobres. Ciertamente el desarrollo implica contaminación ambiental en mayor o menor escala. Manejar un automóvil, cocinar, usar aerosoles, producir cualquier cosa son actividades que contaminan.

Por eso en la mayoría de países desarrollados existen estrictas normas ambientales, que han logrado establecer un equilibrio entre las necesidades de desarrollo y el cuido de la naturaleza. Lo que no dicen los miserables es que la pobreza es la mayor causa de contaminación. Son los países pobres como Haití y Etiopía los más depredados. No son ni Holanda ni Francia. Hay más contaminación en el aire en San Salvador que en París o Nueva York.

El otro gran argumento, el de los “tiburones transnacionales” y “los voraces ricos locales”, es todavía más pernicioso. En los años setenta se instaló en el país Texas Instru-ments, una compañía dedicada a fabricar calculadoras y otros aparatos electrónicos. La campaña contra esta empresa fue brutal. Como resultado la empresa cerró y más de 1,700 empleados quedaron sin trabajo. Además el país perdió la oportunidad de convertirse en líder regional en esa categoría y todo lo que ello hubiese implicado en materia de empleos y desarrollo.

“Qué fácil es ser rico en un país de pobres”, se lamentaba hace poco un periodista, de esos que les hierve el hígado cuando escriben. En la frase hay mucho sentimiento y pocas luces. En un país de pobres, como Haití, sigo con el ejemplo, muy pocos compran en tiendas como Nine West o van a comer a Pizza Hut o se compran automóviles cada cinco años. El “voraz” rico necesita que haya menos pobres en el país donde hizo la inversión para poder vender sus productos y servicios.

Ojalá vinieran más ricos a invertir en proyectos de desarrollo, sobre todo en las zonas más pobres del país, para generar más empleo y oportunidades. La única forma de reducir la pobreza es mayor inversión en plantas y equipos, mayor inversión en educación de nuestra gente y atraer múltiples inversiones. Así millares saldrán de la pobreza. Los que se quedarían sin empleo son los miserables que viven, con lujos, de la abundancia de pobres.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

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