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El
Diario de Hoy
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Por primera vez en muchos años hemos tenido un crecimiento importante
en agricultura, lo que se atribuye a aumentos en exportaciones no tradicionales,
a la reactivación del cultivo de algodón y a mejores precios
internacionales para café y azúcar. La agricultura, señala
el ministro Mario Salaverría, generó casi mil millones de
dólares, lo que unido a los rendimientos de la agroindustria duplica
la cifra a dos mil millones. Esto sucede pese a la inseguridad física
y a la falta de mano de obra.
La gran ironía es que se tengan que importar trabajadores de Honduras
y Nicaragua para levantar las cosechas, como antes braceros y mano de
obra calificada salvadoreña contribuía al desarrollo agrícola
en esos países.
Pese a lo que hemos crecido todavía no se logran los niveles de
producción que tuvo el país antes de la reforma agraria
y la agresión comunista. Hasta entonces El Salvador fue un modelo
para el resto de Centro-América gracias a la eficiencia con que
se trabajaban las propiedades, al uso de tecnología punta, al dinamismo
empresarial y a la permanente reinversión de beneficios en mejorar
la infraestructura.
El país se mantiene bajo el negativo peso de las demenciales reformas
duartistas, principalmente en lo que toca a los límites de los
tamaños de las propiedades y el que las mejores tierras continúen
en manos de “cooperativas” incapaces de hacerlas producir.
No sólo incapaces, sino que todas están en quiebra, en una
trágica bancarrota de iniciativa, bancarrota financiera, bancarrota
en tecnología, bancarrota de ideas, bancarrota de aliento y empuje.
Seguimos bajo el grotesco esquema impuesto por la locura en marzo de 1980.
En aquel entonces, como siguen pensando algunos al día de hoy,
se creyó que el factor esencial para producir riqueza era la tierra;
siendo así, la forma de mejorar el nivel de vida “de los
campesinos” pasaba por hacerlos dueños de las tierras que
trabajan.
Buenas leyes generan fertilidad
Pero la tierra apenas aporta aproximadamente un quince por ciento del
conjunto de factores que conducen a la producción final. La mayor
parte es trabajo y a eso se agrega la inversión, tecnología,
mercadeo, administración y, lo menos pero lo más, el instinto
y la experiencia del agricultor.
De igual manera como los músicos, los instrumentos y el escenario
no son capaces de hacer buena música sin un director calificado.
Al faltarle a la agricultura los verdaderos agricultores, el conjunto
apenas trasciende la etapa de la supervivencia, donde “coyol quebrado
coyol comido”, sin dejar coyoles para crear y aumentar riqueza.
La evidencia más contundente al respecto es el triste estado de
las grandes haciendas del pasado, ahora en poder de quienes las tienen
transformadas en potreros muertos. Usulután, entre otros, es el
departamento de las vitrinas tristes, de las tierras abandonadas, del
desastre que dejó el loco al país.
La agricultura es, sobre todo en un país como el nuestro, la médula
de la economía y la más sólida base para el desarrollo.
De allí lo buenas que son las buenas noticias que nos da el ministro,
y la necesidad de ir poniendo orden en el sector, lo que pasa por una
eventual derogación de las limitaciones “a la tenencia”.
De buenas leyes es que se deriva la fertilidad de la tierra.

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