| Roberto
López-Geissmann*
El Diario
de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Para
la raza humana es difícil lograr una justa, pacífica y feliz
convivencia. Somos cerriles. Duros de corazón y a menudo de entendederas.
Reacios a obedecer. Vemos cuesta arriba a las virtudes y nos deslizamos
cual feliz tobogán por la pendiente de los vicios. Al relativizarse
la moral y cambiar la religión en algo cada vez más superficial,
social y puramente sentimental, la confusión se ha sumado a nuestra
naturaleza caída, aumentando la soberbia y el egoísmo.
Nuestras críticas mordaces dan razón a Nietszche cuando
afirmaba que ver demasiado al abismo hace caer en él, y esta amargura
disfrazada de viveza práctica llega hasta hacernos sentir que la
época navideña es una auténtica lata; a afirmar sin
vergüenza que “la Navidad me entristece” y que la mejor
parte de ella es cuando se acaba. Algunos hasta huyen físicamente.
Otros se enferman.
No a todos les pasa, pero por desgracia es numeroso el colectivo que así
siente. Unos tal cual describí, la mayoría mucho menos;
a otros les ocurre sólo algunos años y casi todos lo hemos
sentido alguna vez. Es explicable, es comprensible, pero no es bueno.
Analicemos un poco, dejando por fuera los casos objetivos y personales
que pudieran justificar una tristeza eventual, y los aún más
tristes que apuntan hacia una situación más o menos permanente.
Aparte de esos...
Existe la tristeza por sentir un exceso de compromisos económicos.
Esto es una realidad, pero una realidad perfectamente cambiable, controlable
y manejable. Sí, ¿cómo no? Venga a convencer a mi
esposa (o) a ver si es cierto, protestarán algunos y, aunque no
carecen de cierta razón lo aconsejable es sentarse con la mayor
serenidad posible, con lápiz, papel y calculadora, para sostener
una discusión racional sobre el manejo de gastos, hecho lo cual
el problema se minimiza. Eso es como atrapar pajaritos echándoles
sal en la cola, me dirá un recalcitrante, a lo que no hay más
respuesta que insistir en la posible cura y, sin ironía alguna,
rezarle al Niño Dios.
Parecido pero distinto es el estrés que provoca el ajetreo de preparaciones,
fiestas, reuniones y comilonas que se dan durante los “días
más alegres del año”. El comentario curativo es casi
idéntico al anterior, con dos variantes: tiene mucho menos que
ver en esto el cónyuge y los hijos, por lo que equilibrar ese exceso
de vueltas y compromisos queda más en la voluntad, capacidad de
organización y valor de rechazo que el afectado pueda aportar;
por otro lado, en este caso se puede observar con mayor claridad cómo
la banalización de tan excelsa fecha ha realizado la sociedad.
Pero la causa (poco conciente por demás) más profunda y
delicada de entristecerse en Navidad es el agobio del espíritu.
¿Por qué? Porque nos contacta con una de nuestras mejores
áreas, la de la bondad ingenua, generosa y esperanzada de nuestra
infancia; nos recuerde aquella visión de un desarrollo personal
y colectivo lleno de logros superiores, con un predominio de dulces deberes
y recompensas agradables... y, todo ello, mueve a decepción, desencanto
y amargas desilusiones. Se siente la tristeza como reflejo de la supuesta
obligación de estar alegre. Eso nos disgusta y conmueve. Tiende
a desensibilizarnos, a reír con la ironía triste de un decepcionado.
Nos patentiza la injusticia del mundo, nos trae el insobornable sentimiento
de añorar nuestra perdida inocencia.
La fórmula para remontar positivamente estos sentimientos es apreciar
aquel recuerdo valioso y reproducir lo mejor de aquellos sentimientos,
pasándolos por una reflexión madura en que se incluya lo
hecho y lo porvenir. Recordar el significado profundo y espiritual del
amor, que es Dios y que el mensaje del nacimiento de la caridad en el
mundo no debe convertirse en una debilidad sino en la mayor fuerza de
acción entre los hombres y por ello y por Él... ¡Gozar
bien esta Navidad!
*Lic. en Ciencias Políticas.
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