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Economía para todos
Ronaldinho, Nike..., y publicidad
Es más fácil, y menos incierto,
tratar de satisfacer necesidades ya detectadas por otros. Claro, tratando
de hacerlo de mejor forma, a menor precio, o agregando algún nuevo
elemento valorado por los clientes
Publicada 20 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy
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| Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Desde
que abrimos los ojos por la mañana estamos expuestos a distintos
tipos de publicidad: radial, televisiva o escrita, por medio de la cual
los anunciantes nos tratan de convencer de las bondades de sus productos.
El cine es también un ámbito adecuado para el desarrollo
de la publicidad, ya que nunca un productor se olvidó de poner
el vaso de Coca Cola (o de Pepsi, dependiendo quién pagara más…)
en la mano de Stallone.
En mayor o menor escala, y a través de diversos medios de comunicación,
las empresas hacen publicidad de los productos que venden, lo cual puede
hacer surgir la pregunta:
¿”No estarán tratando de manipular nuestra voluntad
de consumidores”?
La pregunta no es nueva, tal como puede verificarse al buscar definiciones
y comentarios sobre la palabra “advertising” en la versión
online de la revista The Economist, en la cual pueden leerse al menos
dos posiciones sobre el tema.
La primera opinión es que “la publicidad es valiosa porque
incrementa el flujo de información que reciben los consumidores”.
Sin dudas es valiosa, y por ello existe, aunque el argumento de la “información”
es incompleto, y no convence a nadie…, porque si fuera sólo
para hacernos conocer los nuevos diseños de moda, Nike podría
contratarnos a usted o a mí (que cobraríamos mucho menos
que Ronaldinho…), ¿no?
La otra opinión es la de quienes dicen que “la publicidad
simplemente manipula los gustos del consumidor”, creándole
deseos de compra que de otra forma no existirían. Suena a ideólogo
radicalizado…, pero entre quienes pregonan esa idea hay economistas
reconocidos.
Uno de ellos es John Kenneth Galbraith, un canadiense radicado en Estados
Unidos, hoy casi centenario, que fue asesor económico de Kennedy
y cuya fama se incrementó en 1958, cuando publicó un libro
llamado “The Affluent Society”, algo así como “La
sociedad opulenta”.
En dicho libro Galbraith plantea que, dejando de lado las compras que
hacemos para satisfacer “necesidades naturales”, tales como
vestimenta y alimentación, todos los demás deseos de compras
que experimentamos son simplemente “necesidades artificiales”,
generadas en los maquiavélicos departamentos de publicidad de las
empresas (¡horror!,¿estaremos condenados?…).
Su argumentación se basa en que la publicidad “condiciona”
las decisiones y la voluntad de los consumidores, en un sentido fatalista
e imposible de evitar. ¿Será que siempre fue así
y nunca nos dimos cuenta?
En este punto es importante distinguir entre “persuasión”
y “condicionamiento”, ya que sin dudas la publicidad intenta
persuadir a la potencial clientela de un producto acerca de los beneficios,
reales o psicológicos, que le traerá consumirlo: “Use
tacos Nike, y juegue como Ronal-dinho”, o “aféitese
con Gillette, y luzca como Beckham”.
Una primera debilidad importante del argumento de Galbraith es que olvida
que los consumidores tenemos una cantidad limitada de dinero disponible
para gastar, y por lo tanto lo que en verdad ocurre es que todos los vendedores
(de tacos, de afeitadoras, y de lo que se le ocurra) se pelean por los
mismos billetes.
El segundo problema del argumento es que no proporciona ninguna pista
acerca de cuál es la frontera específica que separa a las
necesidades “naturales” de las “artificiales”.
Y obviamente no lo hace porque… ¡tal hipotética frontera
no existe! Y si existiera, variaría de manera permanente, según
evoluciona la sociedad.
En tercer lugar, finalmente, en un mercado libre nadie tiene el poder
de obligarnos a consumir tal o cual producto (a diferencia de lo que ocurre
en mercados controlados, o subsidiados…, ¡ooops!).
Es más fácil, y menos incierto, tratar de satisfacer necesidades
ya detectadas por otros. Claro, tratando de hacerlo de mejor forma, a
menor precio, o agregando algún nuevo elemento valorado por los
clientes.
En síntesis, si no podemos jugar como el fabuloso y simpático
brasileño, al menos no luzcamos tan feos como él…
(albiceleste preocupado por el talento verdeamarelo, ¿se nota?).
Claro que tampoco sería muy recomendable tatuarse y raparse la
cabeza, como hace el inglés: al común de los mortales hacer
eso no nos llevaría al Bernabeu, sino a Mariona…
¿Galbraith? Debe creer que estamos en el cielo, donde sólo
hay ángeles y no seres humanos que tratamos de maximizar las ventas.
Pero para hablarnos de “Heaven” hay otro canadiense que lo
hace mucho mejor. ¿Quién? Brian Adams.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía
(ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com
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