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Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Cada año, al aproximarse el máximo acontecimiento de la historia, la venida de Jesús al mundo, motivada siempre a demostrar que, tarde o temprano, todos necesitaremos de Dios en algún momento y tratando de mover corazones escépticos y fríos, relato historias como ésta, sucedida en Massachusetts.
Tess Wilder, una pequeña de cinco años, una mañana fría de invierno, tomó su alcancía y sacó las monedas que tenía, contándolas con cuidado. Poniéndolas de nuevo en la alcancía salió por la puerta trasera de su casa, para no ser vista por su mamá, caminando hasta la Farmacia Rexall, que quedaba a dos cuadras.
Esperó con paciencia a que el farmacéutico la atendiera, pero él se veía muy ocupado hablando animadamente con un elegante señor de traje oscuro y corbata. Tess taconeó sus zapatos para llamar la atención, pero nada. Tosió repetidamente haciendo fuertes sonidos guturales, pero tampoco obtuvo atención.
Finalmente sacó una moneda de las que llevaba y tocó con ésta el cristal del mostrador y eso funcionó. El farmacéutico se volvió y en tono molesto preguntó a Tess: “¿Y tú qué quieres?”, y continuó diciendo, sin esperar respuesta: “Estoy hablando con mi hermano que vive en Chicago y no he visto en años”.
Ella espetó en el mismo tono molesto del farmacéutico: “Bueno, yo también quiero hablarte de mi hermano”. Él está muy, muy, enfermo, y yo quiero comprarle un milagro”. El farmacéutico creyendo no haber oído bien replicó: “¿Perdón?”. Tess continuó: “Su nombre es Andrew, y algo muy malo le ha nacido dentro de su cabeza y mi papi dice que sólo un milagro puede salvarlo. Así que dígame ¿cuánto vale un milagro?”.
“Aquí no vendemos milagros pequeña, lo siento mucho pero no puedo ayudarte”, replicó el farmacéutico ablandándose.
“Óigame, creo que aquí traigo dinero suficiente para pagar por el milagro, pero si no alcanza yo conseguiré el resto, sólo dígame cuánto es”, dijo Tess.
El elegante hermano del farmacéutico, que escuchaba la conversación, inclinándose sobre el mostrador le preguntó a la pequeña: “¿Y qué clase de milagro necesita tu hermano?”
“Yo no lo sé”, respondió, “pero mi mamá dice que necesita una operación y que mi papá no puede pagar por ella, así que yo decidí usar mi dinero”.
“¿Y cuánto dinero tienes?”, preguntó el hombre de Chicago. “Un dólar y once centavos”, respondió Tess casi inaudiblemente, “es todo el dinero que tengo, pero podría conseguir más, si necesito”.
“Bueno, qué coincidencia”, sonrió el hombre, “eso es exactamente el precio de un milagro para hermanitos”.
Tomó el dinero en una mano y con la otra sujetó la mano enguantada de la niña, pidiéndole que lo condujera a conocer a sus papás y su hermanito.
Este elegante hombre era el famoso médico especializado en neurocirugía,
Carlton Armstrong, de Chicago, lugar donde operó con éxito
a Andrew, libre de todo cargo.
Al regresar Andrew sanado a su hogar, papá y mamá, complacidos con los eventos sucedidos, charlaban felices.
“Esa cirugía”, decía la mamá, “fue un verdadero milagro, ¿quién realmente pudiera saber cuánto podría habernos costado?”.
Tess, sonrió. Ella sabía exactamente cuánto cuesta un milagro... un dólar y once centavos... más la fe de una pequeña niña.
En nuestras vidas no sabemos cuántos milagros necesitaremos.
En esta historia, el famoso Dr. Armstrong fue instrumento de Dios para la ejecución del milagro para Tess, demostrando que, según cada posibilidad, todos podemos ser instrumentos, ayudando a los más necesitados: Quien nada en la abundancia, al colaborar espléndidamente y no con sobrantes, en la construcción de las millares de casas necesarias para los damnificados azotados por natura; en la teletón, y otras grandes obras.
El alto funcionario estatal, cuyo sueldo actual supera ampliamente sus anteriores ganancias como empresario o profesional, ofrendando la diferencia para programas de mejoras al pueblo.
El profesional al donar su tiempo y conocimientos para el necesitado. El ama de casa al proporcionar alimentos, ropa, o una deliciosa comida completa en Navidad a asilos de ancianos, de niños, hospitales. El niño que tiene exceso de juguetes, regalándole al que no tiene, despojándose de algunos. Observemos a nuestro alrededor y demos gracias por todo lo que el Señor nos ha permitido tener en esta transitoria vida.
Compartiendo así, es como realmente se logran los milagros que llevan fe y felicidad, agradando a Dios en su festividad.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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