Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Desde que aparecieron los anuncios en los periódicos, el espectáculo
prometía ser bueno. El fin de la temporada 2005 de la Orquesta
Sinfónica Juvenil, ofrecería durante tres días un
programa de Navidad, en que además participaría la Banda
de Música de la Escuela Militar Gerardo Barrios, la Banda de Música
Militar de la Fuerza Aérea Salvadoreña y los coros del Cenar
y ProArte. Sin embargo, asistir requería una cierta dosis de esfuerzo,
ya que en esta época, todo es carreras, compromisos y mucho trabajo
por la cercanía de la Navidad y del fin de año.
El segundo día el Teatro Presidente lucía casi lleno, contando
siempre con los numerosos familiares de los músicos ejecutantes
y mucha expectativo sobre el desarrollo de un programa tan singular. La
primera parte del programa fue cubierta por dos romanzas de Beethoven,
en que se lució como solista el joven Cristian Blanco y la Sinfonía
Pastoral.
La segunda parte correspondía al programa navideño. Sorpresivo
y espectacular el abrirse el telón y presentar un gigantesco árbol
de Navidad, juegos de luces con los tradicionales verde y rojo y derroche
de guirnaldas iluminadas que hacían del escenario un mundo de fantasía.
Y con este marco, dio inicio un espectáculo de una calidad artística
y creativa, como pocas veces hemos visto en nuestro país. La labor
del director titular de la Sinfónica Juvenil, maestro Martín
Jorge, es verdaderamente titánica, ya que esta presentación
es producto de muchísimas horas de sacrificio para coordinar los
ensayos de tantos miembros y obtener al final un resultado excelente.
Los villancicos tradicionales ejecutados por la orquesta y los coros tuvieron
especiales características: la solemnidad del “O Tannenbaum”,
la alegría campanera del “Jingle Bells” y la ternura
de “Noche de Paz”, a cuyos acordes ingresaron los integrantes
del nacimiento viviente de la Parroquia Cristo Redentor.
Silenciosamente, casi inadvertidos entraron desde el fondo de la sala,
José y María llevando al Niño Jesús, acompañados
de reyes y pastores portando cada uno una linterna. Al subir al escenario,
completaron el retablo viviente de una tarjeta navideña, al postrarse
de rodillas a adorar al Mesías.
Las sorpresas de la noche continuaron con el ingreso marcial de las dos
bandas militares, que acompañarían el Adeste Fideles, en
una combinación resonante y llena de contenido espiritual. Eran
tantos los músicos que no cabían en el escenario, pero la
ejecución del tradicional villancico llenó de emoción
el corazón de todos los presentes.
El teatro verdaderamente vibraba con la música. Y ante la merecida
ovación del público puesto de pie, nos regalaron como gran
final, parte de la Overtura 1812 de Tchaikovski, donde el lujo de los
instrumentos de viento recordó el sonido de las campanas de Moscú,
los cañones del ejército francés y los marciales
acordes de la Marsellesa, en la célebre batalla que perdiera Bonaparte.
Los salvadoreños debemos estar agradecidos con el profesor Martín
Jorge, que durante estos años ha dedicado grandes esfuerzos dirigiendo
la Orquesta Sinfónica Juvenil. Increíble labor del Director
de Arte, don Alejo Campos, ya que la maravilla que disfrutamos esa noche,
apenas deja entrever el sacrificio largo y escondido de los meses de preparación.
Y por supuesto, felicitar de todo corazón a los integrantes de
la orquesta, de las bandas y de los coros por su capacidad de derrochar
arte y llevar luz, esperanza e ilusión a los que tuvimos la suerte
de escucharles.
Lástima los que no aceptaron la invitación y la pospusieron
a compromisos sociales, fiestas y otras ocupaciones en que no interviene
el espíritu. Cuántas veces se oye decir que en el país
no hay nada qué hacer y que las noticias que los medios de comunicación
nos traen son espeluznantes.
La Navidad Sinfónica que se ofreciera en el Teatro Presidente,
fue un antídoto que constituyó una magnífica preparación
durante este tiempo de Adviento para disponer nuestro espíritu
para la llegada del Niño Dios.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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