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La ronda del desarrollo

Muchas de las cuestiones que ha abordado nunca deberían haber figurado en el programa de una auténtica ronda del desarrollo y han faltado en él muchas que eran necesarias

Publicada 17 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

Joseph E. Stiglitz*
E
l Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Sean cuales fueren las medidas que se adopten para salvar la cara, la reunión que se celebrará en Hong Kong a mediados de diciembre, para concluir la actual Ronda del Desarrollo de las negociaciones comerciales mundiales, fracasará casi con toda seguridad en la única prueba que importa: la de si semejante acuerdo fomentará el desarrollo de los países más pobres.

Los cínicos dirán que, como ocurrió en los acuerdos comerciales anteriores, los países avanzados se proponían ofrecer sólo lo mínimo en materia de concesiones y al tiempo causar el máximo de “impresión” para ganarse a los países en desarrollo.

Lo que ha sucedido desde el comienzo de la Ronda del Desarrollo en Doha en noviembre de 2001, ha sido una enorme decepción para mí. Como economista jefe del Banco Mundial, examiné la Ronda del Uruguay de 1994 y concluí que tanto su programa como sus resultados discriminaban a los países en desarrollo.

En marzo de 1999, acudí a la sede de la Organización Mundial del Comercio en Ginebra, para pedir una ronda del desarrollo con la que remediar esos desequilibrios. Por un tiempo, pensé que mi llamamiento había sido escuchado.

Hace dos años, el Commonwealth, un grupo heterogéneo de países del Norte y del Sur, la mayoría de ellos ex colonias británicas, me pidió que preparara un estudio sobre cómo sería una auténtica ronda del desarrollo. Este mes, la Oxford University Press publica una versión ampliada de ese informe, titulada: Comercio justo para todos. Así puede el comercio fomentar el desarrollo.

Tal como fue concebida y más aún como se ha desarrollado, la Ronda del Desarrollo actual no merece ese nombre. Muchas de las cuestiones que ha abordado nunca deberían haber figurado en el programa de una auténtica ronda del desarrollo y han faltado en él muchas que eran necesarias.

La agricultura no es la única --ni la más importante siquiera-- cuestión comercial, aunque se entiende por qué ha llegado a ser fundamental. Cuando se inició la Ronda del Uruguay, hubo un gran acuerdo para ampliar el programa e incluir los servicios y los derechos de propiedad intelectual, cuestiones que constituían motivos de particular interés para los países desarrollados.

A cambio, los países desarrollados iban a hacer importantes concesiones en materia de agricultura --el medio de subsistencia de la mayoría de la población de los países en desarrollo-- y de contingentes textiles, único sector comercial (junto con el del azúcar) en el que persisten restricciones cuantitativas.

Al final, los países desarrollados obtuvieron lo que querían y a los países en desarrollo se les dijo que debían tener paciencia: en su momento los países desarrollados cumplirían su parte en el acuerdo.

En el preciso momento en que los países ricos instaban a los países en desarrollo a hacer rápidos ajustes, afirmaban que ellos mismos necesitaban un decenio para hacer la transición a un régimen textil sin contingentes. En realidad, estaban ganando tiempo; no hicieron nada en ese decenio y, cuando por fin se acabaron los contingentes el pasado mes de enero, alegaron que aún no estaban preparados y, por tanto, negociaron con China una prórroga de tres años.

Lo sucedido en la agricultura ha sido peor aún. Mientras que se había acordado que los países ricos reducirían sus enormes subvenciones y restricciones, los Estados Unidos casi duplicaron sus subvenciones, pero, como cualquier negociador experto, los EE.UU. afirmaron que en el peor de los casos habían violado el espíritu, no la letra, del acuerdo.

Desde luego, los EE.UU. habían incluido en letra pequeña la creación de una categoría de subvenciones agrícolas permitidas --las que no distorsionaban el comercio-- y todos sus aumentos eran de ese tipo, pero, evidentemente, los Estados Unidos consideraban que casi nada de lo que hacían distorsionaba el comercio. (En cambio, todo lo que hacía Europa sí que lo distorsionaba. De hecho, uno de los grandes éxitos de los Estados Unidos en materia de comercio durante el último decenio fue el de presentar a Europa como la culpable).

Así, los países en desarrollo se encuentran ante una difícil disyuntiva: ¿les resultará más beneficioso aceptar las migajas que se les ofrecen? De hecho, eso puede resultar más difícil en la actualidad que en el pasado: cuando tantos países en desarrollo están pasando a ser radiantes democracias, los electorados pueden castigar a los gobiernos que acepten lo que, según una opinión generalizada, es otro acuerdo comercial injusto.

Desde luego, el gran logro de la Ronda del Uruguay fue la creación de un imperio básico de la ley en el comercio internacional.

Copyright: Project Syndicate *Premio Nobel de Economía en 2001.

 

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