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Tema para meditar
Mandamiento de la alegría

Los salvadoreños, aunque en menor medida, también hemos tenido un año difícil y complicado. Siendo un país pequeño, nos hemos visto afectados por los cataclismos acaecidos en otras latitudes

Publicada 17 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

María A. de López Andreu*
E
l Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Los anuncios, la música en la radio, los adornos, las carreras… incluso el incremento en el tráfico vehicular, ¡todo nos indica que casi es Navidad! Y, aunque pareciera que se ha perdido el verdadero sentido de esta celebración, es gratificante constatar con cuánta espiritualidad se reviven tradiciones que nos recuerdan quien es Jesús, hecho bebé y nacido de la Virgen María, la razón única para esta magna fiesta.

Una de esas tradiciones es la Corona de Adviento, de la que ya hemos comentado anteriormente. Sus tres velas moradas (que se encienden el primero, segundo y cuarto domingo de Adviento) nos recuerdan que estamos en tiempo de reparación y sacrificio, a la espera del nacimiento de Jesús. La tercera vela (de color rosado) simboliza la alegría de saber que ese gran momento está cada vez más cercano.

¡La alegría! Pareciera redundante, considerando que “Navidad” y “alegría”, prácticamente son sinónimos. Pero basta con mirar a nuestro alrededor, para darnos cuenta de que no es así: vemos tantas personas disgustadas, agresivas, poco amables. Lejos de “sacar el ángel”, pareciera que lo esconden en el más oscuro rincón de su personalidad.

Otros quizá guardan en su alma profundas penas, acrecentadas por recuerdos que, en estas ocasiones, se magnifican. Y muchos, sumidos en preocupaciones, tratan de asimilar un año en especial difícil y ven hacia el próximo con recelo y negativismo.

Por eso me llegan al alma las palabras escogidas por la Iglesia para este tiempo que, de por sí, debemos dedicar al análisis y auto evaluación. En el Segundo Domingo de Adviento nos enseña, en frases de Jesús, las palabras más bellas y consoladoras de toda la Sagrada Escritura: “Venid a mí los que estáis agobiados y sobrecargados, que Yo os aliviaré”.

Y en el recién pasado domingo de la alegría, San Pablo nos manda: “Hermanos, vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, puesto que esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús”.

El mundo ha tenido un año muy duro. La naturaleza se mostró embravecida e implacable: terremotos, huracanes, incendios forestales, tornados y cuanto mal puede suceder, sucedió. Las secuelas han sido terribles y pasará un buen tiempo para que éstas puedan superarse totalmente.

Los salvadoreños, aunque en menor medida, también hemos tenido un año difícil y complicado. Siendo un país pequeño, nos hemos visto afectados por los cataclismos acaecidos en otras latitudes y, además, hemos sufrido en carne propia un cuasi-diluvio (fenómeno totalmente desconocido para nosotros), inundaciones, fuertes temblores y hasta una erupción volcánica.

Todo eso, para un mismo año, ¡es demasiado! En especial si añadimos las “catástrofes”económicas causadas por el precio excesivo de los derivados del petróleo, etcétera, etcétera, etcétera.

Es aquí donde, teniendo fe, el Adviento deja de ser un tiempo de reparación para convertirse en uno de inmenso consuelo: Jesús no es un personaje histórico, desaparecido hace tiempo; Él es Dios Vivo y está permanentemente con nosotros: es nuestro apoyo, nuestro testigo, nuestro defensor y guía. Contamos con Él siempre… siempre: ayer, hoy, mañana, en las buenas y, especialmente, en las malas. ¿Cómo no estar alegres, si Jesús está siempre a nuestro lado?

De allí la recomendación-mandato de San Pablo: “Vivan siempre alegres”.

Porque la alegría --la real, la verdadera-- no consiste en reír sin parar, ni en tener una vida fácil y cómoda. La alegría es un sentimiento profundo, íntimo, sereno, incomparable, que vivimos cuando tenemos la plena convicción de haber cumplido con nuestro deber; es decir, con la voluntad de Dios.

Mañana, al encender las cuatro velas de nuestra Corona de Adviento, encendamos con especial devoción la vela rosada de la alegría; encendámosla, no sólo en la corona, sino, principalmente, en nuestra vida y en nuestro corazón. Llenémonos de gratitud, de positivismo, de fe en Dios, en nuestro prójimo… y en nosotros mismos.
Porque el Divino Niño está con nosotros hoy… y lo estará durante cada día de 2006. Así sea.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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