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Desde Washington
Remesas bien aprovechadas

Para sostener ese nivel de generosidad, los inmigrantes rara vez acuden a formas de crédito como lo hacen los estadounidenses. De hecho, tarjetas y otras formas de crédito les son desconocidas

Publicada 16 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

Marcela Sánchez*
E
l Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

En estas festividades se espera que los consumidores estadounidenses gasten $439.500 millones de dólares, seis por ciento más que el año pasado, de acuerdo con la Federación estadounidense de vendedores minorista. También este año, por segunda vez desde la Gran Depre-sión, la tasa de ahorros personales de los estadounidenses descendió a cero, es decir, los estadounidenses empezaron a gastar más de lo que ganan. Claramente la noticia de que han empezado a vivir por encima de sus posibilidades no aminora su generosidad ni su espíritu navideño.

En su categórico deseo de dar a otros, los estadounidenses no dejan muy atrás a los inmigrantes latinoamericanos en este país. Di-chos inmigrantes destinan entre el 15 y el 30 por ciento de sus ingresos a familiares que ni siquiera viven bajo su mismo techo. La mayoría transfiere dinero a seres queridos en el exterior a través de remesas por lo menos ocho veces al año. Eso significa en promedio $2500 dólares por inmigrante, según el experto en remesas, Manuel Orozco, de la institución Diálogo Interamericano de Washington.
Para sostener ese nivel de generosidad, los inmigrantes rara vez acuden a formas de crédito como lo hacen los estadounidenses. De hecho, tarjetas y otras formas de crédito les son desconocidas por la simple razón de que carecen de documentos o garantías requeridos, o porque no tienen confianza en las instituciones financieras para abrir una cuenta bancaria. A cambio, los inmigrantes reducen al mínimo sus gastos en renta, salud, diversión y -- hay que ser honestos -- impuestos.

Esta semana hablé con Ana Beatriz López, una guatemalteca que ha vivido en el área de Washington casi tres años. En este tiempo ha pasado de ganar un promedio de $4 dólares la hora en restaurantes a $16 dólares la hora como trabajadora en demolición.

A diferencia de otros inmigrantes, López tiene un solo empleo. Su trabajo, que a menudo incluye la remoción de asbesto y plomo que requiere turnos de 10 a 12 horas, la deja físicamente exhausta.

Su motivación para venir a trabajar a Estados Unidos fue, pura y simplemente, enviar todo el dinero posible a Guatemala donde viven sus dos hijos, ahora de10 y 12 años de edad, sus padres y sus hermanos. Para maximizar las remesas, que ahora promedian $100 cada fin de semana, López alquila una habitación por $500 dólares al mes, una verdadera ganga en el mercado de Washington D.C. No tiene un seguro de salud, ni tampoco un auto, y sólo una vez al mes se permite el lujo de salir a bailar con sus amigos.

Los ingresos de López están al nivel del ingreso promedio de los 105.4 millones de trabajadores asalariados de tiempo completo de este país. Con esas entradas podría estar viviendo más cómodamente, tener un auto modesto y ciertamente gastar más en ella misma. Pero López y millones de otros inmigrantes viven, como lo describe el embajador salvadoreño René León, “en la pobreza urbana aquí” para lograr sacar a sus familiares de la pobreza en América Latina.

No hay duda de que la presencia de los inmigrantes que hoy representan el 12.1 por ciento de la población, el porcentaje más alto de los años 20, presenta ciertas cargas. Lo que cuestan los inmigrantes, en especial aquellos aquí ilegalmente, en salud pública, educación y otros servicios es ahora un frecuente tema de debate a lo largo del país.

A nivel local, residentes están presionando a funcionarios públicos para que adopte leyes que, por ejemplo, prevengan que demasiadas personas vivan en una misma casa. El hecho de que los inmigrantes envíen tanto dinero al exterior, por lo demás, aplica más sal a las heridas de quienes se sienten afectados por su presencia.

La ironía es que la carga que sienten algunos en este país, se traduce en un inmenso beneficio para quienes reciben las remesas. Este año los latinoamericanos enviarán $50 mil millones de dólares a sus seres queridos, una cantidad muy superior a la ayuda exterior y a la inversión internacional privada. Los $100 dólares que López envía semanalmente a Guatemala ya han construido una casa para su familia.

Y en tiempos de crisis ese dinero se convierte en una verdadera bendición. Cuando el huracán Stan devastó buena parte de Guatemala en octubre, los parientes de López en Puerto San José, en la Costa Pacífica, perdieron casi todas sus pertenencias y los medios para ganarse la vida. Mientras el gobierno guatemalteco luchaba para responder, López ya había acudido a un pequeño centro de servicios financieros en Estados Unidos, Alante Financial, para sacar un préstamo por $3000 dólares, dinero que envió de inmediato para ayudar a sus familiares a recuperarse.

En cierta forma, la acción de López la acercó más a la experiencia estadounidense: ha descubierto el poder del crédito y la forma en que le permite dar más. Y aunque su presencia, y la de los otros inmigrantes latinoamericanos, puede no ser bienvenida por algunos, tal vez entendiendo mejor las similitudes en su generoso espíritu los estadounidenses reconsideren lo que perciben como carga.

*Columnista del Washington Post.

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