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El
Diario de Hoy
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En el futuro no sólo sufriremos problemas con el dengue, sino
que éstos serán más frecuentes y graves, de acuerdo
con las conclusiones a que llegan investigadores norteamericanos, como
informan la revista Science y el periódico Spiegel, de Hamburgo.
La causa es el progresivo calentamiento del planeta, que está dando
lugar a la proliferación tanto de insectos, como de bacterias y
otras formas de vida. Los beneficiarios del cambio en el hábitat
son precisamente los mosquitos transmisores del paludismo y del dengue:
el Anopheles y el Aedes aegypti, respectivamente.
Las señales se detectan en todas las latitudes. En Hawai los mosquitos
están proliferando a grandes alturas, donde antes no se encontraban
por el relativo frío, y han infectado de virus a pájaros
en esas regiones. Lo mismo ocurre con el Gran Arrecife de Coral (The Great
Coral Reef) del norte de Australia: un microorganismo que surgió
al calentarse el agua del mar, está aniquilando a los corales,
y al afectar a éstos, de manera inevitable cambiará las
condiciones en que miles de especies marinas viven en los bancos, lo cual
puede llevar a la extinción de muchas de ellas.
Los cambios radicales en el clima --que se dan en cientos o miles de años--
obligan a las especies a adaptarse o desaparecer. Cuando son muy rápidos,
como sucedió al final de la era de los dinosaurios, la vida en
extensas regiones del planeta cambia. Además los desequilibrios
que se producen se manifiestan en plagas y enfermedades. La plaga es uno
de los mecanismos que aplica la naturaleza para restablecer balances entre
las especies.
En la suciedad proliferan enfermedades
Una de las potenciales amenazas al hombre, además de los mosquitos,
son las garrapatas, pulgas y otros bichos, que en ocasiones cargan en
sus venas o intestinos los virus y bacterias de varias enfermedades, muchas
transmisibles al hombre.
La peste del Siglo XIII, en Europa, que mató a casi la tercera
parte de la población y fue la verdadera causa del derrumbe del
feudalismo, se produjo cuando un virus se adaptó para vivir en
el intestino de las pulgas, de donde se transmitía al hombre. El
horror de la peste es descrito por Giovanni Boccaccio en el preámbulo
del Decamerón, una de las joyas de la literatura universal.
En el Medioevo los pueblos estaban inermes frente a las pestes, a las
que pretendían conjurar mediante brujerías y ocurrencias,
o con procesiones religiosas y jornadas de oración. En tal sentido
los hombres del Siglo XXI estamos mejor preparados y armados, pero no
por ello a salvo de cualquier plaga, como lo ha demostrado la proliferación
de enfermedades virales, del cáncer, del Sida y las epidemias de
gripe. Un brote de influenza mató a treinta y tantos millones de
personas poco después de la Primera Guerra Mundial.
Lo triste es que la tragedia del dengue, ahora en El Salvador, no es consecuencia
del calentamiento climático, sino del descuido, la suciedad y la
estupidez de tantos individuos, que no hacen nada para erradicar los criaderos
de zancudos, limpiar sus viviendas y entornos, y estar vigilantes a los
primeros síntomas de la enfermedad.
En la televisión se ha visto a mujeres quejarse de criaderos de
zancudos, “que Salud no fumiga”, cuando son ellas las que
tienen que limpiar. Si se vive en medio de suciedad, no es culpa de terceros
que luego aparezcan infecciones.

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