| Carlos
Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Después
de la columna de la semana pasada, en la que hablaba de la relación
entre la desintegración familiar y la incorporación de jóvenes
a las maras, recibí varios correos electrónicos comentándola.
Entre todos, me llamó especialmente la atención el correo
de un lector que decía estar en desacuerdo con la tesis que yo
había establecido en la columna, que, para simplificar, era la
siguiente: hay una relación proporcional entre el número
de hogares rotos y la cantidad de jóvenes que se incorporan a las
maras.
Esta persona hablaba de su experiencia personal. Con su permiso, resumo
lo que escribía: mi padre nos abandonó --a mí y a
mis tres hermanos--, cuando yo tenía pocos meses de edad, mi madre
nos crió vendiendo en el mercado, por lo que nos dejaba todo el
día en el mesón donde vivíamos, en medio de pésimos
ejemplos (drogadicción, prostitución, maltrato infantil…);
sin embargo, a pesar de provenir de un hogar monoparental, he terminado
una carrera universitaria, he formado una familia y jamás pertenecí,
ni me sentí atraído a pertenecer, a una mara.
La conclusión cae por su peso: si bien la mayoría de miembros
de las maras provienen de hogares desintegrados, eso no implica que los
hijos de los hogares desintegrados necesariamente terminen en las maras.
Tiene razón. Ahí está su vida para contradecir con
hechos mis suposiciones.
Yo me he atrevido a ir un poco más allá de explicarme que
en los temas de opinión, las estadísticas son una ayuda,
pero no establecen leyes inexorables, y para comprender mejor, he entrado
en el campo de la libertad.
Cuando en la sociedad se presenta un fenómeno y se logra establecer
una presunta relación de causa y efecto, el sentido común
y los métodos de investigación autorizan a establecer una
teoría. La teoría se contrasta con la realidad y es ésta
la que la confirma o refuta.
Pues bien, resulta que en mi análisis de causa-efecto, me faltaba
un elemento además de la piedad, esa virtud que consiste en el
respeto y amor a los padres y a la patria, la llamada eusebia (o más
bien de la falta de eusebia o asebia). Me faltaba, por seguir con términos
griegos, incluir en el cuadro a la eleuteria: la libertad.
El lector demuestra, con hechos y de verdad --con su vida--, que a pesar
de haber crecido en un ambiente claramente favorecedor, nunca formó
parte de alguna mara. Ni él ni sus hermanos.
¿Por qué? Quizá la respuesta pueda encontrarse en
una madre heroica, extraordinaria (todas lo son siempre de algún
modo), en unos parientes a quien de verdad le importaba él como
persona… Muchos otros factores, pero, en el fondo, lo que de verdad
subyace es la realidad de su libertad.
Por la libertad se evita lo fatal. Por la libertad nos salimos de cualquier
esquema determinista, predestinador.
Por la libertad podemos desconcertar a cualquier sociologista pseudocientífico,
para quien su realidad estaría determinada sólo por leyes
sociales inexorables.
Ahí está la belleza de ser persona, en la belleza de la
libertad. Hermosura riesgosa, pues también funciona al revés:
¿Cuántos hay que con todas las posibilidades de triunfo
en sus manos, fracasan? Si no reconocen la libertad, o si tienen un concepto
errado, buscarán cabezas de turco: el sistema, los ricos, los pobres,
los padres, su familia o su carencia de familia, su mala o buena educación,
etc. Todos menos él.
La realidad de la libertad es la que nos permite escapar de lo fatal,
de “lo escrito”, de la predestinación. No pretendo
argumentar o discutir sobre la existencia o inexistencia del destino (que
yo prefiero llamar Providencia), sino resaltar, tomándolo como
fondo, la realidad de la libertad.
Estoy convencido de que, como el lector citado, son más, muchísimos
más, los salvadoreños y salvadoreñas que --porque
son libres--, superan día a día los obstáculos y
viven una vida digna y productiva que los que terminan en malos pasos.
Lo que pasa es que, ellos, la mayoría, no son noticia.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y
columnista de El Diario de Hoy. carlos@mayora.org
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