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Desde Washington
Remesas perjudican al país
Estas diferencias, según Pleitez, debieran inspirarle al Gobierno salvadoreño la idea de cambiar la forma como distribuye a las localidades el impuesto que recauda
Publicada 9 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy
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Marcela Sánchez*
El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Hace dos décadas, cuando expertos economistas estaban estudiando cómo asegurar el futuro de El Salvador, determinaron que el país no podía seguir dependiendo de unos pocos productos agrícolas de exportación. El Salvador tenía que diversificar, dijeron, atrayendo inversión y utilizando su fuerza laboral barata y esmerada para aumentar la producción de bienes de exportación con un alto índice de mano de obra.
El Salvador sí llegó a generar una próspera industria de exportación, pero debido al conflicto armado y otros factores, no fue exactamente lo que los expertos imaginaron: Los salvadoreños terminaron exportándose a sí mismos. Ahora más de una quinta parte de la población vive fuera del país, la mayoría en Estados Unidos. Esta migración ha tenido el impacto económico individual más grande de los últimos años en El Salvador, para bien y para mal.
Este año los salvadoreños en el exterior habrán enviado casi 3.000 millones de dólares a familiares y amigos en su país, $500 millones más del total del presupuesto nacional salvadoreño de 2005. Además mediante vuelos y llamadas telefónicas a casa frecuentes, los salvadoreños han ayudado a convertir a la aerolínea Grupo TACA, con sede en El Salvador, en uno de los empleadores privados más grandes de Centroamérica y generado cientos de millones en ganancias a empresas telefónicas en Estados Unidos y El Salvador.
Igualmente los salvadoreños en el exterior añoran productos nativos, antojo nostálgico que representa hoy casi el 10 por ciento de las exportaciones del país, según un informe emitido esta semana por el Instituto para el Estudio de las Migraciones Internacionales de Georgetown University.
El dinero que viene del exterior, sin embargo, ha perjudicado una parte de la economía salvadoreña. En vez de convertirse en una economía exportadora, el consumo de productos extranjeros ha aumentado substancialmente. En otras palabras, tan rápido como el dinero de las remesas llega, así de rápido sale, inclinando la economía más hacia el consumo y las importaciones y menos hacia la producción local y la exportación. El crecimiento económico se ha prácticamente paralizado en los últimos años --1.8 por ciento en 2003, 1.5 por ciento en 2004 y 2.0 por ciento en 2005--, tasas más bajas que las de cualquier otro país centroamericano.
Si las remesas se quedaran más tiempo el país tendría lo que el coordinador del informe del PNUD William Pleitez llama un “efecto multiplicador”, que permitiría que el dinero llegara a más manos que las de minoristas e importadores. Pleitez afirma que el dinero no se queda porque el Go-bierno no está actuando en temas tan cruciales como la política fiscal o la generación de empleo, dependiendo demasiado en cambio en las fuerzas del mercado para que la economía mejore.
Algunos de los resultados más reveladores del informe del PNUD aparecen en la comparación entre dos municipalidades salvadoreñas, Santa Catarina Ma-sahuat en Sonsonate y Concep-ción de Oriente en La Unión. Santa Catarina Masahuat tiene la proporción más baja de hogares que reciben remesas (0.6 por ciento), mientras que Concepción de Oriente tiene la más alta (63 por ciento).
La cantidad significativamente más alta de remesas en Concepción de Oriente no parece estar logrando que la economía local sea más dinámica ni esté generando más empleos. De hecho, la tasa de desempleo en Concepción de Oriente (19.3 por ciento) es tres veces más alta que la de Santa Catarina Masahuat (6.9 por ciento).
Más aún, a pesar del hecho de que atrae más de 200.000 dólares mensuales en remesas, Concep-ción de Oriente paga un 46 por ciento menos en impuestos anualmente que Santa Catarina Masa-huat (ambas ciudades tienen un número similar de contribuyentes). El más revelador aspecto de esta diferencia tributaria es que las personas en Concepción de Oriente no encuentran oportunidades para gastar su dinero localmente y se dirigen a centros comerciales en áreas urbanas para hacerlo, y sólo en ese momento el Gobierno puede grabar los dólares de las remesas a través del Impuesto al Valor Agregado.
Estas diferencias, según Pleitez, debieran inspirarle al Gobierno salvadoreño la idea de cambiar la forma como distribuye a las localidades el impuesto que recauda. Si las municipalidades que reciben la mayor cantidad de remesas de manera escasa ven más de un beneficio, simplemente continuarán exportando gente.
Los expertos de hace dos décadas estaban en lo correcto cuando afirmaban que la fuerza laboral barata y esmerada de El Salvador iba a ser el motor de la economía del país. Lo que no se imaginaron es que las exportaciones salvadoreñas se convertirían tanto en un beneficio como en un desafío.
*Columnista del Washington Post.
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