| Marvin
Galeas*
El
Diario de Hoy
editorial@
elsalvador.com
Es definitivo: diciembre tiene magia. No se trata de una superchería
como diría quizá un escéptico hombre de ciencias,
ni de una treta comercial como diría un rematado marxista. Es que
es el mes cuando se celebra el nacimiento de Jesús, el hombre que
partió la historia en dos, argumento que es contundente incluso
para los no cristianos. También es el mes cuando finaliza el año,
lo cual produce una sensación de un delicioso borrón y cuenta
nueva.
En este mes el día es más brillante, la noche más
estrellada y el clima más fresco. Los cerros a lo lejos, los jardines
de las casas y la maleza en cualquier lado dejan de ser verdes pero todavía
no están secos del todo, por lo cual adquieren un precioso tono
pastel de transición al verano pleno. Los niños no van a
la escuela. En las empresas se hacen emotivas declaraciones en sus respectivas
fiestas en las que se reafirma que “somos una gran familia”.
Se prende un lucerío por todos lados.
Desde los primeros días del mes algunas cosas ya no parecen tan
preocupantes como antes. Se recupera un buen pucho de optimismo perdido
ante la situación. El trabajo cotidiano se hace con estilos más
relajados y hasta las reuniones de oficina tienen un aire de informalidad.
Se descubren nuevos vecinos que han estado allí durante meses.
Hasta se soslayan odios y se reafirman amores.
La alegría también es porque se ha salido adelante con el
año. Atrás quedó ese gran lunes de enero y sus ingratos
gastos, la incertidumbres de febrero y marzo; los días grises y
tensos de los junios y julios; las malas noticias de los últimos
meses de invierno y sus tragedias naturales. Y aunque cada año
parezca una copia al carbón del anterior, hay siempre una esperanza
en diciembre de que el próximo será siempre mejor.
Mis mejores recuerdos encuentran en diciembre su mejor referente. Raquelita,
la de los ojos miel, comprando a última hora en aquel viejo centro
de San Salvador los regalos de Navidad.
La acompañaba un niño flaco y orejón vestido con
traje de doctor Kildare, que había culminado primer grado, por
lo que orgulloso leía en una vitrina de almacén, Feliz 1964.
Y ese niño, que era yo, se pondría melancólico 18
años después, cuando pasó su primera Navidad en el
frente de guerra.
Si, fue en diciembre de 1982. Y era el mismo cielo azulísimo de
siempre, el mismo vientecito oloroso y, lo más sorprendente, el
mismo espíritu alegre y solidario de siempre en la gente, sólo
que esta vez en el corazón de la guerra. Había una tregua
no pactada entre los bandos. Las muchachas guerrilleras se ponían
más bonitas y en las rigurosas dietas de frijol, sal y tortilla,
comenzaron a aparecer uno que otro huevito frito y hasta un milagroso
pedacito de pan dulce traído de Corinto.
Maravilla, Marianita Chi-cas y yo pedimos permiso para ir al Zapotal,
un cantón ubicado como a dos kilómetros de Joateca, donde,
contrario a la Guacamaya, hay abundantes árboles frutales. Pasamos,
al mediodía, bañándonos en el río Sapo. Marianita,
nacida y crecida en la capital mexicana demostró sus dotes de excelente
nadadora. Después nos sentamos a la orilla del río a contar
anécdotas de nuestras navidades.
Llegamos al caer la tarde a una casa que servía de lugar de ensayo
para los Torogoces de Morazán. Y allí estaban ellos. Felipe,
Sebastián y Arturo, acordeón, violín y maracas, respectivamente,
acuerpados por un bajo enorme, guitarra, cencerro y tumbadora cantaban
con más entusiasmo que entonación: “Aquellos diciembres,
aquellos diciembres, aquellos diciembres, que nunca volverán”.
Y entonces el pecho se me volvió un pozo de melancolías
y recuerdos. Visitó la memoria aquel diciembre del 64 agarrado
de la mano de Raquelita, la de los ojos miel. Y después los torogoces
cantaron aquella otra que dice “oh qué triste es andar por
el mundo, sin oír una voz cariñosa que diga amorosa, llegó
Na- vidad”, y entonces si que se me anudó la garganta. Faltaban
muchos diciembres y mucha guerra todavía.
Han pasado 13 diciembres desde el fin de la guerra y 23 desde aquel ensayo
de los Torogo-ces. Extrañamente las cosas se han invertido. Aquel
primer diciembre en guerra me hizo recordar una Navidad en paz. Ahora
estas navidades en paz, me hacen recordar aquel diciembre en la guerra.
Y lo recuerdo porque ese día tuve la certeza de que viviría
y que volvería a celebrar la Navidad en familia, pero con la larga
ausencia de Raquel, a quien ya no volví a ver.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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