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FMLN versus Arena
Una pelea simulada y pactada

La diferencia entre un sindicalismo altamente corrupto y uno de izquierda altamente politizado es nada más en el lenguaje, ya que ambos son oportunistas

Publicada 7 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Oxford, Reino Unido. “Ni siquiera me ensucié los zapatos y la comida estuvo a nivel de Camino Real, me voy convencido de que son un poder y que es necesario negociar”. Esto lo dijo el arzobispo Rivera Damas en Perquín, en 1984. Estaba contrastando con la visita que había realizado a otro frente guerrillero donde “caminó varias horas y comió con la única cuchara que había”.

En un lugar percibió poder y en el otro sintió compasión. Su comparación reflejaba dos estrategias distintas en la izquierda insurgente. En el ERP, la organización guerrillera que yo comandaba, toda la iconografía o sistema de símbolos que identificaba a las guerrillas tradicionales, eran escasamente utilizados.

En 1980, doce años antes de que terminara la guerra, en el clímax de la represión y de los escuadrones de la muerte, nuestros dirigentes comenzaron a utilizar sus nombres legales, mostraron sus rostros y eliminaron pasamontañas o capuchas tipo Ku Klux Klan. Para nosotros Rafael Arce era más importante que el Che y nuestra fuerza militar evitaba pelo y barbas crecidas, entre más normales mejor.

Si alguien importante visitaba nuestro frente se utilizaban uniformes, cocineros, comidas, vajilla, cubiertos y muebles reservados sólo para esas ocasiones. Para evitar que se bloqueara la comunicación entre jefes y combatientes, la cortesía militar nunca fue obligatoria, no había ni saludos, ni grados rimbombantes y menos pleitesías ridículas. Lo fundamental era disciplina, orden, coraje, control territorial, inteligencia en lo político y sobre todo la más alta eficacia militar. Las consignas servían para señalar camino y mover el corazón, pero buscábamos que la meta la dictara la inteligencia y la razón.

Pretendíamos ser insurgentes y luchadores sociales en sentido real y tratábamos de alejarnos de lo que se conoce como “contracultura”. Nos interesaban más los resultados concretos que los símbolos. Indiscutiblemente una lucha revolucionaria requiere símbolos, por ejemplo las revoluciones sandinista y mexicana, además de grandes transformaciones político-sociales, fueron poderosos movimientos culturales. Sin embargo el símbolo es un instrumento y no un fin.

La contracultura es la definición antisistema por excelencia, ya que supone el rechazo a toda norma. Este concepto ha sido más empleado para referirse a algunas tendencias de izquierda del primer mundo, que aparecieron con mayor fuerza en los años 60, pero ahora, con el movimiento anti-globalización, la contracultura de izquierda ha cobrado una presencia más universal.

La imagen del Che, los uniformes militares de marca, las boinas con estrella, las camisetas con retratos de Marx, las capuchas y los pasamontañas son, en esencia, una extendida moda para radicales, que se combina con protestas violentas coordinadas estratégicamente por la Internet y tácticamente por teléfonos celulares.

Algo similar a lo que ocurrió con la moda hippie, que incluyó hasta los carros Volskwagen en los 60. La contracultura o el movimiento antisistema terminan sirviendo al mismo sistema que dicen combatir, precisamente porque, al pretender cambios absolutos, su actividad se vuelve impotente e inútil, es desestabilizadora y estorba, pero no transforma.

Joseph Heath y Andrew Potter en su libro “Rebelarse vende”, explican bien el impacto que tiene la llamada contracultura en los pobres y en la izquierda: “El concepto de contracultura a fin de cuentas se basa en un equívoco. En el mejor de los casos es una pseudorrebeldía, es decir, una serie de gestos teatrales que no producen ningún avance político o económico tangible y que desacreditan la urgente tarea de crear una sociedad más justa. Es una rebeldía entretenida para los rebeldes que la protagonizan y poco más. En el peor de los casos, contribuye a la infelicidad general de la población al minar o desprestigiar determinadas normas sociales e instituciones que de hecho cumplen una función”.

En sociedades ricas la contracultura deriva en entretenimiento, en muchos casos para niños bien, pero en países pobres termina en instrumentación de la pobreza. La diferencia entre un sindicalismo altamente corrupto y uno de izquierda altamente politizado es nada más en el lenguaje, ya que ambos son oportunistas. La lucha antisistema deforma la lucha sindical, inhibe la participación de las comunidades, provoca derrotas electorales y hace fracasar gobiernos de izquierda.

Los pobres necesitan resultados concretos de corto plazo, no importa si son parciales. Las metas imposibles para 30 o 40 años invierten el sentido ético de una lucha social en la cual los dirigentes tienen la obligación de estar al servicio de los intereses inmediatos de sus seguidores. En la definición antisistema, los pobres, al luchar por “imposibles”, quedan al servicio de los intereses inmediatos de los dirigentes. Los primeros siempre pierden, mientras los segundos preservan su status, reciben ayuda internacional o cobran salarios del Estado. Por todo ello, la lucha antisistema del FMLN contra ARENA no es otra cosa que una pelea simulada, pactada y pagada.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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