| 
Rodrigo Chávez*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
¿Quién será el próximo Presidente de México?
Durante los últimos dos años, el consenso en los medios
de comunicación es que el jefe de la ciudad de México y
candidato presidencial por el Partido de la Revolución Democrática
(PRD), Andrés Manuel López Obrador, ganaría las elecciones
presidenciales del 2 de julio de 2006.
Sin embargo, en las últimas encuestas de opinión pública,
el apoyo a López Obrador ha descendido drásticamente. En
febrero de 2004, la prestigiosa encuestadora mexicana, Consulta Mitofsky,
situó a López Obrador en un 41.7% de intención de
voto, seguido por el Partido Revo-lucionario Institucional (PRI) con un
23.3% y el Partido de Acción Nacional (PAN) del Presidente Vicente
Fox con un 21.1%.
Sin embargo, en su última encuesta de noviembre 2005, las cifras
son las siguientes: PRD-29.5%, PRI-25.7%, y PAN-24.4%. El periódico
Reforma, por su parte, ubica al PRD en 29%, al PAN en 28% y al PRI en
21%.
Claramente, la tendencia general es que López Obrador está
descendiendo en las preferencias de los votantes y que su victoria ha
dejado de ser segura. La otra conclusión es que el candidato del
PAN, Felipe Calderón, quien ganó las elecciones internas
en noviembre, ha dado un nuevo empuje a su partido. C
alderón ha logrado romper el debilitamiento en que se encontraba
el PAN, el cual en los últimos 20 meses había estado estancado
entre un 20 a 22%, de las preferencias electorales. Calde-rón no
es el candidato que el Presidente Fox apoyaba y por lo tanto, puede apelar
al voto descontento con el Gobierno, sin perder el voto leal al PAN. Es
decir, puede hablar como candidato de la oposición, a pesar de
que es el candidato oficial.
El PRI nominó como candidato a Roberto Madrazo, quien se distingue
por ser el candidato que más rechazo genera en la opinión
publica. Madrazo tiene opiniones negativas de hasta un 40% del electorado,
contra 17% de Calderón y 15% de López Obrador.
En el caso del PRI, la estrategia no es ganar gracias al candidato sino
a la fuerza y a la maquinaria del partido. El PRI es el único partido
con presencia nacional, ya que ocupa el primero o segundo lugar en las
votaciones locales en cada estado. Por lo tanto, en una elección
con tres candidatos, el PRI podría ganar con el 36% de los votos,
que es la votación que obtuvo en las últimas dos elecciones:
2000 y 2003.
Sin embargo las encuestas en México son altamente cambiantes. Por
ejemplo, en diciembre de 1999, la mayoría de encuestas situaba
a Francisco Labastida del PRI con un 53% de votos y a Vicente Fox del
PAN con un 33%. El resultado final en julio de 2000 fue Vicente Fox, 42%
y Francisco Labastida, 36%. Por lo tanto, podemos esperar bastantes cambios
en las preferencias de los votantes hasta las elecciones del siguiente
año.
La estrategia tanto del PRI como del PAN es en convertirse en la mejor
opción para vencer al PRD. Existe un mercado enorme de votantes
que no desean que gane López Obrador. Estos votantes buscan la
respuesta a la siguiente pregunta: ¿Quién es el candidato
mas viable para ganarle al PRD? Por ende, tanto el PRI como el PAN concentrarán
sus recursos de campaña para venderse como el mejor vehículo
para captar el voto anti-PRD.
El México de 2000, sin embargo, no es el México de 2006.
México es una democracia bastante consolidada, con alternancia
de poder a todo nivel: municipal, estatal y federal. Además, el
sistema mexicano está diseñado para impedir que una sola
fuerza política obtenga control del sistema. En la cámara
de diputados existen 500 miembros, que son electos 300 en distritos uninominales
(de un solo miembro) y 200 en distritos plurinominales (electos como en
El Salvador con representación proporcional).
El Senado es similar: 96 de sus miembros son electos de manera directa
y 32 por representación proporcional. Por lo tanto, aunque el PRD
ganara, no tendría mayoría en ninguna de las dos cámaras.
Incluso, tendría menos diputados y senadores que los que tiene
en la actualidad el Presidente Fox.
Si se critica a Fox de no poder implementar cambios, un Pre-sidente como
López Obrador tendría incluso menos poder para implementar
su agenda. Por ende, cualquier medida populista o demasiado radical no
tendría apoyo del Congreso. En el Mé-xico del PRI, el eje
de la gobernabilidad lo daba la presidencial imperial. Sin embargo, en
el nuevo México la gobernabilidad la dan los pesos y contrapesos
del nuevo sistema de partidos políticos.
*Columnista de El Diario de Hoy.
 |