| Alejandro
Alle*
El
Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En el año 1876 Alexander Graham Bell presentó una máquina
a la cual llamó “Electrical Speech Machine”, que es
algo así como “máquina del habla eléctrica”
(¿!), y que no debería ser confundida con la “Electric
Light Orchestra”, banda de música que está por venir
a tocar a El Salvador (aunque quizás sí tengan algo que
ver, porque ambas son más o menos de la misma época...).
A la invención de Bell, afortunadamente, luego le cambiaron el
nombre por uno más descriptivo y amigable, y que a usted seguramente
le debe “sonar” bastante, porque me estoy refiriendo al teléfono.
Un tiempo después, exactamente en el año 1900, George Eastman
lanzó al mercado la cámara fotográfica Kodak Brow-nie,
la cual no sólo solucionó varios inconvenientes que tenía
la incipiente técnica fotográfica, sino que además
permitió lograr algo mucho más importante.
En efecto, lo que Eastman consiguió con ese modelo (además
de dinero, obvio…), fue poner la fotografía al alcance del
gran público, ya que hasta ese momento no había pasado de
ser una extravagancia de ricos y famosos, por su alto precio.
La nueva máquina Kodak Brownie, por el contrario, pudo ser lanzada
al mercado a un precio de apenas un dólar, mientras que el rollo
costaba sólo 15 centavos.
Incluso hoy en día, a las invenciones de Bell y de Eastman se las
pueden encontrar juntas en un mismo aparato, en versiones incomparablemente
más avanzadas que las originales, en las tiendas de cualquier ciudad
del mundo: teléfonos celulares con cámara fotográfica
incorporada.
Tanto la invención del teléfono como la de la Kodak Brownie
son estadounidenses, ya que si bien Bell había nacido en Escocia,
la realidad es que hizo toda su carrera profesional en Boston, Esta-dos
Unidos. Eastman, por su parte, era neoyorkino, y ninguno de los dos recibió
subsidios estatales para alcanzar sus invenciones, pues en aquellos tiempos
no existían esas cosas…
También en la actualidad los principales avances en las industrias
de la computación y de la alta tecnología se producen en
los Estados Unidos, con un relativamente bajo nivel de subsidios estatales,
siendo el Silicon Valley (o “valle del silicio”, por la importancia
que ese material tiene en la electrónica), de California, el centro
mundial de tales actividades.
Su historia comenzó a principios de los años 1950, cuando
Frederick Terman, visionario Decano de la Escuela de Inge-niería
de Stanford, decidió propiciar la creación de un parque
industrial, por entonces modesto, en unos terrenos baldíos cercanos
a la Universidad.
La característica fundamental de Silicon Valley, y que fue su sello
distintivo desde un primer momento, es que siempre gozó de un ambiente
excelente para el desarrollo de nuevos negocios: muy pocos obstáculos
para la creación de empresas, gran facilidad para la captación
de capitales dispuestos a tomar riesgos empresariales, y amplia disponibilidad
de personas con buena formación técnica.
El permanente desarrollo de la tecnología de computación,
justamente en ese lugar, no es más que una simple consecuencia
de esas tres condiciones, siendo importante destacar que todo ello ocurre
con un nivel muy bajo de subsidios estatales.
Europa adoptó siempre el camino opuesto, subsidiando la tecnología,
lo cual produce los “arranques seguros” (¿seguros?)
que les gustan a los burócratas (¡ooops!), pero no las empresas
competitivas que exigen los mercados mundiales.
No casualmente los europeos están lejos de poder mostrar resultados
de innovación tecnológica similares a los de Estados Unidos
(de rentabilidad ni hablemos…), pese a tener muy altos niveles de
inversión en Investigación y Desarrollo (I&D, tal como
se suele abreviar en español). La diferencia está en el
incentivo empresarial.
A principios de noviembre apareció publicado en el Financial Times
un interesante artículo sobre las innovaciones tecnológicas
y su relación con las inversiones en I&D, en el cual su autor,
un reconocido investigador llamado Michael Schrage, resumía su
observación diciendo que “el verdadero desafío de
la innovación no es lo que los innovadores producen, sino lo que
los clientes finalmente adoptan”.
Mientras que en el Silicon Valley todos los días se hace realidad
el sueño de “The Mamas and The Papas”, que era “Cali-fornia
dreaming”, en Europa siguen corriendo atrás del “Últi-mo
tren a Londres”. No es difícil decidir a quién debemos
copiar en Latinoamérica.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires) Columnista
de El Diario de Hoy.
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