| Carlos
Sandoval
El Diario de Hoy
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Francis Fukuyama, analista político norteamericano, publicó
un artículo en la revista El Interés Nacional, de escasa
circulación, con el título: ¿El fin de la historia?
(1989), que originó un acalorado debate en el mundo intelectual.
Tres años después sale el libro: El fin de la historia y
el último hombre.
Comienza diciendo en el artículo citado que la desintegración
de la URSS marcaba un punto de inflexión en el mundo, porque la
historia había registrado el velorio del socialismo marxista y
la pervivencia del liberalismo democrático.
Parece que la anterior afirmación es precipitada. Tal vez un “genio
maligno” trate de engañarnos presentándonos como real
lo que es aparente. El engaño y la confusión son recurrentes
en la vida. Si introduzco, por ejemplo, una vara recta en una pila la
miro curva.
Para Newton el camino más corto entre dos puntos es la línea
recta. Para Einstein, por el contrario, es la curva. Si en la física
hay inseguridad, ¿no será mucho mayor en la historia? Porque
si hay leyes, la historia es previsible; si no las hay, es contingente.
Hegel y Marx sostuvieron que la historia está sujeta a leyes. Y
Fukuyama expresa que debido a la regularidad de los fenómenos naturales
y sociales se puede prever el desarrollo de la sociedad. El escándalo
teórico lo desató al pronosticar que la historia había
concluido como tal porque ya no habría más pugnas entre
el marxismo y el liberalismo.
Las críticas señalaron a Fukuyama de iluso y errático,
pues la historia no ha terminado. Los acontecimientos se siguen dando.
Un académico fue más allá al indicar que la dialéctica
no consiste en un comienzo, un punto medio y un final, sino en una tesis,
una antítesis y una síntesis, en la cual la síntesis
de la etapa precedente constituye la tesis de la presente, poniendo en
movimiento de nuevo un ciclo dialéctico de la historia. Pero Fukuyama
no empleaba el vocablo historia en el sentido convencional de estudio
de los sucesos del pasado, sino en el hegeliano de “historia de
las ideas”.
La tesis de Fukuyama no es original, como él propio lo reconoció,
sino extraída del contexto de las obras de Hegel. Para éste
pensador “las ideas se realizan en el mundo material bajo la forma
de hechos históricos”. Es decir, que la evolución
de las ideas marcha al compás de la evolución de la historia
debido a que ésta es “plena y total racionalidad”.
La famosa frase de Hegel: “todo lo real es racional y todo lo racional
es real”, sintetiza la perfecta ecuación que hay entre la
idea y la historia.
La sustancia de la historia viene a ser entonces la idea. Sostener, por
lo tanto, que la historia ha acabado, no quiere decir que los sucesos
ya no se seguirán dando, que desaparecerá el “drama
de la vida”, sino, simplemente, que las confrontaciones ideológicas
han terminado.
La peculiar definición de Fukuyama de historia no debe sorprender
a nadie que haya leído las Lecciones de filosofía de la
historia universal, un mamotreto lleno de ideas jugosas y frescas. Consecuente
con la concepción idealista de Hegel, se puede decir que la idea
es el motor de la historia. Para Marx, en cambio, el motor es la economía,
el modo de producción, la lucha de clases. Lo que hizo Marx, como
él propio lo advirtió, es poner a Hegel de pie, pues las
leyes dialécticas no se dan en la idea, sino en la historia. Escribió
el autor del Manifiesto comunista que no es la conciencia (idea) la que
determina la realidad, sino la realidad (materia) la que determina la
conciencia. Había sentado la base del materialismo histórico.
La diferencia entre ambas concepciones reside, hablando geométricamente,
en que la dialéctica de Hegel es lineal y la de Marx, espiral.
¿Hacia adónde nos lleva la dialéctica de Hegel? Pues
hacia el fin de la historia si los enfrentamiento ideológicos cesan.
La experiencia comprueba que el marxismo fracasó y el liberalismo
democrático triunfó. La desintegración de la URSS
no fue obra de una invasión extranjera ni de una revolución
doméstica, sino el resultado de la aplicación de las premisas
marxistas a la organización políticosocial y económica.
Era el principio del fin.
El socialismo real fracasó, pues, por pura inercia. Las fuerzas
de producción se volvieron perezosas; el sistema no generó
riqueza y el Estado se convirtió en el ogro propietario. Se olvidaron
de la infalible regla de la competitividad, la única que genera
riqueza. Por ello, la aplicación dogmática del marxismo
socavó, paradójicamente, las bases del socialismo real.
Y el corolario es que si una de las dos ideologías fracasa, ya
no hay más conflictos y la historia finaliza.
*Columnista de El Diario de Hoy. carlossb48@latinmail.com
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