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Dos ideologías
El fin de la historia

El socialismo real fracasó, pues, por pura inercia. Las fuerzas de producción se volvieron perezosas; el sistema no generó riqueza y el Estado se convirtió en el ogro propietario.

Publicada 5 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy

Carlos Sandoval
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Francis Fukuyama, analista político norteamericano, publicó un artículo en la revista El Interés Nacional, de escasa circulación, con el título: ¿El fin de la historia? (1989), que originó un acalorado debate en el mundo intelectual. Tres años después sale el libro: El fin de la historia y el último hombre.

Comienza diciendo en el artículo citado que la desintegración de la URSS marcaba un punto de inflexión en el mundo, porque la historia había registrado el velorio del socialismo marxista y la pervivencia del liberalismo democrático.

Parece que la anterior afirmación es precipitada. Tal vez un “genio maligno” trate de engañarnos presentándonos como real lo que es aparente. El engaño y la confusión son recurrentes en la vida. Si introduzco, por ejemplo, una vara recta en una pila la miro curva.

Para Newton el camino más corto entre dos puntos es la línea recta. Para Einstein, por el contrario, es la curva. Si en la física hay inseguridad, ¿no será mucho mayor en la historia? Porque si hay leyes, la historia es previsible; si no las hay, es contingente.

Hegel y Marx sostuvieron que la historia está sujeta a leyes. Y Fukuyama expresa que debido a la regularidad de los fenómenos naturales y sociales se puede prever el desarrollo de la sociedad. El escándalo teórico lo desató al pronosticar que la historia había concluido como tal porque ya no habría más pugnas entre el marxismo y el liberalismo.

Las críticas señalaron a Fukuyama de iluso y errático, pues la historia no ha terminado. Los acontecimientos se siguen dando. Un académico fue más allá al indicar que la dialéctica no consiste en un comienzo, un punto medio y un final, sino en una tesis, una antítesis y una síntesis, en la cual la síntesis de la etapa precedente constituye la tesis de la presente, poniendo en movimiento de nuevo un ciclo dialéctico de la historia. Pero Fukuyama no empleaba el vocablo historia en el sentido convencional de estudio de los sucesos del pasado, sino en el hegeliano de “historia de las ideas”.

La tesis de Fukuyama no es original, como él propio lo reconoció, sino extraída del contexto de las obras de Hegel. Para éste pensador “las ideas se realizan en el mundo material bajo la forma de hechos históricos”. Es decir, que la evolución de las ideas marcha al compás de la evolución de la historia debido a que ésta es “plena y total racionalidad”. La famosa frase de Hegel: “todo lo real es racional y todo lo racional es real”, sintetiza la perfecta ecuación que hay entre la idea y la historia.

La sustancia de la historia viene a ser entonces la idea. Sostener, por lo tanto, que la historia ha acabado, no quiere decir que los sucesos ya no se seguirán dando, que desaparecerá el “drama de la vida”, sino, simplemente, que las confrontaciones ideológicas han terminado.

La peculiar definición de Fukuyama de historia no debe sorprender a nadie que haya leído las Lecciones de filosofía de la historia universal, un mamotreto lleno de ideas jugosas y frescas. Consecuente con la concepción idealista de Hegel, se puede decir que la idea es el motor de la historia. Para Marx, en cambio, el motor es la economía, el modo de producción, la lucha de clases. Lo que hizo Marx, como él propio lo advirtió, es poner a Hegel de pie, pues las leyes dialécticas no se dan en la idea, sino en la historia. Escribió el autor del Manifiesto comunista que no es la conciencia (idea) la que determina la realidad, sino la realidad (materia) la que determina la conciencia. Había sentado la base del materialismo histórico.

La diferencia entre ambas concepciones reside, hablando geométricamente, en que la dialéctica de Hegel es lineal y la de Marx, espiral. ¿Hacia adónde nos lleva la dialéctica de Hegel? Pues hacia el fin de la historia si los enfrentamiento ideológicos cesan. La experiencia comprueba que el marxismo fracasó y el liberalismo democrático triunfó. La desintegración de la URSS no fue obra de una invasión extranjera ni de una revolución doméstica, sino el resultado de la aplicación de las premisas marxistas a la organización políticosocial y económica. Era el principio del fin.

El socialismo real fracasó, pues, por pura inercia. Las fuerzas de producción se volvieron perezosas; el sistema no generó riqueza y el Estado se convirtió en el ogro propietario. Se olvidaron de la infalible regla de la competitividad, la única que genera riqueza. Por ello, la aplicación dogmática del marxismo socavó, paradójicamente, las bases del socialismo real.
Y el corolario es que si una de las dos ideologías fracasa, ya no hay más conflictos y la historia finaliza.

*Columnista de El Diario de Hoy. carlossb48@latinmail.com

 

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