| Federico
Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Una simple encuesta realizada hace algunos meses por la BBC de Londres
ha puesto de plácemes a los nostálgicos marxistas latinoamericanos.
Bastó que un 28% de los radioescuchas británicos apoyara
a don Carlos Marx como “el filósofo más importante
de la historia”, para que el ensayista chileno Hernán Montecinos
se apresurara a escribir que aquello era una “reivindicación
tardía que hacía falta”.
Curiosamente, en otras encuestas con mayor convocatoria, los ingleses
mismos han colocado a la princesa Diana de Gales en los altares de su
preferencia, muy por encima de cualquier pensador o artista conocido.
En esta especial ocasión, sin embargo, intelectuales como Hernán
Montecinos no sólo aprueban la “capacidad analítica”
de los británicos encuestados, sino que se atreven a proclamar
que el resultado es una prueba más de que Marx, el “teórico
tantas veces matado, goza de buena salud”.
Lamentablemente para Mon-tecinos, su infantil algarabía ante los
números arrojados por el “revelador” sondeo no muestra
otra cosa que desesperación. Ante la franca agonía que padece
desde hace décadas, los defensores del marxismo le colocan respiradores
artificiales sin importar quién los provea. Para colmo, los postulados
que el mismo Marx condenó a morir vírgenes --por aquello
de que nunca podrían ser llevados a la práctica--, llevaban
desde su origen la precariedad que sus atolondrados apologistas no quieren
admitir: atentan directamente contra la naturaleza humana.
Las teorías de don Carlos Marx, si bien fundamentadas en un interesante
esfuerzo por explicar el origen de las desigualdades, jamás tuvieron
la salud filosófica que sus trasnochados acólitos pretenden
reivindicar a estas alturas. Más bien es al revés. El marxismo
entró en lenta e inevitable postración debido a sus notables
fallas de origen, algunas de las cuales tuvieron aplicaciones de muy ingrata
recordación.
No quiero decir con todo esto que Marx, en cuanto filósofo y escrutador
social, sea despreciable. Ningún pensador con tantos seguidores
lo es. Lo peligroso es absolutizar. Hay que reconocer, por ejemplo, los
aportes que Aristóteles hizo, desde su tiempo y desde sus circunstancias,
al desarrollo de la Filosofía, mas no por ello vamos a negar que
muchas de sus ideas han sido superadas, inhabilitadas o transformadas
por teóricos posteriores. Con el autor de “El capital”
sucede algo similar: se ha convertido en una referencia, fascinante si
se quiere, pero no desprovista de serias, muy serias equivocaciones.
Marx pensó que la historia de las fuerzas productivas daba suficiente
colchón a su proyecto teórico. Olvidó la creatividad
humana como fuente motriz de la evolución social. El autor griego
Cornelius Castoriadis, que no puede calificarse de liberal, ilustra así
esta crítica fundamental: “Marx se equivocó en sus
vaticinios sobre la economía capitalista. Quiso ser el Newton del
capitalismo, estableciendo leyes inmutables. Pero fue desmentido por la
realidad. El error de origen estuvo en creer que el capitalismo engendraría
cada vez más miseria. Y no hubo tal pauperización…
Es curioso, pero Marx, que había dicho que la Historia era la historia
de la lucha de clases, cuando llegó al análisis del capitalismo
moderno olvidó la resistencia de los obreros, o sea, la acción
de los seres humanos”.
En efecto, no es posible diseñar sistemas de producción
y distribución dejando en el tintero la complejidad humana. El
racionalismo marxista pecó de farsante y autocomplaciente al no
admitir que los estados espirituales, emocionales y creativos del hombre
juegan un papel estelar en las evoluciones sociales.
Los admiradores del “Mani-fiesto comunista” suelen acusarnos,
a los liberales, de “matar” a Marx blandiendo los yerros de
quienes no supieron aplicar sus teorías. Craso error de percepción.
Las aberraciones de los estados totalitarios (URSS, China continental,
Alemania Oriental, Cuba) no son más que la vitrina de los múltiples
modos en que el marxismo puede derivar… por propia y natural vocación.
Los desaciertos de Carlos Marx, el viejo barbón que tan simpático
resulta a los oyentes de la BBC, no nacen en los intentos (fallidos todos)
de interpretar sus ideas. Marx se equivocó porque se olvidó
del individuo. Aunque es cierto que no fue él quien propuso partidos
únicos, gulags o politburós inapelables, a la larga hizo
algo peor, porque puso los peldaños teóricos que los totalitarios
necesitaban para alcanzar el poder, mientras la humanidad ponía
millones de muertos para demostrar cuán equivocado estaba.
En realidad, los marxistas nostálgicos no tienen mucho de qué
alegrarse. Así como miles de jóvenes latinoamericanos llevan
camisetas estampadas con la efigie del “Che” Guevara, ignorando
las tragedias que el célebre guerrillero argentino propició,
el que cientos de oyentes británicos hayan promovido a Marx como
“el filósofo más importante de la historia”
no es motivo de absurdo regocijo, sino de profunda y sosegada reflexión.
*Presidente de Concultura.
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