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Breve análisis
Pobreza y dinero
Como decía Oscar Lewis en la década
de los sesenta, hay una cultura de la pobreza, que es una cultura de dependencia
y negativismo. La falta de capacidad adquisitiva es una consecuencia de
estos problemas.
Publicada 2 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy
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| Manuel
Hinds*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Muy frecuentemente tendemos a hablar como si la característica
que define la pobreza fuese la falta de poder adquisitivo. De esta forma,
no sólo pensamos que los pobres siempre carecen de dicho poder
sino también consideramos pobres a las personas que no lo tienen.
Es decir, con frecuencia pensamos que la falta de dinero y la pobreza
son una misma cosa.
Un examen más detenido del problema, sin embargo, sugiere que la
falta de poder adquisitivo y la pobreza no son exactamente la misma cosa,
y que en realidad las privaciones económicas son una manifestación
de la pobreza, no su característica esencial. Una comparación
entre la Europa de fines de 1945 y cualquier país subdesarrollado
es muy útil para apreciar la diferencia. Las privaciones que sufrieron
los países europeos que estuvieron involucrados de una manera u
otra en el conflicto, y más aún las que sufrieron los países
vencidos, fueron terribles.
Tomemos el caso de Alema-nia en el invierno de 1945-1946. La población
vivía entre los escombros de ciudades demolidas por bombardeos
aéreos y batallas terrestres; tenían una carencia total
de servicios básicos, incluyendo calefacción, de tal manera
que debían buscar pedazos de madera para calentarse en las gélidas
temperaturas; conseguir comida en lugares en los que los sistemas de distribución
de bienes básicos habían colapsado era un problema de cada
día; a falta de dinero, la gente usaba cigarrillos para realizar
transacciones; las escuelas no funcionaban; los hospitales carecían
de medicinas y estaban terriblemente congestionados; las operaciones de
una gran parte de las empresas estaban trastornadas de tal forma que una
gran parte de la población no podía hallar trabajo…
En resumen, en esos meses y en los primeros años después
de la guerra, la población alemana sufrió privaciones comparables
a, si no peores que, las que sufren algunos de los países más
pobres del mundo.
Sin embargo, a pesar de todas las privaciones que su población
estaba pasando, es claro que ni Alemania ni sus ciudadanos eran pobres
en el sentido de la palabra que podemos aplicar a los pobladores de los
países del tercer mundo. No lo eran porque tenían los tres
capitales que son la fuente de toda riqueza: el capital de autoestima
encarnado en el respeto a sí mismos y la fe en sus propias capacidades;
el capital humano (los conocimientos y habilidades incorporados en los
ciudadanos) y el capital social (la habilidad de organizarse voluntariamente
para lograr un objetivo común). El primero de estos capitales les
dio la motivación para levantarse; los otros dos les permitieron
hacerlo.
Para los alemanes de la segunda parte de los años cuarenta, como
para prácticamente todos los europeos de esa época, las
privaciones económicas fueron un problema agudo pero temporal,
y lo fueron así no porque hubiera algo escrito en su destino, sino
porque ellos decidieron que en vez de lamentarse tenían que levantarse,
tuvieron fe en que lo podían hacer, y, en vez de gastar tiempo
y esfuerzos en pleitos intestinos, se organizaron para hacerlo.
Al fin y al cabo, como hemos discutido ya varias veces, una sociedad desarrollada
se distingue de una subdesarrollada precisamente en esa capacidad de organizarse
en libertad para el logro de un bien común.
La mayor parte de los europeos que vivieron las privaciones de los años
cuarenta vivieron luego la bonanza de los sesenta y décadas posteriores.
Aunque habían tenido privaciones, no habían sido nunca pobres.
Ellos no esperaron a que sus gobiernos los levantaran; ellos levantaron
a Europa. Esta es una lección que debemos nosotros aprender cuando
consideramos cómo combatir nuestra pobreza.
La pobreza la definen las carencias que los europeos no tenían:
la desesperanza; la inhabilidad y la falta de deseo de salir adelante
por los propios medios; la falta de la autoestima necesaria para creer
que es posible salir de la pobreza; la falta de capital humano en educación,
sanidad y salud; la incapacidad de cooperar con otros para mejorarse todos.
Como decía Oscar Lewis en la década de los sesenta, hay
una cultura de la pobreza, que es una cultura de dependencia y negativismo.
La falta de capacidad adquisitiva es una consecuencia de estos problemas.
Los países pobres sólo saldremos de nuestra pobreza cuando
entendamos esta lección.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.
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