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Noticias. Tres comerciantes esperan que cambie la prohibición. Foto EDH
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Alejandra Dimas/
Wenceslao Martínez hijo
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Lejos de los términos técnicos y de las complicaciones que la marea roja provoca en la salud de quienes consumen moluscos contaminados, los compradores de curiles en el puerto El Triunfo, Usulután demuestran una actitud recelosa por las pérdidas económicas que enfrentan desde que les prohibieron vender los productos.
Leopoldo Hernández y otros 24 hombres que se dedican a surtir los restaurantes del muelle y los mercados Central y Tiendona en la capital llegan todos los días para ver si ya pueden comprar conchas con libertad, pero han pasado 23 días y no han tenido suerte.
“Nos dijeron que no podíamos vender nada de curiles desde el 10, pero a saber que es lo que pasa, sólo dicen que la gente se intoxica”, dice el comerciante.
En su casa ha recibido los moluscos que llegan a ofrecerle los curileros y a veces logran vender de a poquito en los cafetines cuando algún cliente solicita el platillo.
En el corredor de la casa, acumula más de tres mil conchas, las esconde celosamente y lleva agua del manglar para mantener húmeda la mercancía.
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Estómago vacío. Cristian David Peña come un dulce que le llevó su padre. En todo el día no pudo probar bocado. Foto EDH |
“Si es mentira que estas animalas están saliendo malas. El día que avisaron de la intoxicación de varios, en mi casa cenamos sopa de curiles y entonces ¿en dónde se mantiene la mentada marea roja?”, cuestiona Manuel González para restarle importancia a la veda y señalando las aguas que espera ver teñidas de rojo para que concuerde con el nombre del fenómeno.
Leopoldo, el que más comodidades tiene, entre ellas una bicicleta nueva, hace un contacto disimulado con un curilero que más tarde le visita en la casa para dejarle dos canastos que equivalen a 120 conchas, pero esta vez las compra con desgano.
“Ya llevo tres días de estar guardando todo lo que me traen, no las saco porque si me ven en la calle, me las quitan pero ya no me van a aguantar más tiempo”, dice.
Un trascorral para cuidar el producto
Ramón Valencia y Manuel Mendoza, camaradas de Leopoldo, harán vigilia para cuidar el trascorral que van a construir a la orilla del mangle para tirar y cuidar lo que no han podido vender.
“Así van a estar comiendo en el lodo y van a estar frescas” piensa Ramón, en un intento por parecer optimista después de pronunciar la solución.
Las largas que ha tenido la resicción de vender y consumir bivalvos, parece haber sido orquestada, acusa Leopoldo.
“Ya me imaginaba yo que algo así iba a pasar porque siempre es igual, primero sale que ha brotado la enfermedad de los pollos (gripe aviaria) y después con que las conchas están enfermas”, dice aferrado el hombre.
La venta es poca, a veces una mano, compuesta por cinco valvas y no deja muchas ganancias para subsanar los gastos de la casa entre ellos el afrecho para el cerdo Leopoldo hasta ha tenido la idea de destazar el animal para comerse la carne en varios platillos antes de que el animal pierda más peso y que no se recupere para la cena de nochebuena.
Mientras los informes oficiales cambian, los que viven de la venta de productos marinos empiezan a desesperarse porque no tienen otra forma de ganarse la vida.
“Lo otro que se puede hacer es vender leña, pero si nos afianzan cortando o cargando algún pante, la policía nos lo quita porque es prohibido”, se queja Manuel.
El que no es curilero, es pescador o vendedor de mariscos y moluscos. La hornillas han permanecido apagadas en la mayoría de ranchos maltrechos de las islas de Méndez, El Jobal, La Pirraya, Corral de Mulas, Madresal, entre otras que son bañadas por los que viven en las islas de la Bahía no tienen más reanudar las pesadas faenas para encontrar a las hurañas conchas enterradas en el lodo.
Los curileros han bajado hasta en un dólar y medio el precio de sus productos; el canasto que siempre ha valido $3.50, hoy es cotizado a $2 y aunque para una familia numerosa no alcanza, sería un lujo rechazarlos.
Jornada sin frutos
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Intento. Jesús Peña, escarbó en el lodo, pero encontró pocas valvas en la marea baja de la tarde. Foto EDH |
Después de nueve días de no hundirse en el manglar, e igual número de días de pasar ayunos, José Mariano Rubio y José Rigoberto Santamaría aprovecharon la marea baja de la madrugada para rascar entre el lodo.
Cada uno obtuvo dos canastos y aunque eran frescas y las ofrecían con el argumento de que ellos mismos las habían probado, las encargadas de los comedores y tiendas, las rechazaron.
Mariano, descalzo, hambriento y malhumorado, pierde la vergüenza y después de escuchar varios “no” como respuesta, pide entonces una moneda para comprarse un poco de comida.
“Ni porque la estamos dando a dos dólares la quiere la gente” expresa incrédulo.
Rigoberto igual de hambriento, hace lo mismo con otro posible comprador pero no tiene suerte.
La tristeza se transforma en frustración, han caminado tres veces por las calles de Puerto El Triunfo y otro día más de sin un centavo en la bolsa para llevar comida a los pequeños y a las mujeres que esperan en casa.
Dos semanas sin comprar el con qué
Rosa Lidia Campo una joven madre de familia y residente de la isla Madresal salió con sus sobrinos políticos al mangle más cercano para aprovechar la marea de la tarde y tener conchas para vender al día siguiente.
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Rebusca. Rosa volvió al mangle para sacar curiles
y comprar comida. Foto EDH
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Sus vecinas, una mujeres solidarias, le han regalado tomates, sal, cebollas y un poco de maíz para las tortillas, pero el estómago siempre queda vacío y su pequeño Carlitos pide leche, aunque los pechos de la madre están secos.
Entrar al manglar sin el puro para que el humo espantara a los jejenes, plaga permanente de los humedales, fue una insensatez de parte de los siete que se animaron a curilear, pero esta vez no había para comida y mucho menos para comprar el tabaco.
El guante de látex con el que se cubren la mano para que las ramas
gruesas no les rompa la pie ya cumplió su vida útil, pero
así, desgarrado hace que se lastimen menos.
De prestado
Jesús Peña, con más de 10 años de experiencia en la búsqueda de concha sobrelleva las carencias con la llegada de su pequeña para la que todavía no tiene nombre.
Aunque está emocionado por el alumbramiento de su mujer, le preocupa no tener para comprar el chocolate, bebida que considera indispensable para que la producción de leche de la madre sea suficiente para la bebé.
Unos familiares le regalaron cinco dólares, pero no pudo comprar muchos víveres. El saldo que ha dejado en su familia la marea roja es dramático.
“No nos han comprado ni porque lo estamos vendiendo a dos
dólares. Un canasto vale más de tres, más la gran
fregada que nos damos en el lodo ”
Mariano Rubio
Curilero
“Nos dijeron que no podíamos vender curiles desde
el 10, pero a saber qué es lo que pasa, sólo dicen que la
gente se intoxica por comer estos productos”
Leopoldo Hernández
Vendedor de moluscos

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