elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tema del momento
A contrapelo de la historia

No existe una sola nación en el mundo que haya intentado una vía distinta a la de la democracia liberal, que haya tenido éxito o que por lo menos haya escapado a la tragedia

Publicada 1 de Diciembre 2005, El Diario de Hoy


Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Tras el fracaso de la cumbre de Mar del Plata, pareciera que la mayoría de países latinoamericanos le han vendido el alma al demonio del populismo. Es seguro que de esta nueva oleada por los caminos de la encendida retórica y las malas políticas de gobierno, los pueblos de esos países saldrán más empobrecidos.

Y es que La democracia liberal, es decir Estado de Derecho y economía de mercado, es la mejor forma que han encontrado las naciones para coexistir de manera civilizada y para prosperar.

La riqueza de las naciones no se explica por la extensión territorial, por los recursos naturales con los que cuentan y mucho menos por el color de la piel de sus habitantes.

Allí están Rusia y los demás países que conformaron la ex Unión Soviética, vasto territorio sumido en la pobreza, odios nacionalistas y el caos. Allí está Argentina con sus inmensos recursos naturales y todavía enclavada en el tercer mundo. Allí está la región donde alguna vez estuvo la Alemania comunista, con sus habitantes de raza aria notablemente más pobres que sus vecinos de occidente.

En contraste tenemos al pequeño Luxemburgo, un paisito del tamaño de Usulután, propietario del PIB per cápita más alto del mundo, con pleno empleo y sin niños descalzos en las esquinas. Allí está Japón, que soportó dos bombas atómicas, sin petróleo ni preciados minerales en su subsuelo, disputando el liderazgo mundial de comercio a Estados Unidos. O la mínima Suiza, sin grandes ejércitos, pero con un pueblo con niveles de vida superior al extenso Brasil.

¿Qué es lo que explica la riqueza de las naciones? La respuesta la encontramos en la manera en que los pueblos están organizados para convivir y para producir. Fueron las ideas de los grandes pensadores liberales (en el sentido correcto del concepto), los liderazgos visionarios y los pueblos que asumieron la entera responsabilidad de sus destinos, los que fueron perfeccionando a lo largo de los siglos la democracia y las economías abiertas. Estos son los pilares donde se sostiene el sistema de libertades que explica, en definitiva, la riqueza de las naciones.

Alentados, en algunos casos, por justos propósitos, grandes pensadores trazaron, sobre todo en el Siglo XIX, otras vías para alcanzar sociedades más justas. Las utopías como el socialismo libertario (el anarquismo) o el llamado socialismo científico (el comunismo marxista) sedujeron, muchos años atrás, a millones de personas en todo el planeta. Y millones pasaron a la acción, para hacer realidad los paraísos de felicidad concebidos.

Los jóvenes anarquistas, temblando de emotividad y pasión, mataron reyes y presidentes. Obreros, estudiantes y campesinos, convencidos de que había una clase predestinada por la historia para redimir a la humanidad, se organizaron en movimientos y ligas comunistas para establecer la dictadura del proletariado. En Alemania y otras naciones surgió la idea de hacer prevalecer la superioridad racial, como una forma de purificar y perfeccionar la sociedad.

A principios de siglo los comunistas tomaron el poder en Rusia y años después los nazis y fascistas hicieron lo mismo en Alemania e Italia. Las utopías se habían hecho realidad. Pero no hubo redención ni paraísos. Lenin y Stalin ensangrentaron el suelo ruso para imponer el comunismo e Hitler llevó a su pueblo a una guerra mundial para demostrar la superioridad racial. Hubo entonces, campos de concentración, siberias, genocidios.

El fascismo y el nazismo fueron derrotados, después de una prolongada guerra que costó millones de muertos. Pero la historia no fue distinta en aquellas naciones que intentaron el camino comunista. Desde el sudeste asiático, pasando por Europa del Este hasta llegar a las experiencias de Cuba y más recientemente Nica-ragua, la utopía dejó un reguero de muertos, pobreza, ruina moral y las ilusiones de millones tras los reflectores y las alambradas.

El campo socialista colapsó. Los mismos pueblos lo derribaron. Comunistas chinos y vietnamitas viraron hacia las repudiadas relaciones capitalistas. Del comunismo sólo les quedó el modelo de dominación política.

Los marxistas africanos se convirtieron repentinamente al capitalismo, luego de la caída del Muro de Berlín; los sandinistas fueron derrotados en elecciones. Sobreviven a contrapelo de la razón los regímenes de Corea del Norte y Cuba, inmensas cárceles donde la dignidad humana vale menos que un comino.

No existe una sola nación en el mundo que haya intentado una vía distinta a la de la democracia liberal, que haya tenido éxito o que por lo menos haya escapado a la tragedia. Y sin embargo en América Latina se marcha a contrapelo de la historia.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

elsalvador.com WWW