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Breve Análisis
El terremoto político de Israel

El consenso nacional ha cambiado y ha sacudido todas las suposiciones sobre la política israelí. Las elecciones de febrero pondrán esas suposiciones a su prueba más severa en décadas.

Publicada 28 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Barry Rubin*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


La política israelí experimenta su cambio más dramático en treinta años. El reacomodo de partidos y líderes es aún más notable porque los últimos acontecimientos --la decisión de Ariel Sharon de renunciar al partido gobernante, el Likud, la derrota de Shimon Peres como presidente del Partido Laborista, y el retiro de los laboristas del gobierno de la gran coalición de Sharon-- fueron totalmente inesperados. Por ello, cobra más importancia entender el significado de estos cambios para el futuro de Israel, para la región y para el conflicto árabe-israelí.

Para decirlo de manera simple, el sistema político israelí llega al fin de su segunda era. Desde la independencia en 1948 hasta 1977, el laborista era el partido dominante antes de ceder el paso a una coalición de partidos conservadores, nacionalistas y centristas, aliados en el bloque del Likud. Desde entonces, los dos partidos han alternado en el poder, algunas veces en grandes coaliciones y frecuentemente en asociación con partidos pequeños.

A primera vista, la competencia de los partidos ha sido entre la “izquierda” y la “derecha”, o entre “halcones” y “palomas”. La verdad, por supuesto, es más compleja. Las clases sociales y los asuntos económicos, opacados por la persistencia de preocupaciones más existenciales --la seguridad física y la existencia continua del Estado--, han desempeñado un papel mucho menos importante en Israel que en otras sociedades.

Aquí, la división política se podría definir como los “optimistas” contra los “pesimistas”. Los primeros, como es el caso de los laboristas, creían que algún día surgiría una fuerza entre los árabes y palestinos dispuesta a hacer la paz sobre una base razonable; los segundos, como en el caso del Likud, tenían más dudas.

Durante años, el argumento fue una abstracción, un debate sobre lo que podría pasar en el futuro, hasta que el Acuerdo de Oslo de 1993 con la OLP puso a prueba las perspectivas opuestas. Desde 2000, cuando el líder de la OLP, Yaser Arafat, rechazó un arreglo político y lanzó en cambio una guerra terrorista de cinco años, quedaron pocos optimistas.

El reacomodo intelectual subsecuente en Israel ha dado origen a un nuevo consenso nacional. Ahora se acepta de manera general que, como la izquierda ha sostenido siempre, Israel debería estar preparado para retirarse de Cisjordania y de la Franja de Gaza y aceptar un Estado palestino a cambio de la paz verdadera. Pero también se reconoce que, como la derecha siempre lo ha manifestado, no hay un socio dispuesto a hacer una paz real. En este contexto, Sharon obtuvo dos victorias arrolladoras en las elecciones como un político duro pero implementó una política moderada, incluyendo el retiro total de la franja de Gaza.

En este punto se encuentra hoy Israel, frente a una convulsión política alimentada por dos acontecimientos. Primero, Sharon movió al Likud hacia el centro, haciéndolo el partido hegemónico mientras destruía todo estereotipo acerca de su personalidad, métodos y percepción mundial. Por la misma razón, sin embargo, muchos del Likud ven a Sharon --quien ayudó a fundar el partido-- como un traidor. Sharon ahora necesita institucionalizar sus reformas, incluso si tiene que crear otro partido para lograrlo.

En segundo lugar, el Partido Laborista ha demostrado estar en bancarrota políticamente; su único líder concebible es Shimon Peres, de 82 años, y su anacrónico optimismo pacifista es la fuente de gran escarnio. Como resultado --y con la ayuda de un alto abstencionismo-- ganó las elecciones primarias de la dirigencia partidista Amir Peretz, un personaje populista y ajeno que quiere revitalizar al Partido Laborista, poniendo en primer plano los asuntos sociales y económicos, lo que significa retirarse de la coalición de unidad nacional con el Likud.

A pesar de que Sharon tiene que formar un nuevo partido, probablemente ganará las próximas elecciones, que ha convocado para febrero. La estrategia de Peretz puede atraer votantes de otros partidos de la izquierda, pero el Laborista muy probablemente perderá electores de centro (y aquellos para quienes la seguridad nacional es primordial) a favor de Sharon.

Con todo, dado el caos y la parálisis que caracteriza cada vez más a la política palestina, esa oportunidad se irá sin aprovecharse. El poder creciente de Hamas, que abiertamente proclama su estrategia de más terrorismo y su objetivo de destruir a Israel, refuerza esa tendencia. Lo mismo se puede decir de Siria, cuyo gobierno de línea dura está girando hacia una peligrosa y aventurada militancia.

Sharon puede decidir sobre retiros parciales y el desmantelamiento de asentamientos en Cisjordania. Pero es ampliamente reconocido que tales cambios son respuesta a las perspectivas poco prometedoras de un progreso verdadero hacia la paz. El conservar un territorio como elemento de negociación tiene menos sentido si no hay con quién negociar.

Sin embargo, el consenso nacional ha cambiado y ha sacudido todas las suposiciones sobre la política israelí. Las elecciones de febrero pondrán esas suposiciones a su prueba más severa en décadas.

Copyright: Project Syndicate. *Director del Centro de Investigaciones Mundiales sobre Asuntos Internacionales (GLORIA por sus siglas en inglés) de la Universidad Interdisciplinaria de Israel.

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