| Luis
Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
(Primera parte)
Sigan la pista a los siguientes datos y llegarán a una verdad,
dura pero inobjetable, sobre el Sida. La lucha contra esta plaga la oculta
cuidadosamente.
Comienzos del Siglo XX: Aparecen los darwinistas sociales. Su tesis central
es que en la lucha por la vida, deben vencer los hombres racialmente superiores.
Se apoyan en las ideas de Darwin (1809-1882), pero aplicadas a los seres
humanos.
También en las de Herbert Spencer (1820-1903): “supervivencia
del más apto”; las de Friedrich Nietzsche (1844-1900): “el
superhombre; la voluntad de los superiores” y en las de Francis
Galton (1822-1911), creador de la Eugenesia, ciencia de “los buenos
nacimientos”. Galton quería dar “a las razas o tendencias
de sangre más adecuadas, una mejor oportunidad de prevalecer rápidamente
sobre las menos adecuadas”. Galton creía que los negros eran
“genéticamente inferiores”, que los judíos eran
“parásitos” y que la pobreza se transmitía en
los genes.
Karl Pearson, discípulo de Galton, propone la esterilización
“de aquellas secciones de la comunidad de pequeño valor cívico”.
En 1907 el Estado de Indiana promulga, por primera vez en el mundo, “una
ley de esterilización obligatoria para criminales confirmados,
idiotas, violadores e imbéciles”.
Le siguieron otros treinta estados norteamericanos y Puerto Rico. De 1912
a 1932 se celebran varios Congresos Internacionales de Eugenesia. El ambiente
estaba ya hecho para la mentalidad de los controladores de la población.
M
argaret Sanger (1888-1966), una norteamericana, admiradora de Hitler,
funda el Planned Parenthood y su consigna principal para el control mundial
de los nacimientos es: “Más hijos de los capaces, menos de
los incapaces”.
El movimiento de los darwinistas y eugenetistas sociales sufre una cierta
crisis después de la Guerra Mundial (1939-1945), cuando se conocen
todas las barbaridades a las que llegó el nazismo de Hitler, aplicando
esas mismas ideas sobre los judíos, gitanos y todos los opuestos
a su dictadura política y mental. D
espués de la guerra hay un cierto auge de nacimientos en los países
que habían participado en ella: “El baby- boom”, y
pronto la difusión de los antibióticos contra las enfermedades
microbianas, al bajar la mortalidad tanto en niños como en adultos,
dará un mayor impulso al crecimiento de la población mundial.
Los darwinistas sociales se asustan. Comienzan a hablar de “la bomba”
de la población” y de la “explosión demográfica”.
¿Qué hacer? Pronto llegan a una conclusión: si queremos
frenar el crecimiento de la población “hay que cambiar la
moralidad de los jóvenes”.
En junio de 1957, la compañía farmacéutica Searle
lanza al mercado la primera píldora anticonceptiva: Enovid. Desde
1954, el biólogo Gregory Pincus tenía lista la píldora
pero hubo muchas dificultades para el ensayo. “No se podía
legalmente hacerlo con norteamericanas”. Al final se hizo, de mala
manera, con portorriqueñas. En “Sexing the Millennium”
de Linda Grant (Edit. Harper Collins, 1993) se describe la vergonzosa
y racista historia secreta de la píldora.
Las primeras píldoras producen muchos accidentes, mortales incluso.
Algunas de las primeras fórmulas se desechan al demostrarse que
producen cáncer de endometrio. Se extienden, después, toda
una serie de anticonceptivos. Pero es un éxito-boomerang: ya no
se trata de “más hijos para los superiores y menos para los
superiores”, pues aunque primero se promueve entre “las mujeres
inferiores” (negras, latinoamericanas, asiáticas, etc.),
pronto se acepta entre “las superiores”. Y
ocurren fallos: embarazos no deseados, también entre las superiores.
El condón se desprestigia porque tiene más fallos que los
anticonceptivos hormonales o los dispositivos intrauterinos. ¿Solución
a los fallos? Legalizar el aborto e inculcar con costosas campañas
mundiales que matar a un ser humano inocente e indefenso, si aún
no ha nacido, es un legítimo derecho.
La nueva moral de “libertad sexual” y “sexo seguro”
va frenando la natalidad. Para ello se arrasa con las leyes éticas
que rigieron la actividad sexual durante siglos. El cristianismo no católico,
cede a la fuerte presión mundial antinatalista y permite los anticonceptivos.
Sólo la Iglesia Católica permanece firme en esos principios
éticos de siglos. En
los países donde el catolicismo es mayoritario, la Internacional
antinatalista chantajea a sus gobiernos: si quieren préstamos,
ayudas, etc., lo tendrán siempre que sus ministerios de Sanidad
y de Educación acepten las directrices antinatalistas que la Internacional
impone.
Todo parecía favorecer la nueva moral sexual, pero la naturaleza
--¿o Dios?-- tenía preparada una ingrata sorpresa: El Sida.
El Dr. Luc Montaigner, descubridor del virus que produce dicho síndrome,
lanza una frase lapidaria: “El Sida es hijo de la píldora
anticonceptiva”.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net
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