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Una mirada de fe
Tiempo de adviento

La Navidad se acerca y el tiempo de adviento es la oportunidad que tenemos para reavivar lo que debe ser una actitud espiritual, que nos haga recordar la vigilancia y espera activa de Dios

Publicada 27 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Óscar Rodríguez Blanco, s.d.b.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


La iglesia inaugura en este día un “nuevo año litúrgico” y lo inicia con el período de adviento, que nos prepara a celebrar espiritualmente el nacimiento del Hijo Único de Dios. Es un tiempo de gracia, y como dice Benedicto XVI, de “presencia comenzada de Dios mismo”.
Dios nace en Belén para que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim.2, 4).

Habían pasado más de 4000 años en los que los antiguos israelitas no cesaban de pedir la llegada de un Mesías salvador. Será el gran profeta Isaías el que mantendrá viva la llama de la esperanza hasta el día en que la Eternidad de Dios se haga presente en nuestra historia. Viene porque ha creado todas las cosas por amor, viene por causa del pecado, viene a pesar del pecado, viene para quitar el pecado.

El adviento nos encamina hacia la celebración de la Navidad, que es la fiesta más esperada por los niños y los grandes. La preparación pre navideña ya la estamos teniendo con la industria y el comercio, que desde finales de octubre, nos están ofreciendo los productos propios de la época e invitándonos a pensar en fiestas, cenas, regalos, noches de luces, saludos, posadas y pastorelas.

Todo esto es aceptable, la sana alegría es indispensable en toda celebración; pero Navidad, es algo mucho más grandioso, es la manifestación del amor de Dios entre nosotros.

Lo que sí nos debe preocupar es que muchos se quedan con lo externo, no profundizan en el sentido espiritual que tiene la Navidad como un hecho de salvación. Jesús nació en Belén hace muchos años y quiere nacer cada día en el corazón de cada uno de nosotros. Si Dios no nace en tu vida, no tendrás Navidad.

Durante este tiempo escucharemos la voz de Juan el Bautista que desde el desierto nos dice: “Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt.3,2), la larga espera que ha tenido que hacer el pueblo judío ha llegado, ahora se cumplen las palabras de Isaías que había profetizado la llegada del Bautista, cuando decía: “Una voz grita en el desierto, preparen un camino al Señor; hagan rectos sus senderos“ (Is.40,3), escucharemos el llamado del apóstol San Pablo, y en forma muy especial el de Jesús, que nos invitan a la vigilancia, a estar despiertos y atentos porque la venida del Señor a nuestra vida, es inesperada: “Estad en vela, que no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.

Después de 2005 años de cristianismo hay muchos cristianos que viven dormidos, distraídos, sin espabilarse, porque el materialismo en que viven inmersos les hace estar satisfechos de lo que hacen y de lo que tienen y pierden la ocasión de sentir cerca la salvación de Dios.

La fiesta de Navidad se acerca y el tiempo de adviento es la oportunidad que tenemos para reavivar lo que debe ser una actitud espiritual permanente, que nos haga recordar la vigilancia y espera activa de Dios.

Las comparaciones que nos hace Jesús, sin querernos poner en angustias, son muy elocuentes: No sabemos ni el día ni la hora en que llegará el momento decisivo, llegará como llegó el diluvio en tiempos de Noé sin que nadie lo sospechara, llegará como la triste realidad de un ladrón que no avisa, como los siervos que no saben a qué hora llegará su amo, como las diez vírgenes que no pudieron entrar a la fiesta porque el esposo las encontró desprevenidas.

Para un cristiano lo importante es saber esperar y acoger cada día al que puede dar sentido a su existencia, abriéndole a los valores eternos, y haciéndole comprender, que el peregrinar en la vida no tiene como meta final la muerte sino la vida.

El mensaje de Cristo es de amor y de esperanza, señalándonos los caminos de la paz.
Su nacimiento, que recordaremos en la Navidad, es la inauguración de un proceso que está en marcha y que no se ha completado, obligándonos a trabajar para que el reino de la paz, de la justicia, de la verdad y del amor sean una realidad en el mundo.

El reino inaugurado por Dios ya está entre nosotros, sólo nos toca estar despiertos para descubrirlo y acogerlo en el pequeño mundo de nuestra existencia.

*Párroco de la iglesia María Auxiliadora (Don Rúa).

 

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