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La gran interrogante
“¿Qué se hizo el pueblo laborioso?”

Otra explicación es que al salvadoreño se le ha subido a la cabeza que somos el pueblo más adelantado del Istmo, y mientras se queja de desempleo, ve con desprecio las faenas agrícolas

Publicada 27 de noviembre 2005, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com


Nos llenábamos la boca diciendo que éramos el pueblo más laborioso de Centroamérica, y las alabanzas a nuestros compatriotas fuera de las fronteras patrias, nos llenaban de orgullo. ¡Cuántas historias y anécdotas sobre su tenacidad y espíritu aventurero se han contado y luego exagerado! Que si en otro país del Istmo se necesitaban 100 obreros, al anuncio respondían 30, se contrataban 20 de los cuales se presentaban 15 y al final de la semana sólo había 5 porque el trabajo era muy duro. La empresa se decidió a llevar mano de obra salvadoreña, que gustosa y eficientemente realizó el trabajo. ¡Qué pencones!

Si eso hubiera ocurrido aquí, al día siguiente del anuncio, y de madrugada, la cola tendría más de 500 candidatos deseosos de ser contratados. En grandes obras de construcción, en tres turnos, hasta medianoche y los domingos, los salvadoreños como hormiguitas en los andamios y colando concreto para poder terminar a tiempo. En los dorados tiempos del algodón, los pilotos agrícolas que regaban insecticida, sobrevolaban sembrados llenos de espaldas dobladas, tanto de hombres como de mujeres, recogiendo los blancos capullos.

Los meses helados del corte de café fueron tema delicioso que enriqueció el arte, con las notas de “Las Cortadoras” de Pancho Lara, y los relatos ingenuos, picarones y dolorosos que han reproducido las vivencias de la temporada en que familias enteras se trasladaban hacia los cafetales cargados de fruto.

También la caña de azúcar reunía cientos de trabajadores, que hacían de la molienda, alrededor del antiguo trapiche, una fiesta única con características de rito.

Pero este cuadro colorido, lleno de significado y de simbolismo, parece archivado en un pasado que ya se fue. El Siglo XXI nos está presentando a nuestro muy laborioso pueblo con otra cara muy distinta. Nos sorprende que sea necesario traer braceros de Nicaragua y Honduras para cortar la caña y el café, porque los nuestros no quieren hacerlo. Para los extranjeros nuestro país se ha convertido en la tierra de promisión, ya que como ellos mismos declaran aquí ganan en dólares, lo que con el cambio a sus monedas, más débiles, les deja ganancia. Hay muchos establecidos definitivamente en los departamentos limítrofes, y se han traído poco a poco a sus familias, mientras otros sólo vienen durante la temporada.

La situación es tan seria que importantes empresas han tramitado los permisos directamente con las autoridades de migración, para permitir la entrada de los centroamericanos. ¿A qué podemos atribuir este fenómeno? Unos le echan la culpa a las remesas, ya que si el promedio recibido por familia anda en $200 mensuales, el conformismo que ha invadido a este grupo familiar, lo ha llevado a la ociosidad, con las consecuencias negativas de este vicio.

Siguen viviendo en una casa improvisada, sin los servicios mínimos, pero los equipos de sonido, juegos, TV con DVD han logrado que los antes trabajadores activos, se pasen el día entero en la hamaca o en la chaise-longue en posición relajada, hablando por el celular que toma fotos y deja recados, o viendo deporte o las nada ejemplares telenovelas.

Este estatus de semi lujo ha incidido gravemente en los niveles de desnutrición infantil, ya que las antes hacendosas amas de casa que preparaban sopitas y atolitos para sus nenes, hoy les dan un dólar para que compren churros y charamuscas y si les alcanza pizzas y gaseosas, además de las consabidas tarjetas de teléfono para llamar continuamente a los EE.UU. Este estilo de vida muchas veces es una puerta abierta para la infidelidad de la mujer sin oficio.

Otra explicación es que al salvadoreño se le ha subido a la cabeza que somos el pueblo más adelantado del Istmo, y mientras se queja de desempleo, ve con desprecio las faenas agrícolas, para que las hagan otros, sin pensar que él tiene muy escasa preparación para aspirar a algo más. ¿Qué es lo que en realidad está ocurriendo? ¿Hacia dónde nos va a conducir esta situación? Hay que analizarlo para remediarlo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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